42. Fernando Pessoa

El «Libro del desasosiego» es muchas cosas, pero quizá principalmente eso, un desasosiego total, un pesimismo rayando cerca del nihilismo que sin embargo merece la pena, y mucho, leer. Aunque paciencia y el aviso de que no es para todos los gustos, para todos los paladares. Bueno resulta, y eso le hace más grande, que encontremos contradicciones en su seno, y es aquí a lo que he venido, a resaltar una suerte de optimismo genial que encuentro en su fragmento o parágrafo 108. Quizá desbarre demasiado pero repito lo dicho, lo que a continuación se vierte me parece una maravillosa suerte de peculiar optimismo para la mayoría de nosotros:
«Unos gobiernan el mundo, otros son del mundo. Entre un millonario americano, con bienes en Inglaterra o suiza, y el jefe Socialista de la aldea no hay diferencia de calidad, sino de cantidad. Abajo […] de éstos, nosotros, los amorfos, el dramaturgo inadvertido William Shakespeare, el maestro de escuela John Milton, el vagabundo Dante Alighieri, el mozo de cuerda que me hizo ayer el recado, el barbero  que me cuenta chistes, el camarero que acaba de hacerme la fraternidad de desearme esa mejoría, porque sólo me he bebido la mitad del vino»
Aún más optimista resultaría el fragmento si en lugar de la preposición «del» que acompaña a la primera frase, se usara el artículo definido «el». Quizá entonces se cayera en una flagrante violación de la realidad: «Unos gobiernan el mundo, otros son el mundo», pero no es falta de ganas lo que siento para que eso fuera así, para que nosotros fuésemos el mundo, y ellos, los que mandan, sólo hicieran eso, gobernar, pero sin formar parte del juego.  

41. Voluntad de poder

Escribo atravesando las dificultades, lo hago a pesar de tu trabajo, de tu ocio, de tu sueño, de nuestra falta de tiempo. Lo hago a pesar de las lecturas, de la vida, del amor. Escribo mientras vivo, mientras esté en las entrañas,y seguiré escribiendo una vez que hayamos muerto.

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Uno va por ahí devanándose los sesos por saber a quién coño debe disparar para arreglar todo esto. Pero qué difícil resulta el asunto.
Vayamos al principio, que ni quiero jugar al despiste, ni al plagio. Todo lo que voy aquí a contar, está inspirado, o sacado literalmente, de John Steinbeck y sus, “Uvas de la ira”.
En su capítulo V nos encontramos con dos de sus personajes secundarios que plantean el problema de su tiempo, del nuestro, y prácticamente de todos. Y es que hay libros que escritos ayer, son para hoy, son para siempre: algunos los llaman clásicos, a mí el nombre me da igual, yo me conformo con leerlos, con disfrutarlos. Pero volvamos al problema, que no es otro que el de la disolución de la responsabilidad. Déjenme adentrarme un tanto para quien no conozca la obra, o no la recuerde.
Los protagonistas del libro son quizá la familia Joad, pero también lo son los cientos de miles (parece ser que más de un cuarto de millón) de agricultores y hombres de campo estadounidenses que en los años 30 se ven obligados a abandonar lo que fueran sus tierras en Texas y Oklahoma, al no poder competir con las deudas de los bancos ni con la técnica de los tractores, pues donde surge la eficacia de un tractor ya no comen diez familias. El dinero se une así a la eficiencia y se dispara un margen de beneficios contra el que el trabajador de toda la vida poco puede hacer. El caso es que no saben muy bien cómo ha ocurrido, pero sin entender el procedimiento miles y miles de personas se encuentran en la carretera cargados con la familia y con lo poco que pueden transportar en busca de la tierra prometida, en este caso California, en éste también falsa, como todas. Y además, ya saben, donde hay debilidad, los buitres se crecen. Si lo que les digo les suena a algo, sepan que si la leen no pararán de decir: ¡joder, igual que ahora! Y se encabronarán, se lo aseguro.
Pues bien, no todos deciden emigrar a la tierra de promisión (perdónenme esta licencia, pero siempre quise escribir este palabra –con el tiempo te conformas con los placeres más raros), al menos uno, el granjero Muley, decide anclarse al tiempo y vive como un proscrito, entre las tierras que ya no son suyas, cazando y viviendo de lo que encuentra, y escondiéndose, siempre escondiéndose. Pero antes de llegar a ese estado, intentó solucionar a su manera el problema, y este intento nos lleva de nuevo al principio, veámoslo con detenimiento.
Muley se encuentra con el tractorista de turno que ha allanado lo que fueran sus tierras, que ha echado a todas las familias que vivían en esa zona, y que resulta que es hijo de un granjero conocido. Muley se detiene frente al tractor, y con el rifle y el corazón y las entrañas y la lengua, le dice que debería matarle, y que lo que más le molesta es que encima se trate del hijo de un granjero, de un buen hombre.
El tractorista no se inmuta demasiado, y su respuesta es doble. En cuanto a su ascendencia y supuesto sentido de pertenencia contestará que él debe preocuparse por su familia, que le pagan bien, y que no se puede permitir pensar en la comunidad. En cuanto a su posible muerte a manos de Muley, resulta tan convincente como desolador.
Resulta que el tractorista contesta con toda la tranquilidad del mundo a Muley, que si quiere matarle adelante, pero que no se lo recomienda, pues después de todo, en 24 horas, otro en su lugar ocupará la máquina, mientras que tú, Muley,  irás camino de la horca. El granjero se convence y pregunta que entonces a quién, y el tractorista le devuelve que la cosa no resulta nada fácil. Y es que después de todo, podría ir a por quien dio las órdenes de echarles, a por el arrendador, pero resulta que el banco le dijo a éste, o quitas de en medio a esa gente, o te quedas sin empleo. Y se podría ir a por los directivos del banco pero entonces parece que estos también recibieron órdenes, del gobierno nada menos. Y claro, allí se actúa por el bien común, y… “pero, ¿hasta dónde llega? ¿A quién le podemos disparar? A este paso me muero antes de poder matar al que me está matando a mí de hambre”. Y el tractorista le contesta con ignorancia, que él no lo tiene tampoco nada claro, y termina con, “puede que la propiedad tenga la culpa”. Menos mal que al menos no dijo, puede que la crisis tenga la culpa, porque entonces hubiera sido un profeta, no un tractorista.
Pero Muley sabe algo que es muy importante, y que tira por tierra toda la santificada explicación del tractorista, toda esa bagatela que le han contado y que exculpa a los culpables. Y es que, todo el artificioso proceso del limpiarse las manos tal vez esconda las responsabilidades, pero no las anula. Y es que: “Tiene que haber un modo de poner fin a todo esto. No es como una tormenta o un terremoto. Esto es algo malo hecho por los hombres, y te juro que eso es algo que podemos cambiar”. Y Muley se pone a reflexionar, y por supuesto, no encuentra una respuesta adecuada, o al menos una que puede poner en práctica. Pero que él no lo consiga no significa que otros no puedan, y Steinbeck da en sus páginas toda una lección de resistencia ante la adversidad creciente, pero eso quizá exigiría otro episodio, o mejor, les invitaría a su lectura.
Eso sí, antes de irme, un consejo, a estas alturas de las cosas, nunca, nunca, nunca, dispares para acabar con el problema. No porque no se lo merezca quien hayas elegido, tal vez sí, sino porque la bala te morderá a ti, de formas que ni puedes imaginar.

39

La Historia se mueve, eso sí, pero nunca sé si avanza o retrocede, e incluso me da la sensación de que la mayoría de las veces, hace ambas cosas a la vez. A veces siglos dispares se dan la mano por breves momentos, a veces parecen incomprensibles los unos a los otros. Yo desde luego, no veo ninguna teleología por ningún lado, y si tuviera que hacerme una imagen mental de la Historia, sería la de un niño con un boli garrapateando un folio; ni circular, ni elíptica, ni lineal, ni hostias: impredecible a secas, tanto, que da pábulo para cualquier interpretación.
Pero mi opinión es subjetiva, y por supuesto no se debe tomar demasiado en cuenta. Sirva un ejemplo para lo dicho anteriormente. El punk de Envidia Kotxina atruena en mis tímpanos camino de Madrid, cuando una de sus letras se me queda orbitando por la sesera seguro de que hay una conexión importante por algún lado. Finalmente la encuentro y sonrío: pienso que la Historia se acaba de retraer hasta darse la mano, a pesar de los más de doscientos años que separan una idea de otra.
Iré con esas ideas que se tocan en mi mente. La primera es la de los san cullotes (literalmente sin calzones) que cobraron tanto protagonismo en La Revolución Francesa, y que exigían que, “si no podemos ser todos ricos, seamos todos pobres”. La segunda la expresa como decía, Envidia Kotxina en su último disco, y se canta así: “Si no tenemos sueños, seremos pesadillas”. Ambas expresan rabia y decepción, que es el sustento principal con el que los gobernantes de todo tiempo y lugar alimentan al pueblo. Y ambas señalan un camino con el que no estoy de acuerdo, pero que considero consecuencia lógica de lo anterior, y una de las fuerzas motrices de la Historia: la violencia.
Algo en mí me pide continuar, sacar conclusiones y llenar folios de datos, pero prefiero hacer caso a otra idea, que reza que ya hice la brecha en mi cerebro, que ya fluyeron los siglos a través del puente que una canción y un lema trazaron, y que si sigo, sólo puedo desbordarme.

38

La intensidad. La intensidad de mi desdicha y la intensidad de mi felicidad, siempre mezclada en sus tiempos, presente, pasado, futuro, siempre imprevisible y dispuesta a ser sacudida y volteada y transformada. Por supuesto no mayor que la intensidad de quien me rodeé o de quien desconozca. Pero mía. Mi intensidad, mi ser más profundo, mi sonrisa y mi dolor, mi rostro el día que muera, mi alma cada día que vivo. La mayor parte de las veces no estás conmigo, y entonces soy otro cualquiera, cuando tú apareces, me desollo y me muestro tal cual soy, sombrío y luminoso, duro y tierno, dudante y certero, contradicción hasta el día del día del adiós, y mientras viva.

36

La publicidad, el marketing, la política, y en general los productores de valores que hoy nos gobiernan (digo «hoy» pero podría decir siempre), buscan con afán como ya se ha señalado en múltiples ocasiones, que hagamos las cosas pensando que queremos hacerlas cuando en el fondo las hacemos porque ellos quieren que las hagamos. No se trataría sino de un arte en la mentira, como tantas otras que se dan.
Siempre hay excepciones y eso nos honra como especie, pero me atrevería a ir más lejos y tachar lo anterior de optimista. En el fondo no hay tal engaño, sólo hace falta echar un vistazo serio a la realidad para reconocer que no se trata de que hagamos lo que ellos quieren gracias al engaño de que lo hacemos porque queremos, sino de que sencillamente ambas cosas son la misma: esas técnicas de publicidad, marketing, etc, han logrado fundir el hecho, hacemos lo que queremos y esto coincide con lo que ellos quieren.
No vemos la tele engañados, no somos individualistas hasta el vómito por valores adulterados que nos han metido en vena, no nos abandonamos al pan y al circo, o al fútbol y lo banal, porque nos han vencido con sus costosas técnicas. No, en el fondo la cosa es mucho más sencilla, ser crítico y autocrítico, vivir libre de los valores que nos imponen, y estar en constante duda de todo y contigo mismo, supone un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a hacer. De hecho, la comodidad de nadar al son de la corriente ofrece una felicidad que no oferta el hacerlo a contracorriente.
Hay veces que se pueden ver conjuras y mistificaciones de todo tipo para terminar pensando que nos manipulan y hacen de nosotros lo que quieren, pero otras, como ahora, sencillamente veo que nos dejamos hacer porque nuestra naturaleza perezosa lo ansía. Ahora bien, siempre y sólo se podrá hablar de la generalidad, nunca todos anhelaremos una libertad excesiva, pero tampoco nunca todos nos dejaremos anular como idiotas aborregados. Esa es la tensión y la lucha, y aquí está la necesidad de posicionarse y actuar en consecuencia.

35

Todos nos preguntamos qué coño hacer con estos tiempos revueltos. Lo primero es volver la vista atrás sin dudarlo, pues hasta ahora no ha habido tiempo en nuestra historia que no estuviera convulso, y siempre hubo gente que buscó soluciones. Lo segundo es la acción, pero la clave es cómo ejecutarla. Sólo sé que el humor santifica y es imprescindible para lo que se acometa. Debemos ser payasos con las manos cargadas, en una el libro y la cultura, en la otra está el problema, sé que el arma sobra por volverse contra uno, pero también sé que es la impotencia la que se va apoderando de todo, hasta sumirte en la inercia, en el fracaso, en el abandono. No rendir esa mano sea como sea, cueste lo que cueste, seguir buscando, y mientras, usar lo que se tiene ya ganado.
¿Y qué es lo que se tiene ya ganado?

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Tanto ahora, cuando toco los 30 con las yemas de la incertidumbre, como a los 85, fecha que me despedirá de este mundo si se cumple mi capricho, podré y puedo escribir lo mismo: la angustia más aguda siempre vuelve porque no hay modo real de sobrevivir a la muerte. En este aspecto, fui, soy y seré como todos, y todos fueron, son y serán como yo.
Distinguirse así no es sino el modo particular de afrontar esa angustia. Nada nuevo por otra parte, pero es que no hay nada nuevo que descubrir al respecto, y sólo nos queda recordárnoslo cuantas veces sea necesario. El modo, he ahí la cuestión…

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¡Bah! Ya bajé un par de veces, llegué hasta la temida y literaria puerta, leí su eterno lema de abandono de la esperanza, entré como un corderito… y en el momento oportuno, le prendí fuego a todo eso y volví a subir con una sonrisa de oreja a oreja. El infierno no es para tanto, te deja un olor a nostalgia, un regusto amargo, un dolor en las entrañas, y una enseñanza para el futuro.