Intruso

Para Neus

Tomó conciencia de su desmemoria a las diez y cinco de la mañana y al hacerlo, abrió su mano y provocó que se le cayera la botella de vodka. Esta se rompió con un estrépito que resonó no solo por el pasillo de las bebidas alcohólicas, sino por buena parte del supermercado recién abierto. Él se quedó paralizado, no tanto por haber roto la botella, cuanto por no saber qué hacía allí. Por no saber, quién era.

 ¿Quién soy? Pensó, y casi al tiempo se dijo, ¿qué hora es? Y porque miró su muñeca y en ella había un bonito y caro reloj de pulsera que supo entender sin problemas a pesar de desconocerse, y puesto que el reloj marcaba las diez y cinco de la mañana de un doce de febrero, concluyó que podía decir que había cobrado conciencia de su desmemoria a esa misma hora.

Lo siguiente que ocurrió no lo esperaba en ningún caso, aunque como pensó algo más tarde, ¿qué esperar en esta situación? Primero se le acercó un reponedor con cara de pocos amigos, pero enseguida cambió su rostro dulcificándolo hasta decir por una especie de radio que viniera el encargado cuanto antes. Y ya con el encargado, mientras le explicaban que lo sentían mucho por las molestias y que no se preocupara, apareció el gerente, quien con rapidez salió de su despacho para reiterar lo dicho por el encargado y por el reponedor, olvidando la botella de vodka rota e invitándole a otra, edición especial y la más cara que tenían.

Aturdido por el trato y especialmente por no conocerse, decidió pagar al menos la botella rota por considerarlo un gesto de honradez. El gesto costó que fuera aceptado por el gerente pero este al final lo hizo, conduciéndole personalmente hasta una de las cajeras, que les recibió nerviosa. En ese momento, él, que no sabía si tendía a ruborizarse en situaciones comprometidas fuese quien fuese, creyó hacerlo cuando cayó en la cuenta de que no sabía si llevaba dinero encima. Pero por suerte no tuvo que morirse de vergüenza lo hiciera o no por costumbre, porque al hurgarse encontró un móvil, las llaves de un piso, una llave de coche, y una cartera en el bolsillo de atrás de sus vaqueros. Y en esa cartera había seis tarjetas de crédito cuyo número desconocía, pero además billetes de sobra para la botella rota, e incluso para unas cuantas de la regalada.

Así que pudo pagar en metálico sin problemas y sin rubor, y se marchó tras despedirse amable de la cajera, y también del gerente.

Con su botella en la mano derecha y una sensación de incomprensión y absurdo por todo el cuerpo, se plantó en los servicios del centro comercial, donde contempló a gusto su rostro, sin saber tras hacerlo, si la imagen devuelta por el espejo le pertenecía o siquiera le sonaba. Se encerró entonces en un baño y sentado sobre la taza se dedicó unos minutos a pensarse con pausa. La cartera no le escatimó documentación y pudo comprobar que el carné de identidad y el de conducir coincidían en las fotos, con la imagen devuelta por el espejo.

 

Ernesto Roca no me dice lo más mínimo, pensó. Entonces leyó con desagrado los supuestos nombres de su padre y de su madre sin, de nuevo, reconocimiento alguno. Lo mismo ocurrió con la dirección en la que parecía vivir. En cuanto al móvil, le aportó unas cuantas fotos en las que tendía a salir el rostro que viera reflejado en el espejo del servicio momentos antes, junto a una mujer que pensó, es realmente bella. La lista de contactos no le dijo mucho, por no decir que no le dijo absolutamente nada.

Por lo que tocaba a las llaves, al menos le dieron dos ideas, y a la altura de desconcierto en que se encontraba no era precisamente poco. Al salir del baño volvió a mirarse en el espejo, la imagen rayaba los cuarenta, la barba incipiente le quedaba bien, los ojos verdes resultaban imanes, el pelo encrespado transmitía vitalidad, y el cuerpo era atlético. Terminó por pensar tras comprobar que estaba solo, que, tal vez sea un pensamiento narcisista, pero el reflejo de esta imagen, sea realmente la mía o no lo sea, resulta atractiva.

E.R., como pensó que se llamaría asimismo hasta saber si era o no Ernesto Roca sufriendo de una amnesia o de algo peor, salió del servicio del centro comercial con la llave del coche que había encontrado en su supuesta ropa, firmemente aferrada a la mano, y estuvo cerca de media hora por los garajes del recinto dando al botón del abierto de puertas una y otra vez hasta que la lucecita y el clic adecuado le tomaron por sorpresa a él, y a una bellísima rubia que se encontraba admirando el BMW deportivo al que pertenecía la llave.

La rubia no tardó en ser osada cuando primero se quedó mirando a E.R. con fijeza, para después tocarle por sorpresa los labios, gruesos y amplios, tras decir que en las películas se preguntaba siempre si eran reales, y que ahora que tenía la oportunidad de comprobarlo, no iba a quedarse con la duda. Pero aún así le debió de parecer poca comprobación a la mujer, pues sacó una tarjeta personal con un número y terminó de despedirse diciéndole, sé que estás felizmente casado, pero yo no te voy a pedir nada más que el rato agradable que me puedas dar. Y así se marchó la rubia, dejando a E.R. con la boca abierta, la tarjeta en una mano, el vodka y la llave del coche en la otra,  y la mirada perdida en su culo bamboleante que se alejaba de E.R. Este al fin cerró la boca, tiró la tarjeta al suelo, y se metió en el flamante coche, al parecer todo suyo.

En la guantera encontró lo que buscaba, un GPS cuya memoria albergaba la misma dirección del DNI. Se preguntó por enésima vez cómo era capaz de tanta lógica sin recordar un ápice de nada que fuera más allá de la rotura del vodka. El desasosegante recuerdo y todo lo que le había sucedido desde entonces, le hizo abrir la botella y darla un trago.

De inmediato puso la dirección de su supuesta casa, comprobó que sabía conducir, y maldijo su suerte. Nada más salir del aparcamiento comenzó a sentirse desabrido, envuelto en el lujoso cuero del coche y con la sensación del pringue del alcohol en las botas que pisaban cuando debían el freno, el embrague, el acelerador. Apenas a los diez minutos creyó comprender que la incomodidad sobreañadida que tenía en esos momentos, devenía por conducir ese coche asumiendo con ello lo que no sabía para nada si tenía que asumir, como si al hacerlo fusionara de una vez y para siempre a E.R. con Ernesto Roca. Terminó por aparcar, al principio pensó que lo haría en cualquier lugar, que dejaría el coche tirado y hasta con las llaves puestas, pero finalmente se cuidó mucho de hacerlo en un sitio adecuado, en quedarse la llave, y en anotarse bien mentalmente la dirección bajo la idea de que caía en una horrible contradicción.

Pronto encontró un taxi. El taxista no tardó en reconocerle. Pensó entonces E.R. con una sonrisa triste que todos lo hacían menos él. En esta ocasión tampoco fue mero reconocimiento, sino que como con el encargado, el gerente o la rubia, la amabilidad fue más allá, y el taxista rayó la idolatría, abrumándole con las supuestas bonanzas de Ernesto Roca. No es por su talento artístico, que también, dijo aquel hombre con el pelo blanco y cincuentón, sino por su talento humano por lo que tanta gente le admiramos y respetamos. Talentoso o no, E.R. tuvo dificultades para que le dejaran pagar al llegar a su destino. Al final, el taxista, entre falsamente ofendido y realmente orgulloso hasta el tuétano no tanto por el dinero cuanto por confirmarse su teoría, agradeció el pago de la carrera y la generosa propina.

Las llaves de la casa coincidieron con el portal y el piso coincidió con las llaves. De sorpresa en sorpresa, pasó de admirar el tamaño del vestíbulo a la espléndida decoración del salón cargada de cuadros y libros donde dejó el vodka, al descubrir que en el recodo quedaba la cocina de donde llegaba la melódica voz de una mujer que canturreaba feliz. E.R. no tardó en corroborar que se trataba de la mujer que aparecía en las fotos del móvil, de la mujer que aparecía en fotos junto a Ernesto Roca por el salón, y en definitiva, de la mujer que supuestamente era su mujer. Y preciosa, pensó una vez más pero con mayor intensidad si cabe, cuando se la encontró por primera vez en persona y no en foto.

Ella estaba cocinando con una sonrisa y al verle aparecer le dio un beso en la boca y una palmada en el culo. ¡Qué bien, qué pronto regresas! Dijo. Aún falta una hora para que comamos, añadió, y él lo interpretó como que todo estaba bien y que no hacía falta que siguiera en la cocina. Salió y el canturreo de ella se reanudó. Tuvo cerca de una hora para buscarse por internet en el portátil que halló en uno de los dos despachos de la casa. Y vaya si se encontró.

O al menos encontró a Ernesto Roca, que como le especificara la rubia del parking era actor, con una carrera plagada de éxitos en todo lo que había tocado, ya fuera cine, televisión, o teatro. En este último había empezado su carrera, y en este trabajaba actualmente interpretando la piel del renacentista Giordano Bruno en el Teatro Real. Tampoco recordó la obra ni el  papel, pero entendió en ese momento por qué había un guión sobre ese Bruno en el otro despacho de la casa, y que tal despacho era el suyo.

E.R. empezó a sentirse más confuso si cabe cuando comenzó a tomar conciencia de que sabía sucesos de ese renacentista cuyo papel representaba, como que había sido filósofo, poeta, hereje, dramaturgo, mago, y pasto de las llamas entre otras muchas cosas que se negó a seguir recordando porque no estaba para preocuparse por otros, máxime cuando se trataba de un otro que era cadáver desde hacía más de cuatrocientos años. Bastante tengo conmigo, pensó, y con mi mujer, suspiró, decidiendo llamarla a partir de entonces al menos para sí, por las iniciales de su nombre, quedándose como N.T., escritora de novelas que aunaba el reconocimiento de crítica y público, decía la red, preciosa a más no poder, decía la red y corroboraba él, y su compañera del viaje de la vida desde hacía más de diez años, incluyendo una boda civil hacía unos cuatro. Y E.R. sin un solo recuerdo del supuesto paraíso que describía internet sobre ellos… N.T. llamó entonces a E.R. con voz alegre; había llegado la hora del cara a cara. Apagó el portátil.

Entre bocado y bocado de una ensalada de fruta y nueces, y de un solomillo con peras a la sidra, E.R. no tuvo problema alguno para calificar a la mujer que le sonreía y hablaba con la naturalidad de quien se conoce de una vida, de dulce, encantadora, y rabiosamente atractiva. Ernesto Roca era un tipo con suerte, pensó E.R, y lo que me falta por saber es si ese Ernesto soy yo. Esbozó entonces una sonrisa que N.T. malinterpretó como si fuera para ella. Y de nuevo, mientras se llenaba la copa de un tinto de rioja, le sobrevino la desazón en el estómago que tanto le amargaba desde las diez y cinco de la mañana cuando fuese quien fuese, había despertado.

La comida sirvió para que E.R. se demostrara así mismo sus dotes de actor lo fuese o no, pues con la información que sabía sobre tal vez él, y seguro sobre ella, no tuvo problemas para capear la situación llegando incluso a averiguar la hora en que esa noche tenía una nueva función teatral, o que N.T. esta vez no podría ir a verle actuar como hacía siempre que le era posible, por tener que acudir a la presentación de un libro de un amigo común, y a la firma después del contrato de su nueva novela con su editora. De hecho, le dijo N.T. mientras recogían los platos de la mesa, los ponían en el lavavajillas, y se besaban cada vez más efusivamente, solo tengo tiempo para un buen polvo, pero no de los maratonianos porque si no, cariño, no llego.Y E.R. excitado como no sabía si había estado nunca, se puso manos a la obra hasta que cuando tan solo quedaban un par de prendas por arrancarse ambos, y con el miembro dolorido de la excitación, no pudo, o mejor, no quiso, continuar.

E.R. se vio obligado a realizar un papelón que ni siquiera sabía si quería representar, y cuando ya no sabía por dónde salir tras lanzar hiladas sueltas como que ella llegaría tarde si continuaban, N.T. le echó una mano al exclamar que, maldita y dichosa puntualidad, y que, si no fuese por esa manía tuya estaría casada con el hombre ideal.Pero bueno, terminó por añadir un minuto más tarde, quién quiere tener un hombre ideal teniendo uno de carne y hueso como tú. Y riéndose y con un dulcísimo beso, se marchó al servicio para arreglarse. N.T. aún tardó más de media hora en irse, media hora que para E.R. supuso un tormento y, hasta se comparó sin saber cómo diablos era capaz de acordarse de una cosa así, con el mítico Tántalo y su castigo, teniendo al alcance en lugar de la mejor fruta, el cuerpo de aquella mujer que había rechazado, y en lugar de estar preso de un refrescante río que no podía saciar su sed, de estarlo en un mar de dudas que le hundían cada vez más hondo en la más amarga de las aguas. Ella al fin se marchó, y lo hizo asegurándole que por la noche no se le iba a escapar, y que entonces sí, tocaría un maratón.

En cuanto N.T. desapareció por la puerta, E.R. fue a por la botella de vodka y comenzó a buscar una respuesta lógica, o al menos una respuesta a lo que le estaba ocurriendo. Según fue bajando el alcohol, las ideas se fueron sucediendo.

Primero fue el desnudarse y buscar frente al espejo de cuerpo entero que había en el dormitorio, cualquier marca o golpe o moretón, que le pudiera indicar la causa de una amnesia por traumatismo. Empezó entusiasmado y con la sensación según se palpaba, de estar cerca de la respuesta. Pero ni la cabeza, ni el cuerpo, ni las piernas, y ni siquiera las plantas de los pies, le devolvieron la confianza que él había depositado en encontrar una explicación.

Pasó a su segunda opción tras consultar de nuevo con el vodka, de modo que mirando la botella y observando en ella la expresión estúpida que su reflejo le devolvió, se puso a buscar por la casa como si fuese a encontrar un arsenal que le dijera, ahí está tu problema, alcohólico irredento, pues perdiste el control y la memoria, y has terminado por echar tu vida a la basura. Pero después de una intensa búsqueda por armarios y posibles rincones escondite, no encontró más que un buen whisky escocés y un par de riojas. Y todo ello en el mueblebar, el lugar menos adecuado para su teoría de alcohólico en la sombra que esconde su problema a su mujer. Para celebrar que aparentemente no era un perdido borracho, regresó a su botella antes de continuar sus disquisiciones.

Con su tercera hipótesis pensó en una ingesta masiva de medicamentos, de modo que la caza infructuosa anterior detrás del alcohol, se repitió en esos momentos buscando cajas de medicinas cuyos efectos secundarios pudiesen provocar amnesia, algo similar, o peor. Pero lo que fue similar, fue el fracaso de su suposición, hasta el punto de que en ningún rincón de la casa ni tampoco en el botiquín, al margen de tiritas, algodón, agua oxigenada y aspirinas, encontró nada, ni siquiera un triste prozac, ni siquiera un ansiolítico.

En su cuarta hipótesis, ya desesperado, buscó en las estanterías repletas de libros alguno que le hubiera conducido a realizar un ritual con los resultados palpables de acabar, sin memoria, y rebuscando por circularidad viciosa una estúpida explicación que por supuesto no llegó. Lo que sí llegó en cambio fue un mareo importante, y las siete de la tarde, cuando a las ocho y media debía estar en el teatro para empezar a meterse en la piel de otro yo, cuando no era capaz de reconocer la suya propia. Y por supuesto, no tenía ni idea de las cientos de frases que el guión contenía. Entre tumbos ideó un plan, pero pensó que para ejecutarlo necesitaría una ducha y las ideas claras. De camino al servicio se dijo, tajante si no hubiese sido porque se tropezó en un par de ocasiones, al fin y al cabo soy actor.

La ducha le sentó bien a pesar, o precisamente por, la vomitona que echó en la bañera y que le hizo serenarse un poco tras el desagradable esfuerzo. Decidido a seguir con su plan, se vistió y se arregló pensando en tomar un taxi hasta el teatro, apañárselas para enfundarse en Giordano, declamar las primeras líneas del personaje una vez que levantaran el telón y, mucho antes de que llegaran las llamas, y caer al suelo fingiendo un ataque al corazón. Desde luego, pensó, voy a poner a prueba mi calidad artística, descubriendo por las críticas que se sucedan si E.R. le llega o no a la altura del betún a Ernesto Roca… Y que pueda acordarme de una expresión así, pensó entre molesto y abatido, y no de quién narices soy. Y tal vez porque el nimio aparente abatimiento por la expresión anterior le llevó a un abatimiento mayor, o tal vez por cualquier otro motivo, E.R. finalmente se vino abajo. Representar un ataque al corazón no sabía si era su estilo en el pasado, pero en cualquier caso no quería que lo fuese en el presente, suponía engañar al director, al público, y sobre todo, era preocupar a esa mujer dulce que no le había dejado de sonreír durante la comida. No podía llevar a cabo esa gran mentira.

A cambio se vio obligado a ejecutar una pequeña mentira, mucho más prosaica y hasta piadosa. Buscó en el móvil el número del director, cuyo nombre recordaba por haberlo leído cuando buscaba información sobre Ernesto Roca, y lo encontró. Paradójico o no, no andaba mal su memoria desde las diez y cinco de esa mañana. Llamó y habló con él. Estoy enfermo, le dijo, amigo lo he intentado hasta el último momento, pero no puedo. E.R. lo sentía, lo sentía mucho, sabía que les dejaba a todos colgados y encima en el último momento, pero claro, el sustituto, el sustituto haría un gran papel, efectivamente, él mismo le había preparado para una ocasión así, durante semanas, durante un mes, había aprendido del y con el mejor, lo haría estupendamente, qué duda cabía, lo presentían ambos. Y pronto E.R. se repondría, la fiebre, la gripe, ya se sabe, que se tomara el resto de la semana libre, que no se preocupara, que gracias por todo, que gracias por haberlo intentado hasta el último momento. Y añadió aún el director, vaya voz gastas, cuídate y no te preocupes de nada más que de recuperarte. Y, un abrazo amigo, un abrazo artista, fueron las últimas palabras antes de que los teléfonos colgaran. E.R. sintió alivio sobre el dolor de cabeza, no siempre la mentira es mala, pensó, pero no supo si creérselo.

Eran las ocho de la tarde y E.R. no tenía nada que hacer, N.T. le había dicho que regresaría sobre las once y él debería haberlo hecho sobre las doce, pero ahí estaba, aturdido, mareado, con las mismas preguntas en la punta de aquella lengua desde hacía casi doce horas, quién era, quién era ayer, quién sería mañana. Pensó que debía dormir y se echó hasta las diez, tal vez así cuando despertara, todo volvería a la normalidad, o al menos, pensó antes de quedarse dormido, el dolor de cabeza y el sabor a vodka, hayan desaparecido.

El plan no salió del todo mal. Al despertar su cabeza estaba mejor, su olfato también, su paladar lo mismo. Sin embargo seguía recordando que no recordaba quién era, o mejor, si él era el brillante y afortunado Ernesto Roca que decía su cuerpo, que decía el carné, que decía su mujer, que decía la lógica… pero que no decían sus recuerdos que no decían nada, ni sus vísceras que le gritaban que qué incómodo resultaba todo. Se volvió a duchar, y se volvió a vestir y a peinar, y marchó a la cocina ¿Sé cocinar?Se preguntó, y parecía saber y de repente, supo qué hacer al menos en las siguientes horas: iba a intentar devolverle a N.T. con una cena para empezar, lo que ella le había regalado con una simple comida: felicidad.

Cuando N.T. llegó a casa se sorprendió de ver a E.R. enfrascado en un delantal y a los mandos de la cocina. La sorpresa de ella esperó a la justificación de él para que el reproche comenzara a asomarse, pues N.T. consideró una irresponsabilidad el dejar colgados a la compañía por una cena, un acto impropio de Ernesto Roca, remarcó. Tal pulla provocó que E.R. apelara con convicción a su necesidad de sentirse por una vez impuntual, por una vez irresponsable, por una vez, como si no estuviera cargado de responsabilidades y hasta de pasado, llegó a decir. Pero no lo hacía por capricho, sino para entregarse en cuerpo y alma a ella, porque ella era quien se merecía siempre y por entero la mejor versión de Ernesto Roca.

N.T se desarmó ante la defensa de E.R., y entre risas, caricias y besos disfrutaron de la cena y de la pasta que él había preparado con cierta torpeza. Tras la cena continuaron las caricias llegando la pasión y la ternura en unas horas de sexo y amor. Y en los resuellos que se ofrecieron entre asalto y asalto, a E.R. le atacaron las dudas de si ya antes había disfrutado de aquellos momentos, de si actuaba bien o mal, y de si era posible que se hubiera enamorado en apenas unas horas de esa mujer. Sus círculos de dudas terminaban siempre momentos antes de volver al cuerpo de N.T. en busca de ambos espíritus, el suyo perdido y el de ella maravilloso, preguntándose si debía aceptar para siempre el regalo y la maldición con los que había despertado a las diez y cinco de la mañana de ese 12 de febrero que ya expiraba.

No tuvo E.R. forma de llegar a una conclusión porque los besos le devolvían al paraíso, y en el paraíso no es posible la reflexión, sino tan solo el disfrute. Tras el tierno combate llegó la hora de decirse buenas noches cariño, y ella aún añadió cuando se le abrazaba para acomodar su cabeza en el pecho de él, que le quería, porque eres transparente. E.R. cazó la frase al vuelo y de casualidad pues ya estaba en el estado de duermevela, y de inmediato dormido.

E.R. se revolvió en sueños; te quiero porque eres transparente, te quiero porque eres transparente, te quiero porque eres… y otra y otra y otra vez la frase apareciendo en su inquieto sueño ¿Había soñado la frase o se la había dicho N.T. antes de dormirse? Ni siquiera podía discernir tal cosa y ni siquiera podía moverse porque entonces la despertaría, pues N.T seguía apoyando su cabeza en el pecho de E.R.

El sueño siguió incómodo, duro, acuciante, acusador, como una prueba más de las duras elecciones a las que se veía obligado y arrojado desde la mañana, desde que el vodka roto le trajo a su nuevo mundo, sin saber aún nada de cómo era el anterior. A las seis de la mañana, sin rastro de sus recuerdos pasados pero con los presentes a flor de piel, no pudo más y tuvo que levantarse. Con sumo cuidado se desembarazó del calor de aquella hermosa mujer y depositó la cabeza en la almohada dándole un beso en la frente por despedida. Buscó ropa, pasó por el servicio, cogió las llaves, la cartera, y salió de casa sin hacer ruido para buscar un taxi que encontró más rápido de lo esperado en aquellas horas.

E.R. le dijo al taxista la dirección donde hacía unas horas aparcara el deportivo que supuestamente le pertenecía. El taxista no tardó en reconocerle, en alabarle, y en decirle que le veía con mala cara, que si le pasaba algo y que si podía ayudarle de alguna manera. Pero E.R. le cortó seco, y pareció por la transformación del rostro del taxista, que este pensó entonces que se le caía un mito, aunque por supuesto no dijo nada, el cliente tiene siempre la razón… aunque tal vez no la memoria. E.R. pagó al llegar, no esperó las vueltas y supuso que sería considerado como un gesto de prepotencia en lugar de generosidad, pero poco le importaba en esos momentos.

E.R. subió la calle, no recordaba el número y le llevó algo de tiempo dar con el coche que aparcara por la mañana. Hacía aire y frío, y comenzó a lloviznar. Las lunas de los vehículos estaban parcialmente heladas y apenas si había movimiento cuando aún no eran ni las siete.

Encontré finalmente el BMW. Saqué las llaves y me quedé mirándolas como un estúpido mientras me mojaba, mientras me quedaba helado. Había ido hasta allí para tomar decisiones y había llegado el momento ¿Elegía morirme de pie y de frío, o decidía entrar en el coche? ¿Aceptaba lo que era desde hacía menos de veinticuatro horas, un cuerpo con habilidades pero sin recuerdos, con una herencia afortunada tras de mí pero de la que no podía sentirme orgulloso por no haberla, o por no recordar habérmela forjado, o rechazaba esa herencia de plano? Debía elegir entre interpretar un papel hermoso al que se le había dado todo, o lanzarme a la incertidumbre en busca de no se sabía muy bien qué, pero al menos propio.

Debía hacer algo de una vez, el frío aumentaba como mi bloqueo. Tan solo era capaz de mirar alternativamente las llaves y la luna lateral que me devolvía bajo la pálida luz de una farola y la helada, un rostro medio difuso. No tenía pasado y mi futuro dependía de la decisión que adoptara: entrar al coche y salir huyendo; entrar y regresar al paraíso sin memoria; quedarme allí de pie como un estúpido y morirme de frío. El frío, mi presente, mis dudas y yo. Había que elegir de una vez, y elegí.

Mr Vértigo

«No somos tan resistentes como solíamos ser, y puede que el mundo sea un lugar mejor gracias a ello, no lo sé. Pero sí sé que no puedes conseguir algo a cambio de nada, y cuanto mayor sea lo que quieres, más tendrás que pagar por ello».


Mr. Vértigo, de Paul Auster, me ha hecho disfrutar pero sobre todo sufrir, como hacía tiempo no lo lograba ningún libro. La sombra del ciprés es alargado, con las penurias de su protagonista, fue el referente en ese sufrir que llevó a mi memoria unos 15 años atrás. Es difícil en ocasiones no odiar lo que uno lee, para amarlo con más fuerza inmediatamente. Nada más acabar la obra de Auster escribí: la literatura enseña, vaya si enseña.

Mirada alternativa a la Revolución del Bonobús

“Revolution and Citizenship”; “La revolución que desmantela corruptelas y hace soñar”; “Triumph des Bonobus Rèvolution”; “El pueblo se puso de acuerdo y ganó la guerra sin necesidad de sangre”; “Die Buss-Pass in dem Himmel”…

He ahí algunas de las portadas históricas, aunque ninguna sobrepase los ocho meses de antigüedad, de diversos periódicos nacionales e internacionales que empapelan la cafetería donde comienzo a escribir. Todas hablan sobre La Revolución del Bonobús y no seré yo quien me pare a analizar sus causas, su desarrollo, y sus logros. Sin embargo, sí que creo que pueda aportar una mirada bastante nueva y veraz sobre su genealogía, o mejor, sobre su precursor, Ramón Piedra. Un precursor olvidado y tal vez bien olvidado, pero precursor al fin y al cabo.

Seré sincero, aún no me explico, a pesar de tanta explicación vertida sobre el tema, cómo a partir de un bonobús hemos logrado cambiar tantas cosas. Pero más extraño me resulta que de tal revolución fuera el detonante Ramón Piedra, un tipo individualista y descreído, por describirle afectuosamente. Pero qué más da lo que yo piense, y empecemos de una vez.

A pesar de las dudas que se han levantado recientemente quiero confirmarlo, en efecto se llama Ramón Piedra y no ha cumplido los cuarenta años. De hecho, su primer viaje llegó a los pocos días de cumplir los treinta y ocho, supongo que fruto del cóctel psicológico de juntársele un despido más, otro fracaso sentimental, y la cercana crisis del cambio de década. Sin embargo, dejaré claro que ese, “supongo”, se trata tan solo de mi hipótesis, porque él jamás dijo ni escribió nada en esta línea.

Sea como fuere, tenemos que Ramón Piedra inició sus viajes tras comprarse un bonobús mensual de cara a recorrer la ciudad, bajo la optimista idea de encontrar pronto un nuevo trabajo. Y los primeros días así lo hizo con autobuses para arriba, metros para abajo, calles a izquierda y derecha, ETT´s a mansalva y, puertas cerradas, una tras otra. A veces con sonrisa y un lo siento, pero la mayoría sin paño caliente alguno: «¡No! Por baja cualificación para el puesto»; «¡No! Por escasa experiencia», «¡No! Porque nos sobran candidatos mejor que usted», «¡No! Porque me disgusta su cara», y «¡No! Porque no le debo ninguna explicación».

Queda dicho que fueron los primeros días tras comprar el bonobús, cuando Ramón Piedra persiguió la búsqueda de un trabajo con verdadero afán, pero como con todo en su vida, pronto perdió interés y tras una semana de cumplimiento espartano, falló en acudir a la enésima ETT programada en busca de fortuna, en un país donde precisamente tal cosa no se prodiga.

Ocurrió que como hiciera durante la semana anterior, Ramón madrugó, tomó su café en su minúsculo apartamento, se vistió, se dijo frente al espejo que esta vez sí, sonrío ante la idea de que aún conservaba cierto aire embaucador, y se marchó para subir al autobús que le llevaría a su cita con la ETT de turno. Lo que no ocurrió igual en esta ocasión fue que apretara el botón de parada cuando debía, ni que se bajara del autocar, ni tampoco, que se arrepintiera de su debilidad como en tantas otras ocasiones y, empezara a reprocharse su vida de crápula por la que había devorado sus talentos.

Lo que sí ocurrió en cambio aquel ya lejano 12 de junio, fue que Ramón Piedra permaneció en el asiento sin bajarse en la parada prevista, para que poco después llegaran los sociólogos a postular que tal gesto había sido un acto revolucionario de alguien antirrevolucionario, llegaran los periodistas a encumbrar su nombre a base de repetirlo, y llegaran los viejos políticos a ponerse nerviosos y a querer desacreditar a Ramón. Pienso que todos hicieron el ridículo, pero sigamos.

El caso es que tenemos a Piedra en el asiento del autobús con un gesto de negación y rechazo, más consigo mismo que contra el mundo, como él mismo reflejó en su diario. No es la primera vez que intenta poner orden en su vida, ni que  fracasa para hundirse de golpe en el alcohol y en otras sustancias menos espiritosas. Pero al quedarse sentado pareciera que reniega de su habitual balanza, de su típica montaña rusa, y lo que más bien ocurre, es que se aferra a ese asiento. Y tampoco se baja en la siguiente parada, plenamente consciente de que se ha pasado de largo, y tampoco en la siguiente, ni en la siguiente, ni en las que vendrían luego. Y es en ese mismo autocar de línea circular donde pasará las horas muertas, hasta bajarse ya de noche en una parada que ni conoce.

Ramón Piedra durante esas horas que con el tiempo vendrían a cambiarlo todo, no dijo absolutamente nada, apenas si pensó algo, y lo único que supo cuando se bajó del autobús junto a su estómago vacío, es que andaba lejos de casa, y que paradójicamente debía coger un taxi para regresar a ella. Nada más llegar anotaría en su diario: «no he entendido nada de lo que me ha ocurrido hoy… pero mañana voy a repetir».

Y así lo hizo. Buscó entender a través de la repetición. Repitió con otras líneas y trayectos que le tuvieron más de doce horas dentro de distintos autocares. Y lo mismo ocurrió al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… en jornadas en las que quemaba interminables paradas mientras se hacía las preguntas de por qué y para qué, bajo las miradas cada vez más hostiles de unos conductores que pronto le ficharon, y cuya suspicacia pasó de la extrañeza a la desconfianza, y de considerarle un loco inocente, a uno que daba miedo a causa de su contumacia sin sentido.

Pero cuando Javier Pesquisas (seudónimo con el que bauticé al conductor que  fue más allá de las miradas desconfiadas de sus compañeros) se atrevió a preguntar a Ramón por qué hacía lo que hacía, Piedra ya había elaborado una respuesta a la que él mismo no sabía si darle mucho crédito, pero que en ese momento, le resultaba la mejor y la más significativa que ofrecerse, y que ofrecer, ahora que también se la pedían:

−Lo hago porque sencillamente me enganché. Subo y me galvanizo de un modo extraño. No sé si será la tranquilidad, el contemplar las calles, los edificios, los rostros de los transeúntes. O por cómo disfruto cuando analizo a los viajeros que se suben, buscando en sus expresiones sus historias, sus miserias y sus triunfos. O tal vez sea sencillamente que por alguna extraña razón encontré entre parada y parada, la rutina y la calidez que siempre me faltó… O por qué no, tal vez lo que estoy haciendo −terminó de decir con una sonrisa más bien triste− es un acto revolucionario contra mí mismo, una queja frontal a mi vida.

Javier Pesquisas escuchó atento todo lo que Ramón Piedra le dijo, y tras murmurar muy bajo “lunático”, siguió con su ruta. Me pregunto qué habría ocurrido si Pesquisas hubiera dejado precisamente tranquilo al lunático.

Y no es que Javier volviera a hablar nuevamente con Ramón, o que le prohibiera subir a su autobús cuando volvieron a coincidir, sino que no dejó de dar vueltas a la respuesta que Piedra le diera. Lo comentó con sus compañeros, con su novio y con su familia, y por supuesto con amigos y conocidos, dando lugar casi siempre a enconados debates. Así es como tras varias semanas encontramos a Lucía, una conocida de un conocido de un amigo de Pesquisas, que vino a prendarse de las palabras de Piedra, y que durante los días posteriores a saber de la existencia de este, le buscó con cierta monomanía entre autobús y autobús hasta que por fin dio con él.

Cuando el conductor de turno, exasperado como muchos de sus compañeros porque ya había dos pirados que se pasaban las horas muertas de autocar en autocar, le dijo a Lucía que sí que estaba, que era el alto y delgado del pelo canoso que se sentaba atrás, a ella se le desbocó el corazón.

Lucía entró a quemarropa con sus preguntas, y Ramón Piedra, quien andaba más preparado que cuando le preguntara Javier, y quien ante la mirada de aquella incipiente treintañera sintió un inmediato deseo, vino a esforzarse por colorear su actitud y explicar su extraña rutina.

Ramón Piedra puede ser acusado de cínico, pero no de engañarse así mismo, y al observar la mirada algo rendida de Lucía, su cara bonita, y la posibilidad de acostarse con ella, de inmediato se esforzó en mostrar su disgusto, no ya consigo mismo como hiciera cuando empezó sus viajes, sino con el mundo. Así que hizo hincapié y un repaso poético de los males de nuestra sociedad, haciendo ver la cantidad de lobos que nos acechan, demostrando una excelente retórica cuando pasó a hablar de sus viajes en autobús durante esas maratonianas jornadas sin aparente sentido, buscando un más allá que no encontraba en el más acá por mucho que lo hubiera intentado.

Una vez más por si aún quedaran dudas, Piedra, incitado por la ligera humedad y el titileo en los ojos de la cándida Lucía, rayó la metafísica cuando habló de la profundización y lectura que hacía de los corazones de los pasajeros que analizaba, rayó la mística cuando expuso su nuevo modo de contemplar la ciudad, sus males y sus escasos bienes, y tocó la utopía más inspirada cuando sin saber muy bien cómo, se le ocurrió que lo que hacía, sería socialmente revolucionario si la gente le siguiera en masa y pudiera entender el significado real de lo que estaba haciendo.

Las consecuencias más imprevisibles se estaban conjugando, pero antes de todo ello, la siguiente pregunta no podía resultar más evidente.

−Y cuál es ese significado profundo –inquirió Lucía sintiéndose plena por primera vez en mucho tiempo, ya que la conversación le habían devuelto una fe renqueante, la ilusión, y el sentido−.

−Pues la reconquista del espacio público –comenzó a decir Piedra sintiendo que no iba a ser ni demasiado concreto ni demasiado original− que nos han robado. Una reconquista a través de un acto que los mismos ladrones no podrían prever, y que reabre el horizonte a nuevas vías que a su vez generarán nuevos espacios de posibilidad para llegar a una sociedad mejor.

Y ante tales palabras, la arrobada Lucía reaccionó de un modo harto confuso para el ladino Piedra. Ella le dio un espontáneo beso en la boca… y de inmediato presionó el botón de parada para bajarse del autobús lo más rápido que pudo, dejando a Ramón con un palmo de narices. Piedra esbozó entonces una sonrisa amarga, y esa noche recogería en su diario: «…de pronto sentí que los edificios a través del ventanal del bus retornaban al gris, que las caras de los viajeros volvían a ser anodinas, y que una retorcida desilusión comenzaba a inundar mis viajes».

            Con todo, una rutina es una rutina y no muere fácilmente. Mientras, una revolución tiende a ser como la explosión de un polvorín que se ha ido cargando poco a poco durante un largo período de tiempo. Y la rutina y la revolución llegaron a convivir.

Resultó que Lucía la cándida no lo era tanto, sino más bien una experta en redes sociales que estaba inmersa en todos los múltiples y deshilvanados movimientos que apostaban por el cambio en nuestro país, y que actuó como una gran caja de resonancia de las palabras de Ramón. Así, llevó a internet lo dicho por Piedra, y la red se incendió en pocas horas. Pocas horas más tarde de esas horas se produjo un masivo incremento en la compra de bonobuses mensuales por todo el país, y no se necesitó de mucho más tiempo para que todo se volviera una locura. Una locura sobre las pesadas ruedas de los autobuses urbanos.

Hay que reconocer que el país estaba roto antes de que Ramón Piedra comenzara a pasar sus días en los autocares. Y con la misma rotura andaba por tanto, cuando Lucía volcó la historia de Ramón en la imprevisible red. Pero debe reconocerse también, que no sería justo el negar a Piedra el hecho de que sus palabras y su acción se mostraran como el catalizador común de los distintos coletazos de rabia que gravitaban en torno a la crítica situación. Así que sí, admito que el exitoso movimiento nacional e internacional que pasó a denominarse La Revolución del Bonobús, no habría adquirido la forma y la magnitud que han alcanzado, sin la figura de Ramón Piedra. De hecho es más que probable que no hubiera existido nunca, o no al menos no de esa forma, sino de cualquier otra.

El caso es que en apenas siete días desde que Lucía colgara en internet la conversación con Piedra, dejó de haber autobuses urbanos que circularan en cualquier momento de su servicio, sin ir abarrotados, y sin tener una ingente ebullición de ideas. Pero este solo fue el primer milagro. El que lo resume todo es el de que la gente no tomó pacíficamente las calles como se venía reclamando desde hacía tanto tiempo, sino que tomó los buses, como comenzó a decirse, para cambiar las cosas, y entonces llegó el verdadero milagro: ¡Las ha cambiado!

Pero todo eso es ya historia viva que queda y quedará reflejada y analizada en los libros, los periódicos, los debates… sin ser yo ni el más indicado ni el más versado para seguir hablando de ello. Y sin embargo, de lo que sí puedo hablar breve pero con algo de crédito, es de lo que ocurrió con Ramón Piedra.

Durante un mes fue un ídolo encumbrado y el símbolo anhelante de tanto ciudadano perdido, pero eso ya lo sabe todo el mundo. Luego, tampoco esto es precisamente nuevo, fue cayendo en el descrédito más absoluto, poco a poco pero sin perder ritmo, gracias a sus tremendas meteduras de pata, a su libido, y a una biografía cargada de errores. Vamos, que nadie pudo desacreditarle mejor que él a sí mismo.

Cada día se hacía historia y Ramón Piedra era un insignificante grano en el culo para todos. No daba más de sí para los defensores de La Revolución del Bonobús, pero tampoco para sus detractores, así que se le olvidó. Le olvidaron los periódicos que tanto le reclamaran, los estudiosos que ya le habían estudiado lo suficiente, los pseudoamigos que proliferaron con su éxito y se marcharon en cuanto su fama se torció, y Lucía, a la que había tratado de conquistar primero con su labia revolucionaria, después con un alegato del me debes y debéis, y finalmente con el mismo éxito nulo que con las otras estrategias, a través de la lástima. En fin, que mientras su idea cambiaba la Historia, él no dejaba de fracasar.

−Mi vida ha sido siempre un cuento de hadas con las alas rotas −me confesó en nuestra charla de hace unos días−, y no hay derrota que me coja de improviso, o que me tumbe del todo.

Ramón no está muerto como se ha rumoreado, y se alegró de que su madre me contratara a mí, detective privado, para dar con su paradero, preocupada y mucho como estaba de que hubiera hecho una última tontería. Lo cierto es que no le vi mal sino más bien tranquilo, y me hizo esbozar una sonrisa cuando le conté la angustia de su madre, y me pidió que le dijera a esta, que no se preocupara, que no pensaba morirse antes que ella, que aspiraba tan solo a no darle ese disgusto, ya que le había dado todos los demás.

No hay mucho más que rescatar del encuentro que tuvimos, salvo que no guarda rencor, ni a la revolución ni a sus resultados, salvo que me legó para mi sorpresa, su diario del que he sacado algunas de las ideas que dejo escritas, y salvo que pienso, que no es tan mal tipo como al final le han retratado unos y otros, sino que simplemente no estuvo a la altura de su idea, y ni siquiera estuvo cerca. ¿Pero quién lo hace, si no es mintiendo descaradamente?

Stoker

Stoker (2013) de Park Chan-wook

Resuena aún el final de su banda sonora cuando comienzo a escribir, y reconozco que eso me deleita en parte. Acabo de asistir a una gran película capaz de sorprenderme, y de gustarme por romper los esquemas que previamente iba trazando y que poco a poco se quiebran, pero como debe hacerse, sin grandes giros de guión inverosímiles, sino con audacia, y al caso, hasta a base de simbolismo.

Versión moderna de una Lolita oscura, va más allá. Hacía tiempo que no veía una película tan valiente, y para los tiempos que corren (se estrenó este mismo año), estamos ante algo digno de mención. Decir que inquieta, que desprende sensualidad donde lo mórbido y lo sexual se entremezclan con maestría, o que las actuaciones son de sobresaliente, es mera perogrullada.

Puedo terminar una vez más contento de decirlo: ¡Véanla y dejen de leerme, lo agradecerán!

59

Tras el lloriqueo de mi amigo por la ruptura con su pareja, no pude callarme:

-Qué quieres que te diga, solo conozco dos palabras fijas e inmutables; una es «muerto», y la otra, la paradójica «cambio».

Aquella noche mi perogrullada no sirvió de mucho, y algo mejor nos fue con el alcohol.

Thoreau

Sobre el deber de la desobediencia civil, un texto brevísimo más que recomendable para los tiempos que corren:

«Creo que debiéramos ser hombres antes que súbditos. Cultivar el respeto por la ley no es tan deseable como cultivar el respeto por la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que creo justo. La ley nunca hizo a los hombres un ápice más justos; y, gracias al respeto que se tiene, hasta hombres bien dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia». 

58

Quien aprende a gestionar bien el fracaso es el que podrá llegar al éxito, e incluso si le añade suerte y contumacia, quien logrará mantenerse en él. Está claro por cómo estuvo siempre el mundo, que por falta de fracasos no será que uno no llegue a la cima que se propuso.

Alborada

La cortina blanca de seda comenzó a filtrar sobre el dormitorio el amanecer de un sábado primaveral que se preveía hermoso y lleno de luz. María, desvelada desde hacía un rato, se acurrucó junto al cuerpo desnudo que le daba la espalda y lo abrazó con fuerza. Abrió entonces los ojos, y comenzó a besar con suavidad el hombro tatuado de su compañera dormida. Poco después cesó en su mimo y se incorporó hasta apoyar la espalda contra el cabecero de la cama, mientras seguía contemplando deleitada, las voluptuosas curvas de su amante bajo la luz del alba. Decidió dejar dormir un rato más a aquel diablo que había puesto su vida patas arriba. Se estiró hasta la mesilla de noche y alcanzó el libro sobre la obra de Velázquez que andaba leyendo. No tardó en volver a dejarlo en el mismo sitio, pues fue incapaz de concentrarse ante la sensación que erizaba su piel, y prefirió fundirse dentro de ese estremecimiento mientras contemplaba sucesivamente a la alborada, y a su compañera.
            
          Cuando unos treinta minutos más tarde la durmiente Lilith se desperezó, María todavía seguía transida de la placentera sensación que le embargaba de feliz armonía. Las cortinas, a esa altura de la mañana, retenían la suficiente claridad del Sol como para no tener que bajar la persiana subida hasta arriba, pero dejando al descubierto y sin sombras cada rincón del dormitorio, acogedor, cálido, amplio. La recién desvelada, incluso pudo apreciar el brillo de los ojos que destellaban de su esbelta pareja cuando se puso a su altura sobre la cama, para despojarla del camisón marfil con el que había dormido, para besarle lúbricamente los sonrosados pezones que de inmediato se erizaron, para preguntarle sonriendo:
−¿Qué te ocurre preciosa, que tienes ya cara de orgasmo nada más amanecer?

−Solo saboreo mi suerte –contestó María mirando arrobada a los ojos de su compañera−, y pienso en las últimas palabras de Fausto, cuando exclama justo antes de morir, Entonces podría decir al fugaz momento: <.

−¡Tan bien te comí ayer el coño! –Exclamó rompiendo a reír Lilith, provocando que María se indignara sin excesiva convicción a juzgar por su rostro risueño, y a pesar de que atizara a su amante con las palabras de, “soez”, y “bruta” por un lado, y por otro, con un almohadón que en la guerra de la noche anterior, había permanecido sobre la cama.

El duelo pareció terminar en una lluvia de besos mutuos, pero María aún no quiso abandonar la batalla, y agarrando la media melena rubia de Lilith, tiró de su pelo hacia atrás hasta curvar la cabeza de su presa, acercándola en un arco contra la espalda. Reteniendo a su amante en esa difícil posición, María retomó sus palabras:

−Cariño, te hablo en serio, me haces tan feliz, que quisiera poder detener el tiempo, o por lo menos dilatar el instante hasta el infinito. Entiéndeme, no quiero poner un pie fuera de esta cama, basta de alejarme de ti, quiero congelar este amanecer con nosotras dentro, para siempre.

−Vaya con mi preciosa y bella intelectual –comenzó a decir Lilith tras darse unos segundos, y tras hacer un escorzo que le permitió abandonar la difícil postura para quedar de nuevo frente a María, ambas de rodillas encima de la cama, ambas mirándose a los ojos y a los labios alternativamente­−, si se me ha convertido en todo un candor de romanticismo. ¡Pero oye! Si tú pasas a ser la apasionada, ¿qué papel me queda a mí? ¡Yo no sirvo para recitar versos ni para deleitarme en conciertos de música clásica! ¡Devuélveme mi papel, ladrona!

−¿Tú la romántica de las dos? Venga ya cariño, no me hagas reír, y menos aún recordar tus clásicos piropos de camionera.

Y un nuevo cuerpo a cuerpo tuvo lugar, aunque esta vez los besos se alargaron, las manos llegaron a los sexos, y no hubo paz hasta que exhaustas se rindieron, la una en los brazos de la otra.

La mañana siguió su curso inexorable pero ninguna de las dos mujeres abandonó aquel reino mullido de cuatro patas, no fuese a romperse el hechizo. La primera vez que evitaron descender al suelo fue porque la noche anterior habían dejado una jarra de agua en la mesilla de Lilith, y pudieron saciar la sed sin abandonar su cielo. La segunda, porque sacrificaron el desayuno. La tercera, porque María pudo encender con el mando a distancia la cadena de música. Cuando Vivaldi comenzó a sonar en sus conciertos para laúd, guitarra y mandolina, los recuerdos afloraron en la pareja. Fue María quien pidió a Lilith que rememorara su primer encuentro, dos años atrás.

−Está bien preciosa, pero ya sabes que no podré contener mi lenguaje soez –y al decirlo, introdujo su dedo índice en el sexo húmedo de su amante, sacándolo con cierta malicia tras varios jadeos de María.  

«Cuando llegué al Real –comenzó a narrar de inmediato Lilith aún con la mirada lúbrica−, arrastrada por un favor concedido a mi amiga Elena, quien tenía dos entradas para el concierto y nadie con quien ir, preví una noche larga y aburrida de una música que lo siento, pero no me apasiona como a ti. La cantidad de aburridos almidonados que rondaban el lugar reafirmó mi previsión, pero entonces te descubrí, tan alta, tan morena, tan bella, y tan bien embutida en ese espectacular traje de fiesta negro que aún conservas. Aunque eso sí, de la mano de un semental casi tan atractivo como tú.


«Recuerdo a Elena entusiasmada por el lujo y verborreica total ante tanta pompa y ante tantas caras conocidas… para ella, y a mí, diciéndole que “sí” a todo, que sí era precioso, que sí me sonaba aquel tipo, que sí le agradecía el haberme llevado… mientras en realidad te devoraba con la mirada con todo el descaro del que era capaz. Ya sabes que soy una zorra blasfema, y te aseguro que no dejaba de rezar para que te fijases en mí aunque fuese por unos segundos. Si conseguía ruborizarte, pensaba pérfida de mí, podría dar la noche por válida.
«Ya sabes que pensé que fracasaría, pues a pesar de mi insistente indecencia durante el cóctel previo al concierto, y a que era el centro de atención de los demás con cuchicheos sobre mi vestimenta indecorosa, tú parecías negarte a prestarme atención, cosa que desde luego no hacía tu pareja, quien no paraba de posar sus ojos en mis tetas y en mis tatuajes, incomodándome como yo quería hacer contigo. Por suerte, justo antes de encaminarnos hacia las butacas nuestras miradas se encontraron, y no pude sino sonreírte, y guiñarte un ojo. 

−Aunque tú digas que no lo notaras –interrumpió María acariciando el vientre blanco de Lilith−, me ruboricé por completo, y durante la primera parte del concierto le pregunté en más de una ocasión a mi expareja, si él creía que tú estabas loca, mientras me juraba una y otra vez que no sabía de qué chica le hablaba.

−Fue una suerte –retomó la narración Lilith− que yo no notara tu rubor, pues con eso me habría conformado y casi seguro, no me habría preocupado desde mi butaca, de buscarte obsesiva por todo el teatro, pues fue agotador, preciosa. Y por supuesto tampoco te habría seguido al baño durante el entreacto. Pero ya ves, lo hice, y mientras te retocabas el maquillaje frente al espejo, me presenté, y las dos nos reímos de la casualidad de que nos llamásemos María, y después de hablar y demostrarte que no era un ogro, ni una loca, ni una inculta total, te entregué la tarjeta de mi tienda con la idiota esperanza de volver a verte, y cuando me marchaba y sin saber aún qué, me susurraste algo que te niegas a confesar, dos años después. Y tal vez por esas misteriosas palabras sigo aquí contigo, a la espera de derrumbar tu muralla, y acceder a tu secreto, mi villana intelectual.

−¿Y si cuando te lo cuente –María bajó la cabeza de su compañera y la llenó de besos en su pálida nariz roma, al tiempo que le hacía las preguntas− se rompe el hechizo que nos envuelve? ¿Y si te lo cuento y comienzas a odiar la eternidad que comenzó en este instante, porque en realidad no era para tanto lo que te susurré, sino que más bien era una de mis cosas, literarias?

−Venga ya preciosa –Lilith pareció algo exasperada−, en estos dos años te he emborrachado, te he hecho chantaje emocional, te he suplicado, te he follado… y nada. ¡Cuéntamelo de una vez, regálamelo en este día! Al fin y al cabo, yo ya casi he perdido el miedo a que mi linda e interesante cabecita rubia deje de parecértelo, convirtiéndose en el típico tópico tonto, o que mi lenguaje soez pase a resultarte mera mala educación, o que ya no me quieras llamar más Lilith, sino cualquier otro nombre insufrible de tu biblioteca. Anda, sé buena, y termina de desnudarte para mí ¡Cuéntame tu susurro!

María se hizo de rogar. La luz de la mañana seguía inundándolo todo cuando se detuvo con su boca en el ombligo de Lilith, lo besó al tiempo con ternura y pasión, y le propinó mordisquitos sobre la roja llama que quedaba tatuada en torno a él. Volvió entonces hasta los labios de su pareja, y tomando con su boca el labio inferior de su amada, dijo con una voz entrecortada y algo ridícula:

−Está bien cariño, te voy a confesar mi susurro, ya verás que es una bobada, pero te prohíbo totalmente que dejes de amarme.

−Preciosa, espero que el secreto merezca mi sacrificio.

−Ya sabes que has sido mi primera chica –comenzó a decir María después de recostarse en la cama, separarse un poco de Lilith, y adoptar un tono serio−. Y que cuando te conocí estaba en plena crisis de identidad sexual y esas cosas. Pues bueno, siempre comentas que te gustó mi traje de fiesta, pero la verdad es que a mí tu short y tu camiseta recortada me quitaron el hipo, y cuando en el lavabo estábamos hablando, no pude dejar de advertir esa llamita de tu ombligo, y eso me hizo recordar una frase de uno de mis libros preferidos… y simplemente eso es lo que te susurré.

Lilith esperó en absoluto silencio a que María dijera la frase, y finalmente lo hizo.

−Las mariposas vuelan hacia la llama, dice el protagonista de “Crimen y castigo”, y la verdad es que yo, ya en aquel lavabo, y más aún cuando hecha un manojo de nervios me presenté en tu tienda de ropa, me sentía como una desvalida mariposa que consciente pero incapaz de evitarlo, marchaba directa hacia unas llamas que quemarían toda mi vida pasada para purificarme, o destruirme. Y ocurrió que bendito fuego.

−¡Vaya, preciosa, qué alto me pones siempre el listón, no tenía bastante con lo de Lilith, y ahora esto!

Ambas rompieron a reír, y al acabar se dieron un cálido beso.

La música de Vivaldi se había apagado hacía tiempo, la jarra de agua estaba vacía, las dos mujeres tenían hambre y ganas de orinar a la vez, y el Sol alcanzaba un cénit por el que las cortinas se mostraban insuficientes para no cegarlas. Así que no hubo más remedio que romper el reino, el hechizo, el instante no tan fugaz, y descender a suelo firme, con la esperanza de volver a elevarse en breve, para detener aunque no fuese a perpetuidad, el desgaste del tiempo.

Tres robos

           Está bien, lo haré, pero señora, no vaya a ponerse nerviosa y hacer algo de lo que nos arrepintamos los dos.
      
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…

¿Le suena? Pues así es como comienza mi primera historia, frente a una puerta de lo más normal pero con un felpudo de escudero que no lo era tanto, conteniendo inscritas las frases iniciales de una joya de la que yo, por entonces, apenas si sabía del título. Con todo, solo con haberme parado a leer aquello, ya me podría haber imaginado que la casa no iba a ser de las más normales donde entrara a robar.

Sabe, todavía me resulta curioso que la puerta me llevara abrirla casi tanto tiempo como leer el felpudo, que por mucho que fue esto último, para una puerta tuvo su mérito. Por aquellos lejanos días yo era un bisoño ladrón, pero el dueño me lo puso fácil pues no había echado el cerrojo, y ni siquiera le dio la doble vuelta a la cerradura al salir. Recuerdo que mientras manipulaba el asunto, pensé en la primera lección de mi único maestro, por llamarle de alguna manera generosa: “casa fácil, casa pobre”. Pero por supuesto, entré igualmente.

Fue mi decimocuarta limpia (en mis primeros años utilizaba términos como ese y llevaba la cuenta, vanidad de juventud, que quiere que le diga), la sexta en solitario tras deshacerme del pobre yonki maestro que mencioné anteriormente, quien me enseñó el arte de la ganzúa, del pequeño butrón, de las posibilidades de una radiografía, del “yo” en el telefonillo… Pero sospecho que eso a usted no le interesa demasiado, así que a lo que iba.

La casa estaba repleta de libros, había libros muy viejos y libros que no lo parecían tanto, por todas partes, en el suelo, en varias mesas, y colocados hasta agotar el espacio de una decena de estanterías combadas por el peso. Entonces no me interesó ninguno aunque a día de hoy, estoy convencido de que habría pagado una fortuna por aquella  biblioteca.

Descartados los libros, en el salón había una tele antigua y una cámara más antigua aún que consideré llevarme, marché al dormitorio y allí tuve algo de suerte al encontrar una cajita con unos cuantos billetes de cinco mil de las antiguas pesetas. Menos era nada, y para mi triste currículo, daba brillo. Pues bien, cuando levanté el dinero es cuando me llevé la sorpresa, descubriendo una nota que leí curioso y con dificultad. Le aseguro señora que leer no era entonces lo mío y que en un rato entre el felpudo y la nota había leído más que en meses anteriores. Pero al caso, la nota tenía un encabezado que apuntaba: Al posible ladrón. Y decía más o menos (con los años la reelaboré tantas veces que me la sé del tirón, aunque claro, es el saber de la memoria, por lo que no pondría la mano en el fuego por su literalidad, si bien sí, en su mensaje):

Si encontró mis ahorros, le felicito y hasta me alegro, pues ahora puedo pedirle con algo de fuerza, que se los lleve si no queda más remedio, pero por favor, le ruego que deje las fotos tal cual están, así como los libros. Tras perder a mi mujer, ya no me queda sino lo que nos unió, no vaya a llevárselo también, hágaseme ese favor.Dios le bendiga.  

Y es posible que dios me bendijera. La verdad, ni había reparado hasta entonces en las fotos del pobre viudo, un hombre ya mayor pero no demasiado viejo, ¿para qué las iba yo a querer? Y lo mismo pensé de los libros, así que salí de allí con la tele a cuestas, la cámara al hombro, y los billetes en el bolsillo. Pero poco antes de cerrar la puerta y con los pies pisando el felpudo, decidí volver a entrar para llevarme también un libro. Lo sentí por el viudo, pero supuse que uno entre tantos no le importaría; no sabía yo de más valores que del material. En fin, un año después, ese sería el primer libro que leería en mi vida. ¿Cómo olvidarlo? Se titulaba “La conjura de los necios”. ¿Lo conoce? No puede ser literariamente más divertido… y la historia de su escritor más trágica. Aunque claro, yo lo cogí entonces porque el título me gustó, sin saber muy bien siquiera qué significaba aquello de “conjura”, ni la intrahistoria que el libro guardaba.

Pues bien, no tengo dudas, ese fue señora el primer robo que verdaderamente me marcó en la vida, y sin él, cuando meses más tarde me atrapó la policía por herir a un hombre en mi primer y último atraco, no habría empezado a leer, ni habría acabado licenciándome en filología. Diez años de cárcel dan para mucho, pero para todo se necesitan estímulos, y “La conjura” y recordar aquella casa repleta de literatura y nostalgia, fueron los míos.

¿Me permite que me encienda un cigarro? Gracias. Verá, supongo que las rejas me sirvieron para muchas cosas, pero no para cambiar mi vocación por el robo, qué le vamos a hacer. Así que al recuperar la libertad, compaginé mi flamante trabajo de periodista en un periódico local, con el de ladrón, y los requiebros de la vida provocaron que en más de una ocasión, cubriera mis propias… digamos pequeñas rapacidades. La verdad es que reconozco que lo hacía por placer, y que tras la cárcel había cambiado la necesidad de meterme mierda y de pagar mis deudas de juego, por la embriaguez de unos robos selectivos que tendían a la perfección, y que luego gastaba en putas y alcohol. Este me tiraba de la lengua, pero las primeras eran fantásticas, para qué mentir, y hacían gala de esa frase de, “calladas como una puta”. Que sepa, nunca ninguna me ha traicionado.

Bueno, pues fue así como llego al segundo robo que me pide… amablemente. Era una casa de nuevos ricos, quedaba en lo alto de una colina y contaba con la última tecnología antirrobo, pero yo ya era ya un profesional de la hostia, y tenía echado el ojo a cada detalle. Con sus propietarios de vacaciones, salté la valla tras dormir a los perros, y al abrir la centralita de la alarma para desactivarla, comprobé que los desventurados dueños no la habían puesto. Entrar en la casa por tanto me resultó algo aburrido y poco estimulante. Más difícil resultó en cambio la caja fuerte del dormitorio principal, y no había conseguido abrirla aún cuando escuché un ruido preocupante. No tardé en confirmar la sospecha que llevaba tiempo acuciándome: la de que soy idiota.

¿Qué habría hecho usted? Yo, en lugar de largarme sin más, quise saber de dónde venía el ruido. ¿Adivine? La casa no estaba sola, y la feliz hija de los ricachones andaba fracasando en su lamentable doble intento de suicidio. Se había cortado las venas a la altura de las muñecas, con más dolor y espectáculo sangriento que resultado, y se le había roto la cuerda cuando había intentado ahorcarse de la lámpara de uno de los baños. El golpe contra el suelo es lo que yo escuché en un primer momento, y su agonía en los posteriores.

Así que al llegar al lujoso baño contemplé por unos segundos la escena dantesca llena de sangre y desnudez morbosa que ante mí se mostraba, la muchacha, de unos veinte años, había querido perder la vida como su madre la trajera al mundo, pero más mayor, mucho más bonita, e increíblemente más infeliz. Y sí, decidí quedarme con aquella necia y cándida veinteañera hasta que apareció la ambulancia que yo mismo había llamado. Con quien no conté fue con la policía, y mientras me esposaban pensé que deberían canonizarme por tamaña estupidez, aunque en mi haber diré, que salvé a la chica, y que me alegro.

Por supuesto, señora, no me hicieron santo y sí que acabé ante el juez. Luego llegaron las consecuencias de mis actos: adiós a mi trabajo de periodista; hola a la denuncia de unos padres resentidos no sé si por el intento de robo, o por salvar la vida de su hija; la chica que me pagó el mejor de los abogados y rompió con sus padres amenazando con volver a suicidarse… En definitiva, un circo del que salí más o menos bien parado. No es que me acostara con la muchacha la verdad, y desde luego no porque no lo intentara, pero al menos la cárcel esta vez fue breve, y le saqué partido a mis robos en forma de novela. No es que sea un superventas, pero oiga, compatibilizado con algunos trabajos selectivos, me da para comer.

Y así llegamos al tercer gran latrocinio de mi vida, ante el que estoy cuando menos lo esperaba. Y es que mi supuesta pericia me debería salvaguardar de fallos de novato como el que acabo de cometer, confundiendo a un viejo chocho tacaño pero pudiente que debería estar durmiendo mientras le desvalijo, con una señora decidida y despierta que no sé de dónde ha salido, que me ha invitado a sentarme tranquilamente frente a ella, y que me apunta y escucha muy callada con su escopeta, tras pedirme amablemente que le cuente tres de mis robos mientras añade que se está pensando si volarme los sesos o no, apretando ese gatillo bajo su firme dedo. Desde luego, nunca había intentado robar a nadie tan original, y se merece un puesto en mi lista.

Y bien señora, ¿qué decidió hacer con respecto a ese gatillo? Pero antes de responder, sea buena conmigo y cuénteme su historia.