«Siempre» y «nunca» son palabras que anhelan alcanzar lo contrario a lo que somos. Refieren a un infinito del que no participamos pero que perseguimos desesperadamente. Aspiran a asegurarnos una inmutabilidad que no va con nosotros.
Aforismos marchitos
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Lo más importante no es tener éxito, lo más importante es parecer que lo tienes. Este es nuestro mundo y por tanto está sentenciado ya que la apariencia está por encima de la realidad. Y esto sin ni siquiera rasgar el problema de qué sea el éxito.
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Me parece injusto que algunos sueños no constituyan por derecho propio un género literario en sí mismos, pero siempre son dejados como anécdotas, o reelaborados para alcanzar algo más pulido, que en el fondo es algo menos personal y más usable por todos. A veces han sido la piedra fundamental de grandes novelas, otras, la inspiración de grandes proyectos.
Sin los sueños la vida se haría insoportable. Por todo lo dicho y por mucho más, yo adoro los míos. Y para muestra, pondré sobre el papel uno que tuve hace un par de días y que tuve que escribir nada más despertarme, tras sacudirme el duermevela mañanero y comprobar que sencillamente era genial. Relato los hechos al modo de una breve entrada enciclopédica, pero sin querer convertirlo en nada de lo que no fue.
El presidente de la República Española fue un sacerdote literato, depuesto por el golpe de estado franquista que condujo a la Guerra Civil. Se trató de un hombre bueno, competente y honorable. He aquí lo que dijo en el Congreso poco antes del golpe: “el destino de todo hombre es o debería ser, el de convertirse en un legado para el futuro, el de ser una herencia para el resto”.
Admirable personaje inexistente, que prorrumpió en mis sueños para hacerse oír, que llegó de la nada al papel a través de la magia onírica, que se ha convertido en lo que pretendía, en una suerte de herencia al menos para mí.
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Debería pasarme la vida leyendo a Wilde y a Sartre, a Sartre y a Wilde. Aparte de sacar una esquizofrenia saludable, metería mi oscura cabeza en la clara contradicción. Ellos recrean respectivamente los mundos perfectos del dandy y del compromiso, de la banalidad y de la lucha.
El primero me saca la sonrisa, el ver la frivolidad de la clase aristocrática de su tiempo como si la tuviera delante, llenando sus personajes y sus diálogos de requiebros idiomáticos impactantes e inolvidables. El segundo me saca la rabia, me hace pensar en la injustica hasta el punto de odiarla inventándome un alma para ello. Wilde me hace admirar su postura del arte por el arte y de, “la vida es una cosa demasiado importante como para hablar de ella en serio”. Sartre me dice que al margen de Dios, hay muchos motivos para tener fe en el hombre, y luchar por ello sin descanso y con fervor.
Si pudiera elegir, mi espíritu se decantaría por el francés, por el abrazo a la lucha y por la apuesta de la contingencia de la libertad propia y ajena, pero reconozco que el inglés tiene un encanto irrechazable, él también se abraza a lo contingente, pero sólo ve lo intrascendente como precio, es decir, como se mira y se ve hoy. Me gustaría pensar exclusivamente en valores, pero qué tentador es eliminarlos y disfrutar de las cosas bellas con precio que podemos comprar. En fin, dos piernas y dos mundos, y mis brazos divididos sin poder abrazar a ninguno.
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La vida comienza en cualquier parte y termina de cualquier manera. El destino no es sino lo que hay entre medias, no lo que se da antes ni lo que llega después, el destino no es sino la vida.
6:00 de la mañana del 10.05.10, tras terminar de ver «Ping pong mongol».