The Act of Killing

«The Act of Killing» (2012) es más terrorífica que cualquier película de terror, más cruel que «Hotel Ruanda», peor que toda película sobre el nazismo jamás rodada. Es un canto a la misantropía. Es la más nefasta campaña de publicidad que se puede hacer sobre un país (¿quién querrá viajar a Indonesia después de verla?). Es un continuado crimen horrendo sin castigo (ni jurídico, ni histórico, ni de conciencia, ni de nada). 
«The Act of Killing» agota los calificativos siniestros que podamos imaginar, y lo hace entre otras muchas cosas, porque el documental es más crudo que cualquier película que recreara con actores la barbarie que allí ocurrió. Se va mucho más allá, los actores son los protagonistas (felices entonces, felices ahora) de lo que hicieron, que en un juego alucinógeno recrean sus crímenes según su trastornada visión.
«The Act of Killing» debe hacer que abraces a tu hermano, a tus padres, a tu pareja, y les des las gracias por estar ahí, y por estar tú aquí, viendo el horror a través de una pantalla, lejos, muy lejos, de esa gente. Porque sí, porque lo peor es que somos de la misma especie que ellos.


Palabra de Puta

¡Háganme rico! 26/11/13

Ya sabéis que lo de callada como una puta no va conmigo, y no porque no lo sea, sino porque lo de callarme me lo salto. Este blog que escribo desde hace cinco años existe gracias a mis clientes, a los que pido permiso para escribir sobre sus historias sin revelar sus nombres. Y vosotros, mis fieles lectores y mis aún más fieles lectoras, tendréis en esta entrada la oportunidad de conocer a uno de los más interesantes de toda mi carrera.

Me llamó y acordamos el encuentro en el apartamento. Su voz, por teléfono, sonaba más segura que la de la mayoría, pero por lo demás no me pareció nada especial. Fue correcto, al grano, es decir, al precio y a asegurarse de que yo era la de la foto, y me pidió amablemente que le recibiera desnuda pero con tacones de aguja. No hubo nada que objetarle.

Al verle me llevé una alegría, vestía ropa elegante, era bastante atractivo, y olía bien. Cierto que algo bajito, pero atlético sin llegar a la hipertrofía, estaba rasurado de arriba abajo como a mí me gusta, y los rasgos de su rostro eran duros, pero sus palabras y gestos suaves.

Follamos sin excentricidades y hasta logró que me corriera. De inmediato, los dos nos pusimos a fumar sobre la cama y no pude contenerme más. Sentía con fuerza que el tipo tenía una historia que contar y que me cautivaría. Le pedí que me hablara de él, tras contarle lo de mi blog, lo del respeto por la identidad, y en definitiva el rollo de siempre que ya sabéis.

Accedió rápido, y demostró que sabía perfectamente lo que quería contarme. Por supuesto, yo le dejé hacerlo sin interrumpirle más que una vez, casi al principio.

−Soy uno de los creativos publicitarios más conocidos de este país –comenzó tras una larga calada−, y me importa un rábano si quieres meter ese detalle o cualquier otro que te diga, hasta puedes inventarte lo que te apetezca.

Fue entonces cuando le corté brevemente para hacerme la ofendida. Tras mi pequeña actuación, desencadenada al poner él en duda mis principios, continuó.

−Para septiembre del 2006 acabé la carrera de periodismo después de siete años. Desde el principio me decepcionó y solo una constante dejadez en la deriva me llevó hasta una orilla vacía, pero con título. Sé que soy una persona brillante, pero para brillar necesito entusiasmo. En la universidad no lo encontré pero sin él también sé vivir, y ni siquiera considero que tirara a la basura esos siete años, pues al margen de otros logros, el hastío formativo también puede llegar a ser fuente de creación, y para mí lo fue.

«Quiero recordarte, no sé cuánto tiempo llevas en este oficio y si aquí también se nota la ruina, que en la época en la que terminé la universidad, entramos oficialmente en la crisis económica y social que vivimos. Pero del mismo modo es cierto, que mientras nos dábamos cuenta de hasta dónde nos llegaba el fango en el que aún hoy nos revolcamos, yo me forjé mi carrera de publicitario temerario, a contracorriente, polémico, creándome mi propia marca».

«A primeros de 2007 trabajaba de becario en un periódico de los muchos que proliferaron en la época de bonanza, bajo la desilusión de empezar a cobrar más tarde que pronto una miseria, pero atado a la necesidad de tener que pagar el préstamo de estudios con el que me había puesto yo mismo una soga. En definitiva, se puede decir que era una calamidad licenciada, una calamidad licenciada tirando a pobre que no podía exprimir los recursos inexistentes de mi madre, viuda, y una calamidad licenciada tirando a pobre que bla bla bla, pero que tenía ideas. O al menos, una por la que apostar en ese momento».

No le interrumpí y ni siquiera resoplé después de una construcción tan pedante. Se concedió una pausa, una larga mirada sobre mi cuerpo desnudo, y continuó.

−Arriesgué a todo o nada y decidí abandonar mi presente gris de becario, y acudir a los bancos a por un nuevo préstamo. Por supuesto no les conté lo que me proponía, sino que mentí y les hablé sobre un negocio de lo más convencional. Me soltaron el dinero como mandaba la costumbre de la época.

«Para fines de marzo encontré el local en pleno Malasaña, y para primeros de abril  inauguré. Al fin y al cabo, no había mucho trabajo ni reformas por delante».

«”¡Háganme rico!”, rezaba el gran letrero que mandé encargar y que colgaba afuera, visible y chillón. Dentro del local, minimalista a más no poder, todo quedaba pintado de blanco excepto por una urna negra que se situaba en el centro y donde podía leerse en letras doradas: “Dónenme dinero por el único motivo del placer de hacerlo”. Al fondo quedaba una mesa y una silla donde yo esperaba paciente, por si existían dudas que resolver».

«Los curiosos llegaron primero, luego los “clientes”, los periodistas al poco (el exbecario se convirtió en noticia de su experiódico y de otros muchos), y lo importante, cada día más y más donadores hacían su aparición. He aquí uno de los procesos típicos de los dos primeros meses: veían el letrero de afuera y la caradura del mismo les obligaba a entrar, veían la urna y bufaban, me veían a mí y necesitaban saciar su indignación o su curiosidad. Yo les recibía con mi retórica, con mi desvergüenza, y, finalmente, unos pocos me donaban algo y la mayoría me regalaba su desprecio. Pero todos hablaban de mí y me hacían la campaña de publicidad perfecta que atraía a más y a más curiosos. Pronto ya no se habló sobre “Háganme rico”, sino que se filosofaba; pronto, se pasó del desprecio al insulto, pero también de las monedas a los billetes. Había exaltado a la ciudad y al país, pero como dije machaconamente en las entrevistas: “no tengo ningún mérito y ningún miedo, somos un país de exaltados que no hace nada con su rabia más que masticarla una y otra vez”».

Se concedió otra pausa que me sirvió para recordar que yo había leído y escuchado sobre su historia, pero también me sonaba que había sido breve. Me confirmó este punto tras encenderse otro cigarro.

−Gané bastante dinero en poco tiempo. Lo suficiente como para pagar a los bancos mis préstamos de estudio y del negocio. Se puede decir que la urna rebosó pronto. Cuando a los ocho meses abrió otro local con las mismas pretensiones, yo cerré el mío. Recuerdo que visité al pobre caradura de segunda y le dije que no tendría éxito. Sé que cerró al poco cargado de deudas y con la urna vacía. A mí en cambio, me llegaron ofertas para trabajar en televisión y en publicidad.

«Soy como tú –me soltó de repente− me gusta venderme pero solo expongo mi cara a quien paga, así que escogí la publicidad, y en ella sigo hasta hoy».

«Mía fue la idea antiintuitiva de hablar bien de la competencia. Cuando propuse el anuncio hoy ya famoso del móvil sin marca que hablaba bien de todas las grandes compañías del país, me tacharon de loco. Insistí en que me habían contratado para romper esquemas, y aunque me costó, finalmente les convencí. También convencimos al mercado que era de lo que se trataba, y la gente hizo lo que hasta ese momento nunca había hecho un cliente: el esfuerzo por conocer en lugar de comprar pasivamente. Quiso saber quiénes eran los descerebrados que estaban detrás de aquella campaña publicitaria. Nosotros por supuesto nos dejamos rastrear y descubrieron que éramos una compañía pequeña, recién nacida, con precios competitivos y, con un espíritu original y joven que atrajo a una cuota de mercado bastante por encima de los cálculos iniciales».

«Tampoco tardaron mucho en copiar la tendencia de, “hablar bien de”, y se puede decir que en publicidad nació un nuevo género. Poco me importaba y además para entonces, mediados del 2010, firmé para una gran marca de coches».

«Contra pronóstico, el primer año fui un desastre y solo tuve pésimas ideas convencionales. Tal vez fuera por la mierda que me metía y por follar con la primera que se me cruzaba, tirando para todo de un cuello de botella realmente ancho. O tal vez, mi mala etapa creativa se debió simplemente a que por primera vez en mi vida estaba acomodado, y las mensualidades me llenaban la nevera y me pagaban los vicios».

«Por suerte, bajo el ultimátum que me dieron volvió la creatividad, aunque tras pensarlo mucho creo que se debió (no volveré a usar la palabra), al amor, o al menos, a las dos cosas unidas porque quien me lanzó la advertencia y de quien me…, fueron la misma persona. Ella, su dureza y sus eternos tacones, recolocaron las piezas donde debían y de inmediato ideé la campaña, “Rompe con tu pasado”».

«”Rompe con tu pasado” consistía en hacer que el cliente destrozara a mazazos y en nuestro concesionario su antiguo coche, para lograr un descuento por encima del Plan Pive de turno. Vaya si funcionó y además, hice la siguiente comprobación sociológica: nuestra campaña estaba abierta a todas las marcas por lo que el cliente podía ir con un modelo nuestro y liarse con él a mazazos para llevarse un coche nuevo, sin embargo nadie lo hizo, si me descontamos a mí, pero eso es otra historia».

«El año pasado y tras haber exprimido a conciencia la veta de la maza, tuve mi última gran campaña, se llamó, “Recupera tu mente: más, es realmente más”. Y consistió en atacar la contraintuitiva idea que los publicitarios habíamos conseguido forjar en los últimos años: la de que menos es más. Tuve claro que lo revolucionario era volver al origen, aunque en cualquier caso y como siempre en publicidad, el éxito pasaba por hacer creer al consumidor que la conquista era suya. Y por el incremento de ventas que tuvimos a pesar del precio y a pesar de la furibunda crisis, está claro que se consiguió».

Dio entonces una calada más larga de lo que su ritmo había marcado hasta ese momento, y me miró un instante después de lo que hubiera sido natural. Bastó para que descubriera su juego: el hijo de puta me estaba usando, su relato era demasiado personal y yo demasiado conocida en la red como para mantenerse en el anonimato si decidía contar su relato. Lo que no supe es con qué cartas jugaba, si para romper una relación, (supuse que la de los tacones), para recuperarla, o para forjarse su nueva campaña de publicidad. Tal vez yo era un comodín para una parte, o para todo ello.

El tipo era listo y supongo que descubrió que descubrí su juego, y que tampoco me importaba demasiado. Mientras me usen bien y me paguen mejor, no empiezo una guerra.


No hay mucho más que decir del publicitario, salvo que follamos otra vez aún mejor que la primera, quien sabe si porque al poner los dos las cartas sobre la mesa nos sobreexcitamos, y que se marchó con la misma seguridad con la que había llegado a mí, algo que no logran los hombres casi nunca, y que demuestra que esta historia merece la pena que la escriba para vosotr@s. 

62

Alguna vez lo he reflejado ya: no es lo mismo absurdo, que cinismo, que contradicción, por más que en ocasiones colinden sus límites. Vengo a hablar, porque me gusta hablar especialmente, de esta última, de la contradicción, y en concreto de una de sus manifestaciones más queridas para mí, en tanto que más me ocupan: la muerte.

No se asusten, que la querencia no va más allá del interés que me despierta como asunto filosófico, y que quiero llevar a su mínima expresión de tal modo que se raya al hacerlo, a mi parecer, la contradicción.

Y es que en el asunto de la muerte se dan según lo veo y en última instancia, dos pulsiones brutales, que están reflejadas a la perfección por un lado, en la idea estoica de que morir es algo que no nos debería preocupar ni ocupar, pues cuando uno vive, la muerte no está, y cuando ella llega, nosotros ya no estamos, y por otro, en la de Spinoza que señala que todo ser tiende a perpetuarse y que como dice Borges poéticamente siguiendo al maestro judío, la piedra eternamente quiere ser piedra, y el tigre, un tigre.

La vida así tiene una de sus muchas contradicciones en esa lucha, a muerte por supuesto, entre querer perpetuar la vida y querer olvidarse de que la muerte llega, sabiendo que es ineludible. Y este es el juego en el que andamos, y donde por supuesto, hay que poner en el tablero la muerte del otro, que viene a complicar la partida sobremanera.

Confesiones

El problema no es que vivamos en la dictadura de la imagen,

el problema es la calidad de esa imagen… y que casi siempre

 tenga que explicar qué quiero decir con ello.

Eugenio Tore

Eran las dos de la mañana cuando supongo que algún transeúnte rezagado, o borracho, o qué sé yo, pero cívico, al verme con una barra de hierro y, frente a un escaparate repleto de televisores, proyectando en sus pantallas todo aquello que en el último mes me había enajenado/maravillado/desquiciado, decidió llamar a la policía al prever lo que en breve tendría lugar
            Lo que terminó por volarme la paciencia fue la casualidad. Uno de los nacionales resultó ser vecino y me reconoció al instante. Me dijo con toda la calma deseable que soltara la barra, que sabía que yo era una buena persona, que no tenía sentido que la emprendiera a golpes contra el escaparate ni contra nada. No me moví y él, junto a su compañero, se acercó despacio. Yo seguía con espumarajos en la boca, miraba hipnotizado hacia las múltiples pantallas protegidas por el cristal de la tienda. Mi vecino policía repitió eso de que yo era una buena persona, y se me terminaron de fundir los cables
            La tercera vez que oí la frasecilla, fue al mismo tiempo que los policías me golpeaban con su porra. Justo antes, yo me había lanzado hierro en mano contra el escaparate para hacer el mayor de los ridículos al no lograr siquiera mellar el cristal. Ellos en cambio tuvieron más éxito con mi cabeza. Luego llegaron las esposas por el bien de todos, como reconocí en mi declaración, ya en comisaría. Allí, mi vecino, su compañero, otros policías, y hasta los que no lo eran, me preguntaron, tras quitarme las esposas, las razones de mi conducta. Confesé de un modo deslavazado algo parecido a lo que sigue
            que hacía cosa de un mes que mi médico me había dejado claro que debía buscar una alternativa a mi modo de vida si quería tener alguna posibilidad de librarme de las agudas migrañas que con ceñuda persistencia me atacaban cada día con más virulencia
            que debía abandonar mis draconianos hábitos de lectura y de escritura
           y que, para la mayor de sus sorpresas (la de mi médico), mi último libro había vuelto a cosechar unas ventas admirables (a pesar de mí y de mis paranoias, no dejó de apuntar), lo que hacía que fuera el momento de permitirme un descanso, el momento para dejar de pensar, el momento de desconectar mi cabeza para que esta no reventara
           y eso es lo que me decidí a hacer, aunque para ello tuviera que solventar más de una dificultad
Mi casa, no tardé en darme cuenta, era el mayor foco y cultivo de mi enfermedad, y allí me resultaría imposible lograr el apagón intelectual que mi médico reclamaba para mi salud, rodeado como estaba de
libros
apuntes
revistas sesudas
y pósits cargados de ideas pegados a las paredes por doquier
Así que tuve que marcharme de mi apartamento y, tras fracasar con mi exmujer,
 
Carlos, te quise, aún te aprecio, y hasta deberías haber sido el padre de mis hijos… pero ni sueñes con quedarte en mi casa
Acabé en una habitación de hotel, neutra, aséptica, limpia y ordenada o, al menos, ordenada para el canon,
y pasé así a vivir, de un lugar donde tenía que mirar dos veces al suelo por cada paso que daba para no tropezarme con ningún libro, y donde el orden a base de mi tiempo/lógica imperaba, y donde no había lugar para la radio ni para internet ni por supuesto para la caja tonta, a una habitación sobria impoluta y con un televisor de plasma planchado a la pared
Cuando los policías, sobre las 3:30 de la madrugada, conectaron mi relato descosido a los hechos que esa noche me habían conducido hasta la comisaría, se relajaron un tanto (el número de oyentes, por cierto, había aumentado) al percibir que aquella lamentable declaración finalmente iba hacia algún lado productivo para sus informes, donde supongo que harían un debido resumen de lo que sigue
que el detenido, por nombre Carlos y por apellido M. y con 42 primaveras encima, declaraba que, libre de libros y buscando acabar con sus migrañas por consejo de su médico, había vuelto a encender un televisor tras años de un apagón tecnológico voluntario
que declaraba que los primeros días no obtuvo ninguna satisfacción, ni en cuanto a lo visionado, ni en cuanto a efectos positivos para sus dolores, sino más bien un claro aumento de su dolor de huevos y de estómago y hasta de alma, si se le permitía la exageración, por contemplar un constante y aberrante espectáculo
de carne
de morbo
de miseria de vidas ajenas
de periodistas que pululaban en multitud de cadenas pontificando su sapiencia harto torticera
de culto al fútbol
de festejar la estupidez más supina en las más inverosímiles formas
y de cotilleos sobre cotillas que cotillean mientras claman que no les gusta cotillear…
en fin, que el acusado, yo, Carlos M., declaraba que, durante los primeros días de su intento de curación, parecía haberse caído como de un guindo redescubriendo por otro lado todo aquello que en su momento, unos cinco años atrás, le había llevado a tomar la decisión de sacar el televisor de casa, prohibiendo la entrada no solo a este, sino también a la radio, a internet y a cuanto nuevo cachivache 2.0 apareciese
me pregunto qué le pasaría por la cabeza a mi vecino según me escuchaba, yo, que no le había dado nunca ningún quebradero de cabeza al vecindario y sí el motivo de orgullo de ser un escritorzuelo que, paradójicamente, debía salir entrevistado de vez en cuando en algún medio de esos que declaraba aborrecer
me pregunto qué clase de pensamientos/insultos cruzarían las cabezas de mis oyentes policías cuando, petulante hasta decir basta, hacía mi declaración con frases tipo, tras cinco años, nihil novum sub sole… pero el sol en mi nueva habitación y ante ese moderno televisor me parecía quemar más aún que en el pasado
y me pregunto en definitiva cómo tuvieron la santa paciencia de escuchar mi relato hasta el final, pues de haber estado yo en su piel y de haber tenido una porra en la mano tal vez no habría actuado tan pacíficamente, aunque, en tal caso, me habría perdido lo que ellos sí obtuvieron, el pertinente giro narrativo
y es que resulta que mi mes de cura migrañal tomó un camino inesperado cuando tuve que reconocerles que al finalizar la segunda semana de mi experimento en aquella habitación de hotel junto a mi televisor de plasma, pasé de mi exacerbada misantropía y fobia tecnológica, a un sometimiento total del televisor
creo recordar, aunque no pondría la mano en el fuego más tibio, que a los policías les ahorré mi discurso sobre Éttiene de la Boétie y su Servidumbre voluntaria así como sobre Guy Debord y La sociedad del espectáculo, lo que supongo les haría más amena mi transformación de pardillo radical anti tele, a pardillo radical pro basura
y es que sí y lo repito y lo confieso:
a partir de mi tercera semana junto a la caja tonta, dejó de haber ser más tonto que yo, aunque, toda la verdad sea dicha, fui el mayor de los tontos pero sin migrañas
y así es como por unos diez días amé la telebasura como nunca había amado a ninguna mujer
y así es como por unos diez días me tragué deleitado a chonis y a contertutulios y a fútboltertulios y a ninis elevados al cubo y a teletiendas vende milagros de todo tipo y a personajillos incalificables
y así es como por unos diez días me complací en degustar mis instintos más bajos rechazando caer en programas o series o lo que fuese con la más mínima pinta de serios y razonables y de calidad, porque puestos a rebozarme en la tele, sentí más que pensé durante esos diez días, lo iba a hacer por todo lo alto: imantado hacia lo que siempre había considerado lo peor y, repudiando lo que siempre había considerado aceptable
en definitiva, fueron diez días sin migrañas y con un cambio de valores donde enterré lo que siempre había puesto arriba y, donde elevé a las nubes lo que durante buena parte de mi vida había considerado puro fango
como droga en calidad de depresivo/narcótico/estimulante/alucinógeno (y en este orden) debo decir que ha sido inigualable
como resaca… solo hay que recordarme con la barra de hierro frente al escaparate plagado de pantallas de televisor
como final, no queda mucho por añadir, desde mi día veinticinco de cura y empacho televisivo, hasta la hora de mi detención, anduve con conciencia de la gravedad de mi enajenación entendida como estar fuera de mí mismo/como estar dominado por otro, y luché contra esa sensación tratando de desenajenarme
pero fracasé una y otra vez regresando siempre ansioso a los productos televisivos de la más baja estofa
que me punzaban la conciencia
que me anegaban de remordimientos
que me llevaban a maldecirme por encima de otras maldiciones
(ni siquiera fui capaz de destrozar la habitación del hotel como tramé en multitud de ocasiones, ni llegué a golpear el maldito televisor y, por no hacer, no pude ni arrojar el mando contra el suelo)
y que finalmente me plantaron, ya desquiciado de tanta derrota, frente a la tienda de televisores, con el mismo resultado revolucionario inoperante de mis días precedentes, o aún peor, pues ni siquiera pude dañar el escaparate, lo que me llevó a preguntar a los policías, en el final de mi declaración, si conocían algún caso intencionadamente criminal más lamentable que el mío
ellos se miraron entre sí (conté ocho alrededor de mi figura, pues al parecer se trataba de un turno de noche tranquilo en el que no había mucho más que hacer que escuchar mis patéticas peripecias), se debieron de decir muchas cosas a base de silencios/carraspeos, y me comunicaron que, sin antecedentes, sin haber roto nada a pesar de mis intenciones, y sin ser acusado de resistencia a la autoridad, puesto que ni mi vecino ni su compañero lo consideraban oportuno, me podía marchar a casa, a la habitación del hotel o a donde prefiriera, pero que hiciese lo que hiciese, desearon/pidieron/ordenaron, no hiciese más el estúpido
¡Como si no hacer el estúpido fuese algo que me resultase fácil de hacer, como si supiese qué significa realmente no hacer el estúpido!
Ahora estoy en mi habitación del hotel frente al televisor, de momento apagado, de momento entero, con el mando a distancia a un lado y con un martillo al otro… la cabeza ha empezado a dolerme y me pregunto si este detalle decantará la balanza hacia alguna parte.

¿Y tú, a quién querías más?

No importa. Prueba otra vez.
Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett
     
De pequeño no me importaba si tenía que morder y, cuando algún vecino o conocido de mis padres me hacían la estúpida pregunta de, ¿a quién quieres más, a papá o a mamá? Yo contestaba rápido y con una mirada desafiante, que a ninguno de los dos.

Recuerdo haber contestado por primera vez con esas palabras a mis 12 años, al considerar que ya había tenido mi desagradable ración de papá y de mamá. Por aquel entonces, cómo iba a imaginarme en este despacho a la espera de recibir a mi primer paciente del día, y cómo iba a imaginar que también a mí, me llegaría el turno de ser padre, y de serlo de un modo tan desastroso como lo habían sido conmigo.

Supongo que si escribo esto, es fruto de ese doble naufragio de ser hijo y de ser padre, aunque más si cabe del segundo que del primero, pues no hace más de tres días, que una mocosa amiga de mi hijo, le hizo la dichosa y desafortunada pregunta –creo que siempre lo es, y más si cabe cuando hay una separación de por medio, como es el caso−, de a quién quería más, si a papaíto o a mamaíta. Él contestó con seguridad a pesar de sus nueve años, que nos odiaba a los dos.

Me llamo Julián Miravés Cruz, soy padre, psiquiatra, hijo de mi tiempo y de mi país, y he tomado la decisión de enfangarme con las palabras para ver si durante la faena alcanzo algún tipo de explicación/justificación, que aún no me haya dado –cosa que dudo−; algún tipo de catarsis –cosa que me extrañaría−; o algún tipo de sonrisa de esas que no tienen por qué ser divertidas, pero que al menos siguen siendo sonrisa, y algo alivian.

Nací en el 73 y ahora cuento con 40 años, un divorcio, una carrera exitosa, y un niño al que cualquier colega de profesión diagnosticaría con un trastorno de conducta y un TDAH. A esto último sin duda, esos colegas añadirían una medicación a base de strattera y risperidona. Y, ¿acaso yo no lo hago? Pues ciertamente no. Veo lo mismo que verían ellos, pero no lo medico porque efectivamente es mi hijo ¿Me convierte eso en un mal psiquiatra? Seguro que sí ¿Y en un mal padre? Probablemente también.

Sin querer justificarme, creo que ha llegado el momento de que hable de mi época como hijo.

Fue en el verano del 84 cuando me encontré a mi madre, inconsciente, en el ascensor de mi portal. Yo tenía 11 años y regresaba del colegio, ella, ya era una adicta a varias sustancias en el Madrid de la Movida y, acababa de empezar con la heroína. Como prueba de esto último –algunas piezas las encajé posteriormente−, no omitiré el detalle traumático de que mi madre, desplomada en aquel ascensor, dejaba visible su brazo con un chute de caballo que le provocó al parecer un colocón, que le hizo pensar en la feliz idea de salir de su infierno, empezando por salir de su casa. Eso explicaría que junto a su vena picada y a sus babas, estuviera también su maleta. Vacía eso sí, salvo por un par de prendas íntimas negras, y un libro verde que no volví a ver, de un escritor cuyo nombre nunca conseguí recordar.

Tampoco pude saber si la casualidad quiso que yo fuera el primero en toparme con mi madre ese día y en ese estado, o si hubo otros vecinos previos, que prefirieron dejar allí tirada a la ex reina de la belleza que tanto molestaba al vecindario con sus gritos y broncas constantes, bien hacia mi curtido e indiferente padre, bien hacia el que se cruzara por el portal. No me extrañaría que más de uno hubiera usado del ascensor arriba y abajo, mientras ella se pudría por dentro, a modo de venganza, o tal vez solo de no querer complicarse. Lo que sí puedo asegurar, es que ese día lloré hasta secarme por dentro, de modo que pocas veces más en mi vida he derramado lágrimas.

Mi madre aún arrastró su tragedia cinco años más, hasta que a la enésima sobredosis su cuerpo dijo basta –para entonces su alma hacía mucho que lo había gritado− y encontró por fin la paz. Poco quedaba ya para el 89 de la mujer bella e idealista de la que mi padre se enamoró en el 72, cuando el mundo en general y España en particular, parecían lugares horribles, que sin embargo podían cambiarse a mejor si la gente se empeñaba mucho, y donde al parecer, había a cada paso mucha de esa gente, y muy empeñada.

Supongo que lo anterior me lleva a hablar de mi padre, Leopoldo Miravés. Él se enamoró de mi madre durante uno de sus discursos políticos. Aún le gusta recordar –y es de lo poco que ya le gusta hacer−, lo mucho que le costó centrarse en sus palabras una vez que observó entre las primeras filas a María Cruz, una de las bellezas oficiales del Régimen que parecía estar saliéndole rana a este, pues ocupaba el tiempo en mítines clandestinos catalogados por el ya cansado caudillo, de peligrosos.

Mi padre no era especialmente guapo, pero al parecer su idealismo y su don de palabra le hacían terriblemente atractivo en aquel mundo gris, también para aquella mujer, mi madre, radiante y deseosa de algo más que su fría y cómoda realidad. Se enamoraron perdidamente como en algunos grandes clásicos del cine, y, como en estos, el asunto se quebró pronto. Al bonito cuento, pronto le arrancaron las alas.

Leopoldo Miravés y María Cruz coincidían en su idealismo, pero chocaban en todo lo demás. Mi padre me ha llegado a confesar sin tapujos que para nivelar la balanza me tuvieron a mí. Simplemente necesitaban tener en común algo más que el deseo de un mundo medianamente justo… y está claro que fracasé tanto como su deseo.

Ahondando en las disonancias, diré que mi padre era un intelectual recalcitrante que gustaba de cargar sobre sus hombros con el peso del mundo. Y durante un tiempo, alimentado con sus propias palabras, por la muerte de Franco, con su docencia en la Universidad, con la Constitución del 78 y, con alguna que otra buena noticia de aquellos años, vino a pensar que efectivamente podría con el peso. Pero tamaña empresa exigía sacrificios, y pronto vino a desatender a su esposa, desquiciada poco a poco de ver cómo se consumía su jovial vida y su rutilante belleza entre cuatro paredes que por seguir con el tópico, se convirtieron en jaula cuando llegué yo. Mi madre buscó entonces algo de luz en sus adicciones y en otros hombres, hasta que en la carrera de fondo ella encontró la muerte y él, una realidad devenida en forma de transición burlesca que le dejó de lado, convirtiendo su esperanza en el mismo lema de otros muchos, más de lo mismo.

Hoy, mi padre tiene 61 años y aún respira el desencanto de los que no solo fueron derrotados, sino también humillados; de los que no solo perdieron la esperanza, sino también su orgullo. Aún me cuesta concebir que el hombre firme, enérgico, convencido, que me hacía estudiar hasta que reventaba de sueño y que me aleccionaba en la necesidad de la lucha contra todas y cada una de las injusticias de este mundo, sea la misma persona que el bulto que encuentro siempre frente al televisor cuando voy de visita.

Una madre para la que no fui suficiente en su lucha por sobrevivir, y un padre que me atormentó con su discurso, su disciplina, y sus fracasos… Cómo no iba a acabar siendo psiquiatra. Y cómo no iba a estar condenado a repetir muchos de los errores de mis progenitores. También yo, Julián Miravés Cruz, doctorado cum laude, creí por un tiempo que podría cambiar el mundo triunfando donde mi padre se hundió, también busqué la luz en más de una adicción con la que aún cargo, también me casé lleno de amor con otra María, y también junto a ella y poco antes del divorcio, trajimos al mundo a un niño –me resisto a llamarle “víctima” a pesar del primer impulso−, que llamamos Raúl, y que a sus nueve años ya sabe decir que odia a su madre, y por supuesto a su padre.

Y sin embargo y por suerte las cosas pueden cambiar, a veces incluso a mejor. Y sin embargo y por suerte después de un fracaso, suele aparecer la posibilidad de cuanto menos, repetir resultado. Apunté más arriba que escribía estas líneas sobre todo por mi derrota como padre, dejando entrever que también lo hacía por mi derrota como hijo. Pero nada dije del impulso al cambio que me proporciona Marisa. Ella ha sido la inspiración, reconozco que inesperada, que me ha hecho atisbar cuanto menos, la posibilidad de una mejora si me sigo empeñando en fracasar sin darme por vencido.

Marisa es una antigua amiga y amante de mi padre, que hace unos meses reapareció en su escena −ahora también la mía−, con la misma vitalidad inmarcesible con la que al parecer abandonó España y Madrid hace décadas, para irse a luchar por los derechos de diferentes comunidades indígenas de Latinoamérica. Ni siquiera la fuerza de esta mujer de más de 60 años que ahora regresa diciendo que se la necesita más aquí que en cualquier otro lugar, ha conseguido levantar el muro de frustración que aplasta el ánimo de mi padre… pero sí que está influyendo para deshacer el mío.

Cuando la conocí, mejor, cuando me topé con ella de improviso en la casa de mi padre, me dijo llamarse M., para acto seguido impresionarme con su incapacidad para rendirse. Hay mucho hijo de puta –dijo apenas nos habíamos presentado− que nos quiere convertir en cínicos o en descreídos, pero conmigo no lo van a conseguir. Esa fue su carta de presentación –sé que en triste referencia a mi padre− y, al acabar aquel encuentro casual solo deseé que M. no fuera el preludio de María, pues mi madre y mi ex mujer ya llenaban el cupo de las maríasque mi vida podía soportar. Cuando varios encuentros más tarde, ya nada casuales, descubrí que Marisa era lo que encerraba M., me terminé por prendar de ella. Y aún no sé bien cómo, pero parece que el asunto puede terminar siendo recíproco.

Como material para mi trabajo de psiquiatra, reconozco que no está nada mal acabar siendo el amante de una antigua amante de mi padre… pero volvamos a la senda que dio origen a estas líneas.

A mis 12 años dije que no quería a mis padres, pero hace mucho que puedo asegurar que mi sentimiento ha cambiado de raíz. Tal vez mi madre no fuera un modelo de amor ni de prácticamente nada cuando yo la conocí, pero hace mucho que aprendí a perdonarla, y desde entonces, solo me queda echarla de menos y rezar por ella, a pesar de que no crea en ningún dios. Y de seguro que mi padre tampoco ha sido un gran ejemplo a seguir, pero he llegado a comprenderle y a quererle –hasta acepto con una sonrisa de resignación que le consienta todo a su nieto en un requiebro que por típico, no deja de ser molesto−, y me duelen sus fracasos vivenciales casi tanto como a él.
Por lo tanto, tal vez mi niño diga que me odia, pero me afanaré en que mañanacambie de idea. Espero mejorar como padre, entre otras cosas, al recordarme como hijo. Creo que eso nos ayudará a ambos.

Mi secretaria me anuncia la llegada del primer paciente del día. No miento un ápice si escribo que se trata de un adolescente que no soporta su vida, el mundo, y por supuesto, a sus padres.

The Trotsky

Está claro que exagero y, del mismo modo, me importa un bledo, pero estoy enamorado del cine canadiense.

No quiero ser serio en ningún momento más que nada por humildad y desconocimiento, pero lo cierto es que, ¿cuántos títulos canadienses he podido ver? Digamos que cinco o seis de los cuales tres me han dejado una sonrisa enorme o un poso profundo; «Jesucristo Cazavampiros»; «Leolo», y «The Trotsky». La última acaba de terminar para mis pupilas, y vaya si me ha gustado, tanto que me ha producido el poso y la sonrisa.

Ni siquiera la recomiendo especialmente porque en muchos sentidos, está hecha para mí; es como esa maravilla de libros en las que el autor parece que se centra en un lector único y te hace sentir especial. A veces incluso en la película, hasta molesta «que me haya robado» un par de ideas, pero en definitiva vuelvo a sonreír y el asunto se pasa. Revolución, historia, peculiaridad canadiense (comparen si no el actuar de los policías con el típico cine estadounidense), y humor, si a alguien que lea esto le interesa alguno de esos puntos, probablemente pasará un buen rato.