Caminos hacia la inmortalidad

Tú, insensato, margina tu felicidad y ábrete bien los oídos porque a uno de tus descuidos te arrebataré ese cerebro insípido que supuestamente te guía. Y es que, ¿hace cuánto que no piensas en tu eternidad?, ¿y acaso tienes derecho a esa dejadez? Cualquiera con un grado aceptable de conciencia la tiene a ella por primera obligación.
Balbuceas y me reprochas -«¿qué es aquí aceptable?». Aceptable eres tú, el resto a mí es todo indiferencia. Después de todo, fuiste capaz de concebirme: ya que has alcanzado tan altas cotas, no te dejes despeñar sin más.
Recuerdo que recuerdas, mal y oscuro -como siempre-, los caminos que trazó Unamuno; las inmortalidades por los hijos, la obra, o la fama: ínfimas a todas luces. Así, no pudo sino acogerse al cristianismo y su promesa de resurrección de la carne. Pero tú y Yo no tenemos ni creemos en tanta pasión, por lo que la vía de la cruz la soterramos con las otras.
¿Qué nos queda entonces? Quisimos ser dios, uno cualquiera con tal de inmortales, pero aquel sueño ya acabó. Rechazamos del mismo modo, desilusionados y abatidos, retornos circulares, cielos e infiernos, sectas y logias, y un sinfín de promesas que consabemos vacuas.
Tan desolador es el panorama, que pareces conformarte al festín del gusano con tal de llegarle sonriendo. Pero Yo, unigénito y voraz, no me cansaré nunca de instigar el camino hacia la inmortalidad. Cuando lo encuentre, y sospecho como, quizá te espere, y tú, pasarás a ser entonces mi parásito consentido. Mientras, me eres útil tal cual.

1ª Efeméride

Si allá por enero, el 15, uno de los lectores de los que carezco me hubieran comentado que a estas alturas estaría conmemorando la llegada a 50 entradas, hubiérame considerado fracasado. Al poco, sin embargo, le habría buscado exultante y orgulloso. Aunque en una tercera ocasión, ya más comedido, ofrecería una serena y relajada satisfacción.
Decir que camino por ese último cosquilleo es acercarse con cierta precisión a mi actual estado de ánimo, -recordémoslo: mi dios en tanto que mi anima. Por ello considero, como no podía ser de otro modo, que aunque podía haber estado mejor, no ha estado mal. Así las cosas, brindemos esta noche a tu salud y porque no tardando nos comamos al 100 con mayor fruición y calidad.

Historias de mi universo

Soy un tipo terriblemente influenciable: si leo a Nietzsche reflexiono con él, si toca Dostoievski cambio de tercio, ahora Cortázar, luego Sartre, etcétera.
A veces, por suerte o eso creo, se me mezclan y paro cualquier cosa en la que hay de mi todo lo malo y de ellos el resto. Hoy no es este caso sino aquel.

Llevo unos días con Borges y él obsesiona mi magín. Hace cuatro días o cinco noches soñé con la lectura de un pasaje supuestamente suyo en el que denunciaba las injustificadas complejas interpretaciones por parte de los críticos de la natural sencillez de sus relatos, creo recordar algo de amenaza incluso, pero ya me es imposible acceder a más. Bajaba (para las que no la conozcan en Guadalajara siempre se sube o se baja) por la calle con el Sol escupiéndome cuando lo recordé, y no pude sino retirarme al teatro -coincidencia geográfica- para escribir algo decente. No lo logré y tras el fracaso lo resquebrajé contento de ser capaz de desechar algo.
Hoy continúo con Borges y tras la Historia universal de la infamia llega Historia de la eternidad. Leyéndolo no puedo sino reafirmar mi segura impresión de que poseo un espíritu parcialmente anacrónico -y soy suave y parco en el juicio.
El caso es que hasta a mi mismo me cuesta explicarme el deleite, no ya de Borges que es harto comprensible, sino de sus líneas cargadas de teologismo y metafísica religiosa. Recuerdo ahora, es lo que tiene la ilación, que lo mismo me ocurrió con Jung hace apenas un mes por tierras berlinesas, y una sonrisa nostálgica se esboza, pero continuemos con los deleites que mencionaba.
Para empezar, son datos que aprehenderlos íntegramente me están vedados a causa de lecturas más o menos rápidas y carencia de base teológica por mi parte, y usos del latín por la suya. Y para terminar, se trata de un placer un tanto extraño, ya que, para que nos entendamos, soy más ateo que otra cosa.
Ahora bien, ello y más no me quita un regusto de auténtico placer cuando lozano bailo entre esas páginas casi arcanas de genios insondables.
Extraño mundo este, en el que se puede pasar del cielo -cierro el libro aún abierto devotamente, a la infamia -enciendo el televisor, sin solución de continuidad.

De la textura de las piedras

Ahora debería ser de noche pero todavía no sé forzar a la Luna.

De regreso a las lindes de mi ciudad, contemplo como tras un año las fauces del hierro continúan imparables. Y los recuerdos de barra en la tarde de ayer nos llevaron al grupo a lo que ya son recónditos lugares: monte y campos a las afueras de Guadalajara –lo que otrora era tal, hoy son casas y carreteras. Tan sólo diez años de memoria y desnudo de hierro buena parte de la actual ciudad.
Me resulta ya muy difícil coger el macuto las ganas los pies y salirme a las afueras de este feo ambiente de ciudad mediocre. Antaño podíamos por mi sur bajar hasta el río donde ahora levantan otro puente. Qué días aquellos de caña y terreras, los quince borraban el peligro y la conciencia y sólo así podíamos disfrutar a pleno pulmón de una mala pesca pero de una tarde intensa ascendiendo por pendientes de dudosa firmeza pero certera caída. Creo que fui el único que nunca pescó nada –salvo la merluza de mi vida a base de vodka vino cerveza y todo lo que pude echarme al coleto al cruzárseme por delante, pero también el único que subió todas las terreras catalogadas en fáciles muy difíciles y realmente peligrosas. Nunca me atreví a saltar la imposible: mis huesos deben estarme agradecido.
Si nos daba por dirigirnos a occidente tan sólo era cruzar la carretera nacional y un mundo distinto se abría paso: primero cultivos, luego monte y más allá lo desconocido. Hoy quedan por esas ruinas hoteles y Cortes Ingleses y eternas obras. Si subimos hasta nos han puesto una nueva ciudad de bello nombre pero fea factura. Y si bajamos el Toro, mítico, ya no da para los primeros botellones –si acaso para contemplar crecidas de coches y edificios.
Vayamos al norte clama mi olvido, pero dura lo que dura la frase pues recuerdo al instante que por allí no una, sino hasta dos ciudades nuevas podríamos decir que se han levantado. Aguas Vivas no se si tendrá mucho agua, pero ladrillos hay para aburrir.
Mi nostalgia cerebral añade factores que siempre colaboran en la empresa de la acción, o más bien de la in-acción: el miedo y la decencia. El miedo crece con la edad, eso dicen o eso digo, y no es descabellado. Lo que hace unos años era pura emoción cuando advertíamos a un tío haciéndose el crucificado en un olivo dejado de la mano de dios en un páramo del diablo, hoy se divisa con el signo de “cuidado”. Y por lo que respecta a la segunda, hoy cuesta más (y no sólo hay que irse mucho más lejos para caminar con la Luna en un campo cultivado), salir a pegar gritos a la noche descabellados de inconformismo e incertidumbre. Ni que decir tiene de mis solitarias búsquedas de ovnis o rarezas varias que se saldaron sin mayor usufructo que el estirar las piernas: ¿cómo la decencia del que enfila ya más los treinta que los veinte se permitiría tal cosa?

No quedan dudas, esta Guadalajara mía cada vez tiene garras más largas, y nosotros las alas más cortas. O quizá el problema no sea la sombra del cemento de los pisos sino el entumecimiento de mis huesos.

No, eso va a ser que no porque si así fuese no habría venido hasta esta vieja terrera a desempolvar estos recuerdos. ¡Que crezca la ciudad cuanto quiera que mis piernas siempre serán más largas!

Noxfilia

Mis noches, cada una de ellas, son mi privilegio, un regalo metahumano que me fecunda. Mi sueño es como mi aliento de vigilia -esencia de vida: inspiración. A ratos descanso en el mayor de los abismos -la mayor de la inconsciencia. Otros, los dioses resuellan tras de mis pasos -yo soy soy horizonte.
Cada noche, al menos nueve mundos distintos con lógicas y éticas diferenciados.
A veces no domino mis dominios, y entonces el reto crece: la selva onírica lucha por devorarme y Yo lucho por domeñarnos sin recurrir a la luz. Cuando lo consigo, esbozo una sonrisa: máximo laurel.
Al final de cada acto nocturno amanecen mis ojos agostados del esfuerzo de soñar, y dispuestos a devorar el día para volver plenos a la noche.
Sé que me envidias, pero tu éxito no está tan lejos. Empieza por forzar esta noche, ¡empieza ya!

Entre humanos anda el juego

Hace ya unos cuantos años asistía a una de mis primeras clases en la Facultad de Filosofía cuando el profesor de antropología lanzó al auditorio abarratado una frase que pareciera estar destinada exclusivamente a mis oídos, de tanto que me convenció. La susodicha no es otra que la de que «el poder corrompe, el poder absoluto, corrompe absolutamente». Desde entonces he vuelto innumerables veces a ella y hoy, como cerrando una especie de círculo al matricularme en Antropología Social y Cultural, busco en el Google al autor de la misma: Lord Acton. Si no fuera casi la una de la madrugada de un martes quizá me detendría a informarme sobre el mismo, pero a riesgo de pecar de idiota, diré que su nombre me dice tanto como nada, y que nada hago por cambiarlo.
Ahora bien, poco importa, ya que la precisión no entiende de nombres sino de corroboraciones con la experiencia, y la verdad es que la Historia ofrece tantos casos como se quiera sobre su validez. De aquí que sea tan importante el logro de la separación de poderes que tan ampliamente se ve amenazado allá donde existe pusilánime, y que se intente realmente donde sólo existe de nombre.
Pero me pierdo en consideraciones de un peso que yo no perseguía, y es que todo esto tan sólo aspiraba a señalar que quizá el problema de Dios fue precisamente ése, el de poseer un poder tan absoluto que sólo él pudo corromper al mundo de la manera que a diario lo vemos.
Aunque bien visto, trabo esta idea para jugar con ella de puro gusto, pues si no creo en él, difícilmente voy a querer echarle la culpa -ya somos lo autosuficientes como para llevarlo a cabo nosotros mismos

Nietzsche

Zaratustra en el capítulo «Jubilado»:

«Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con honestidad. Pero él -tú lo sabes bien, viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de maneras de sacerdote -él era ambiguo.
Era también oscuro. ¡Cómo se irritaba con nosotros, resoplando cólera, porque le entendíamos mal! Mas ¿por qué no hablaba con mayor nitidez?
Y si dependía de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en nuestros oídos había barro, ¡bien! ¿quién lo había introducido allí?
¡Demasiadas cosas se le malograron a ese alfarero que no había aprendido del todo su oficio! Pero el hecho de que se vengase de sus pucheros y criaturas porque le hubiesen salido mal a él -eso era un pecado contra el buen gusto.
También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir «¡Fuera tal Dios! ¡Mejor ningún Dios, mejor construirse cado uno su destino a su manera, mejor ser un necio, mejor ser Dios mismo!»

De Los Simpson a mi cabeza

Dos al menos son las frases que para mí y por sí solas justifican ver Los Simpson, la película. Ninguna creo que la reproduzca tal cual, excusen mi memoria.

La primera me sabe a gloria, a una gloria de risa y reflexión, la dice Homer, y es algo, si no lo es, parecido a esto: «¿Por qué siempre me abandona todo lo que azoto?». No tengo dudas, a su creador primero le tuvo que llegar la idea y después reconstruyó la escena, toda ella era un pretexto para cuadrar el ingenio. Lo mejor sin embargo, viene después, cuando descontextualizo y apropio, cuando reflexiono y recuerdo a La Boétie y su «Sobre la servidumbre voluntaria». Y es que el hombre a menudo es contrario a esos perros que muerden a Homer: nos dan palos y nos terminan doblando la cerviz, la libertad es un concepto al que doramos la píldora pero cuando nos la meten por el culo nos vencen, nos ponen las cadenas y nos acostumbramos a ellas. Este autor francés recurrió a los ejemplos clásicos para salvar la censura, yo recurro a él para salvar mi pereza de exponer el día a día. Somos muchos, y como sabiamente dice mi madre, «Hay gente para todo». Hay por tanto verdaderos apasionados contra los grilletes, pero ni son tantos como se cree, ni lo son a menudo quienes se tienen por tal.
Hoy, por fortuna (para los que vivimos bien y en el sitio adecuado), gozamos de esclavitudes placenteras de las que nos resultaría difícil escapar, de las que no sabríamos escapar. Quizá ahora seamos los esclavos más libres que han existido en la Historia de la humanidad, y si no fuera por la perversión del sistema y la podredumbre inextirpable que nos compone, podríamos albergar un mundo donde la mayoría se terminara convirtiendo en eso. Y ciertamente no sería lo peor. Y ciertamente a los millones de esclavos pobres les gustaría nuestra condición. Veo tantas consecuencias de lo que digo, que me abrumo y retorno.
La segunda la dice el vendedor de cómics -he buscado su nombre pero no lo he encontrado, y reza más o menos: «Ahora que voy a morir, me doy cuenta de que he pasado toda mi vida coleccionando cómics, y sólo puedo decir: ¡qué vida más plena!» Esta frase la imprimiría en todas las puertas de entrada a los distintos Problemas anónimos. Tal vez me exceda de frivolidad, pero él sólo con esa frase podría vencer dialécticamente a cualquier Sartre o Gandalf -y que conste que yo soy muy pro Sartre y muy pro Gandalf. Ellos aconsejan que la vida tiene el sentido que tú le das, pero me temo que aspiran a uno muy elevado: salvar el mundo o conocerlo hasta límites dolorosos. Sin embargo, el vendedor se iba a ir a la tumba plenamente satisfecho, y esa última sensación -por lo menos para alguien que no aspira para después sino a los gusanos- puede arreglar cualquier desaguisado. Morir contento vale todos los tesoros del mundo.
Que maravillosa justificación que encontré para mis numerosas horas frente al ordenador y sus juegos, o frente al consumir el tiempo perezoso como yo sólo. Pues luego de pensar en la frase, las horas de vicio me supieron mejor, ¡qué gratos momentos! Tan sólo lamento haber sido alcanzado hace ya mucho por ese aguijón sartriano que me envenena con la exigencia de algo más. Así, me toca penar con contradicciones ociosas que se revuelven en círculos viciosos. Mas quien sabe si aprender a disfrutar de las contradicciones no sea ese juego que he buscado toda mi vida: un ocio útil, imaginativo, profundo y con poso.

Mañana ya no tengo casa

Venía a hacer una valoración del año berlinés que agoniza hoy para morir mañana, pero me he adelantado a mi mismo en mi “Memoria”, y ahora tengo poco con lo que aburrir.
¿Cómo resumirlo rápidamente? Se me ocurre lo que sigue: si tuviera que revivirlo eternamente, con su dolor, con su agonía, con su miseria, aceptaría encantado. Por mi ya puede comenzar ahora mismo el eterno retorno porque la risas, las vivencias, el bagaje, lo merecen.
Berlín ha muerto, viva Berlín. Esto es un hasta luego, pues no acepto ir más allá.
Te escribo desde una dulce y oscura celda tras doce horas de sueño. Verás, está visto que no me puedes dejar sólo, qué le vamos a hacer. El caso es que estaba viendo las noticias de España, como tú acostumbras cada mañana, y me topé con uno de esos absurdos típicos de quemas de fotos reales y sus consecuencias, y como soy republicano ardiente decidí secundarlo en las calles de Berlín.
No buscaba publicidad gratuita, tan solo deslastrar algo de grasa que llevaba acumulada, por lo que no necesitando de Puertas o Reichstags, de Columnas o de Pérgamos, de esto ni de aquello, decidí que bajar a la acera de enfrente bastaba. Tomé una de las cientos de fotografías de nuestros queridos reyes que guardo, y empecé la chasca. Ardió y me gustó, tanto que subí a por toda la colección.
Contemplaba embelesado mi obra mientras alemanes y turcos ocasionales se apartaban con descaro, cuando recordé que las llamas se debían a un acto de protesta, y me determiné a protestar como se debe: a lo grande. Así que, comencé a recordar todo lo que era, todo lo que no, y todo lo que debía, y una y otra vez alimenté la hoguera.
Harto de quemar monarquías me decidí por banderas, y empezando por la española continué –adivina, con la catalana la vasca y la gallega. Que si países vecinos, que si la misma Alemania, que si otros continentes, aquello era un jolgorio espectacular de luz, protestas y crepitaciones.
Como sois tantos los españoles que rondáis por aquí, me topé con una moralina entendible (a los alemanes excitados no hay dios que les entienda) que me recriminaba muy sabio con algo parecido a que los nacionalismos imperialistas sí merecían la peor de las suertes pero que la lucha por la determinación, etcétera: a la hoguera que fue también. Después le tocó el turno al primer alemán que indignado con mi actuación se adelantó seguro de su pastor, pero el perro me miraba tierno y quien ladraba era él así que entre aplausos del perro lancé a las llamas a su dueño –y eso que le quería mucho y le era muy fiel.
Era un no parar y es que estaba imbuido por el viejo principio de que todo es digno de perecer, y de arder más que nada, así que continué con mi obra. Cómo explicarte todo lo que allí se consumía; patrias ejércitos oenegés ordenadores religiones ropas relojes valores historias ciencias diccionarios sabios locos tontos rematadamente tontos o políticos escritores públicos vagos traidores héroes y todo lo imaginable y hasta lo que no, sin distinción alguna. Me enamoré tanto, que no pude sino arrojarme a mí mismo.
Pero todo orgasmo tiene su fin y llegaron unos buenos señores y me recogieron de la hoguera y arreglaron todo el estropicio y me enfundaron en una preciosa camisa y me metieron una sirena por los oídos y todo resurgió de sus cenizas y el mundo volvió a ser estúpido y aburrido plagado de la indecencia del ser humano y en un espejo me contemplé y confirmé el fracaso de mi frenesí.
Y ahora aquí encerrado y con un papel muy serio de extradición. Así que haz las maletas que para el 6 de octubre nos vamos.
Ya no hay más –ven a por mi y no te metas en líos que no soy quien para sacarte de ellos.

FDO: Lázaro