Gracias a Tolstoi


Confesaré que levanté la vista del periódico asqueado de tanta mala noticia, y que fue entonces cuando la encontré, frente a mí, en el otro andén. Y no me hizo falta nada más que un instante para presentir que quería suicidarse.  

A pesar de la distancia pude leer en sus ojos caídos. Leí el miedo y la desesperación, pero también el arrojo para saltar.  No tuve dudas de su decisión pero, cómo decirle, cómo gritar sin parecer un chiflado, que no debía tirarse a las vías del metro, que era un acto inútil. ¿Y si me equivocaba?

Los dos estábamos mucho más cerca del andén de lo debido, en la boca por donde entrarían los vagones. Sentí frío a pesar de la fecha y el calor agobiante. Decidí llamar su atención con gestos pero no hubo suerte. No parecía ver nada ni a nadie. Su metro resonó por el túnel, se escuchó un silbato. La chica dejó caer las manos, en la izquierda llevaba un libro. Logré ver el título.

Grité estúpida e instintivamente: “¡Ana, no lo hagas! ¡Piensa en tu hijo Sergio, en tu hijita…  en Vronski!”

El metro entró en la estación a toda velocidad llevándose algo por delante. Se escucharon algunas maldiciones. Mi corazón volvió a latir cuando todos los vagones pararon y se abrieron las puertas. Allí estaba ella, seguía en el otro andén. Muchos metros más adelante, Ana Karenina quedaba destrozada bajo los vagones.

Luego vino el jaleo, las explicaciones, que si ella en ningún momento iba a suicidarse, que si mi presentimiento era un asco, que si se le cayó el libro del susto con mis gritos, que si sentíamos mucho el espectáculo que habíamos montado, que si un café…

Y así es como conocí a mi esposa, gracias a Tolstoi.

4:15

Las polillas parece que sólo saben sufrir. O están quietas o moribundas.

Ahora o quizá no haya otra oportunidad. Hace más de un año que dejé esta sección, por un motivo evidente y justificado: dejé de trabajar a horas intempestivas, por lo que este apartado dejó de tener sentido. Hoy, las circunstancias me han puesto de nuevo en la brecha, y al menos una noche paladearé de nuevo lo que es trabajar en la tranquilidad de la noche, con tiempo hasta para escribir. Así que cómo no cerrar la sección acudiendo pronto y bien.
Nadie me aventuraba el cambio de turno en su día, y menos aún nadie habría podido decirme que el cambio sería para bien, pues me adaptaría sin problemas y a la perfección. Por suerte, nadie puede aventurar nada con la fuerza de la precisión, y a menudo ni siquiera de la probabilidad.
Y lo que vale para el trabajo, vale para la vida. Y mi adaptación al nuevo turno, sirve para mi adaptación a las nuevas condiciones de mi vida que ya casi desde hace dos años me sacude, y me enseña. Lo disfruto, y crezco.
Crecer, crecer sobre todo por dentro, he ahí un buen termómetro de la felicidad de cada uno. Y en ello ando, con un esfuerzo aplicado que no he conocido nunca: activo y decidido.
Perdí de vista a la polilla, pobre, supongo que habrá muerto. Me levanto y lo compruebo, así es. ¿Así muere también definitivamente mi sección? Sólo el tiempo puede hablar.

Tarde de domingo

Si ahora mismo estuviera enamorado, explotaría de felicidad. No estuvo mal el día, pero la tarde noche se convirtió en mágica, según el consejo, parece, que le da el «maestro» a Dorian Grey: curar los males del cuerpo con los placeres del alma… Pero en mi caso sin haber dolores por ningún lado. Primero la literatura con Geralt que me atrapó con su férreo abrazo. Más tarde fue el turno del cine, «Descubriendo Nunca Jamás». Por último, el humor de Buenafuente y una actuación de su programa donde versionaron a Pink Floyd y Dire Straits.
Joder, cómo no venirse arriba, y puesto que llevo meses sin pisar el cieno, casi me salgo. ¡Perra vida, qué jodidamente buena eres a veces!

Eduardo Galeano

Poco antes de llegar a su delirio:

«Como decía Paulo Freire, el educador que murió aprendiendo: Somos andando.
La verdad está en el viaje, no en el puerto. No hay más verdad que la búsqueda de la verdad. ¿Estamos condenados al crimen? Bien sabemos que los bichos humanos andamos muy dedicados a devorar al prójimo y a devastar el planeta, pero también sabemos que nosotros no estaríamos aquí si nuestros remotos abuelos del paleolítico no hubieran sido capaces de compartir lo que recolectaban y cazaban. Viva donde viva, viva como viva, viva cuando viva, cada persona contiene a muchas personas posibles, y es el sistema de poder, que nada tiene de eterno, quien cada día invita a salir a escena a nuestros habitantes más jodidos, mientras impide que los otros crezcan y les prohíbe aparecer. Aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es la aventura de cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre dos hielos, que nosotros somos».

38

La intensidad. La intensidad de mi desdicha y la intensidad de mi felicidad, siempre mezclada en sus tiempos, presente, pasado, futuro, siempre imprevisible y dispuesta a ser sacudida y volteada y transformada. Por supuesto no mayor que la intensidad de quien me rodeé o de quien desconozca. Pero mía. Mi intensidad, mi ser más profundo, mi sonrisa y mi dolor, mi rostro el día que muera, mi alma cada día que vivo. La mayor parte de las veces no estás conmigo, y entonces soy otro cualquiera, cuando tú apareces, me desollo y me muestro tal cual soy, sombrío y luminoso, duro y tierno, dudante y certero, contradicción hasta el día del día del adiós, y mientras viva.

Epitafio

Si mis cálculos son correctos, me quedan unos 55 años de vida, no está mal. Más si tenemos en cuenta que hoy pensé un epitafio que me caudró: Hice de mi vida una broma de buen gusto. No quiero aquí ni ahora analizarlo, pero sí diré que aún me queda mucho por andar para convertirlo en realidad.

Homenaje

Hoy realicé un pequeño homenaje que sólo yo he entendido, y que en ningún caso tenía previsto. Y me da la real gana de contarlo, así que allá que voy.
Iba camino de correos para recoger mi título de máster de literatura cuando en plena calle mayor ya estaba dispuesto el stand de la librería Cobos, y en él, apostado, su fundador, el venerable anciano Emilio Cobos. Se trata, lo he solventado rápido y sin esfuerzo, del tipo que mejor que me cae de Guadalajara al margen de amigos y familia, y en una de las personas que más respeto. Y apenas si le conozco. Al margen de lo que sigue, poco más: yo andaba por mi adolescencia preñado de pasión arcana y contemplaba en Cobos una enciclopedia esotérica, él se acercó y vino a recomendarme, si no recuerdo mal, la RAE, no compré ni una ni otra. Podría ofrecer múltiples interpretaciones, podría hablar de las veces que le he visto enfrascado entre libros y que tampoco han sido tantas, podría equivocarme y hasta acertar, pero simplemente quiero decir que le respeto, que él en cierta medida, está estampado en mis libros por cierta extraña conexión que por supuesto sólo veo yo.
El caso es que ahí estábamos, él en su casa y parapetado tras los libros de cara al público, y yo con mis pasos despreocupados, mi música, y la rápida decisión de quitarme los cascos y pararme a observar los libros que no tenía intención de comprar (hoy no era día para ello, sin más). Estaba a su lado, él no sé qué narices pensaría, yo buscaba algo para alargar el momento, los best seller no me convencían, pero Borges y su poesía completa me ha ofrecido una contraportada adecuada y un par de minutos de este extraño homenaje. No hubo ni siquiera «hola» o «adiós», y no hubo compra entre otras cosas porque Borges está en casa, como no, incluso en sus poemas. Me marché dejando el libro cuidadosamente en su lugar, arranqué a andar y me alejé de ese homenaje incomprensible salvo para mí. Pensé entonces en hacerle el honor de escribir la anécdota. Al final ha salido esto, no veo el honor por ningún lado, pero eso es enteramente mi culpa. De la suya por mi parte, sólo hay agradecimiento, porque creo que sin él mi pasión por los libros no sería la misma, y no sabría decir muy bien por qué, pero lo sé, así que, Emilio Cobos, gracias.