Ya no hay más –ven a por mi y no te metas en líos que no soy quien para sacarte de ellos.
FDO: Lázaro
FDO: Lázaro
«Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre»
Antígona
«En la oscuridad, en efecto, se hace más pesado el tiempo que en la luz».
Así habló Zaratustra.
Ahora que tienes fecha de caducidad empiezo a llorarte. Lloro a las paredes y a la lavandería, a la gente y a la Hefe, al puto idioma inaccesible y a sus nubes, al metro y a su historia, a su carril bici y al Niedrig, a su noche y a su brisa, a sus puentes y a sus salchichas, a las frikadeles claro, al suelo que no es y a esta cama medio cómoda, a la impuntualidad (también si) y a los bares donde “cerrado” no existe, a lo que he vivido y a lo que me queda por hacer en ti, al dolor y a la risa que me han convulsionado, a sus ríos y canales, a los amigos que pasaron a los que recibí y a los que aquí quedan, al risueño pastor alemán y a su dueño y a su garaje y a su coche siempre destripado, a la Puerta al Pérgamo al Parque a la Catedral al Comunista y a tanto grande y pequeño monumento, a las pequeñas y grandes resacas, al Sony y a tanta peli que cayó, a los borrachos sin solución, a las visitas turísticas cargadas de caminatas, a las farolas que nunca cesan y a los semáforos con prisas, a Mehringdamm y al energúmeno, a la bicicleta que nos saludó a la llegada y nos despedirá en nuestra marcha, al año que está por cumplirse y a todo lo que olvido en el tintero de mi triste y parca memoria. Ahora que languideces Berlín, la nostalgia se apodera de mí como tú lo has hecho conmigo, con una fuerza brutal, hendiéndome el corazón y grabando a fuego un año inolvidable.
Casi dos meses de silencio por los que has pasado de yunque a plastilina y vuelta a empezar, pero como siempre en ti: nunca martillo.
Has mejorado tu ánimo -pues me dices-; «¡Ya no quiero ser martillo!».
Soy fundamentalmente lo que me duele.