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«Siempre» y «nunca» son palabras que anhelan alcanzar lo contrario a lo que somos. Refieren a un infinito del que no participamos pero que perseguimos desesperadamente. Aspiran a asegurarnos una inmutabilidad que no va con nosotros.

Lo anterior en el plano abstracto, en el práctico podemos poner que el «siempre te querré» y el «nunca te volveré a ver», forman parte de esa desesperación por agarrarnos a algo seguro, pero es el hierro a lo que te puedes asir, no a los sentimientos. Ya se sabe que no hay nada para siempre, ya sabemos que las palabras se las lleva el viento: somos finito. Ahora bien, también somos contradicción, y seguiremos empleándolas comos si fueran la mayor de las certezas. He ahí nuestra condena, nuestro sello y a buen seguro, nuestra salvación.

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Lo más importante no es tener éxito, lo más importante es parecer que lo tienes. Este es nuestro mundo y por tanto está sentenciado ya que la apariencia está por encima de la realidad. Y esto sin ni siquiera rasgar el problema de qué sea el éxito.

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En algún sitio lo he debido escribir ya, pero a veces es conveniente repetirse, todo sea para que te oigan, y si no al menos para oírte a ti mismo.
Desde mi punto de vista uno de los errores de base que padece esta sociedad, y supongo que todas, es el de que la gente espera demasiado de los demás y se exige muy poco a sí mismo. Yo por el contrario, he aprendido a no pedir demasiado al resto y ha exigirme a mí un mínimo bastante alto.
El equilibrio de tal costumbre es fácil de romper y difícil de mantener. Pero soy feliz, y bastante, y por tanto valoro mi postura desde el éxito

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Me parece injusto que algunos sueños no constituyan por derecho propio un género literario en sí mismos, pero siempre son dejados como anécdotas, o reelaborados para alcanzar algo más pulido, que en el fondo es algo menos personal y más usable por todos. A veces han sido la piedra fundamental de grandes novelas, otras, la inspiración de grandes proyectos.

Sin los sueños la vida se haría insoportable. Por todo lo dicho y por mucho más, yo adoro los míos. Y para muestra, pondré sobre el papel uno que tuve hace un par de días y que tuve que escribir nada más despertarme, tras sacudirme el duermevela mañanero y comprobar que sencillamente era genial. Relato los hechos al modo de una breve entrada enciclopédica, pero sin querer convertirlo en nada de lo que no fue.

El presidente de la República Española fue un sacerdote literato, depuesto por el golpe de estado franquista que condujo a la Guerra Civil. Se trató de un hombre bueno, competente y honorable. He aquí lo que dijo en el Congreso poco antes del golpe: “el destino de todo hombre es o debería ser, el de convertirse en un legado para el futuro, el de ser una herencia para el resto”.

Admirable personaje inexistente, que prorrumpió en mis sueños para hacerse oír, que llegó de la nada al papel a través de la magia onírica, que se ha convertido en lo que pretendía, en una suerte de herencia al menos para mí.

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Debería pasarme la vida leyendo a Wilde y a Sartre, a Sartre y a Wilde. Aparte de sacar una esquizofrenia saludable, metería mi oscura cabeza en la clara contradicción. Ellos recrean respectivamente los mundos perfectos del dandy y del compromiso, de la banalidad y de la lucha.

El primero me saca la sonrisa, el ver la frivolidad de la clase aristocrática de su tiempo como si la tuviera delante, llenando sus personajes y sus diálogos de requiebros idiomáticos impactantes e inolvidables. El segundo me saca la rabia, me hace pensar en la injustica hasta el punto de odiarla inventándome un alma para ello. Wilde me hace admirar su postura del arte por el arte y de, “la vida es una cosa demasiado importante como para hablar de ella en serio”. Sartre me dice que al margen de Dios, hay muchos motivos para tener fe en el hombre, y luchar por ello sin descanso y con fervor.

Si pudiera elegir, mi espíritu se decantaría por el francés, por el abrazo a la lucha y por la apuesta de la contingencia de la libertad propia y ajena, pero reconozco que el inglés tiene un encanto irrechazable, él también se abraza a lo contingente, pero sólo ve lo intrascendente como precio, es decir, como se mira y se ve hoy. Me gustaría pensar exclusivamente en valores, pero qué tentador es eliminarlos y disfrutar de las cosas bellas con precio que podemos comprar. En fin, dos piernas y dos mundos, y mis brazos divididos sin poder abrazar a ninguno.

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Lo malo de las personas es que lo que nos une se rompe, y lo que nos separa permanece. Todo sería más fácil si fuese al revés, pero no somos una casualidad fácil, y eso se refleja en todo lo que somos.

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¿Cómo escribirlo…? Los Suaves, ese grupo que no tiene una, ni dos, ni tres, sino el millón de canciones más tristes del mundo, me hacen destilar mientras conduzco y les escucho algunas hebras de vieja melancolía que dicen así: a mí, como a todo bicho viviente, también me ha mordido la zorra de la traición, pero damas y caballeros, levanten las copas y apúrenlas, pues para esa zorra no hay más que una cura, la única y la mejor: seguir viviendo, y sonreír.

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Del SÍ al Pedestal de Barro
Recuerdo la intuición, pienso a menudo en la idea, y creo incluso poder arañar la fantasmagórica clase y al profesor al que escuché lo que sigue.
Nietzsche dijo que toda afirmación conduce irremediablemente a Dios, por eso él escribió en aforismos, para romper el ritmo que conllevan las frases afirmativas encadenadas.
La intuición es fácil pero la idea no lo es tanto, por otra parte, nunca encontré tal sentencia de este mago seductor de la palabra, o no lo recuerdo. Prosigamos. Lo que se nos viene a decir, o lo que al menos yo interpreto y quiero aquí señalar, es que las frases afirmativas se van encadenando una tras otra hasta construir un edificio pretencioso que apunta sin lugar a dudas a lo más alto posible, siendo lo más alto ayer y hoy, Dios, si bien muchos «artistas de la afirmación», sencillamente no llegan tan arriba por haberle decapitado anteriormente, en buena medida gracias al propio Nietzsche.
Pero me pierdo, yo no vine aquí a hablar de filósofos, sino de nosotros, y aún más y faltaría más, de mí. Pero antes de centrarme en el aquí y el ahora, un antes para cerrar con ellos: por eso, por lo indicado arriba, es entendible que todos los grandes filósofos, todos los que han tenido una enorme capacidad elaboradora de discurso, se dedicaran a construir sistemas que empezaban por lo elemental y acababan o en dios, o en el primer principio, o en la lucha de dos grandes contrarios constituidores de todo, o… Porque un pie tras otro, una afirmación tras otra, y al final se llega a la cúspide.
Pero lo que sirve para elaborar sistemas filosóficos, también sirve para elaborar personalidades, y por supuesto, egos. Hay egos que no paran de hablar y autoafirmarse: así no hay quien los baje del pedestal en que viven. De hecho, esta sociedad se constituye de pedestales a cada paso, interconectados por la inmediatez y la prisa. Quizá no tengan un gran discurso elaborado, pero con el suyo les basta siempre y cuando lo repitan hasta el hartazgo y no dejen entrar al aforismo correspondiente, es decir, a la negación, esto es, a la duda. Y es que si sus egos dejan pasar a la duda, el pedestal se corrompe, y se vienen abajo, por eso tienen que hablar mucho y pensar poco: hoy se exige la altura, aunque con este sistema sólo se pueda alcanzar la cima más intrascendente; pero cima al fin y al cabo se pensará.
En cuanto a mí, no sé si pienso desde aforismos, desde fragmentos de ideas ajenas y propias (lo propio cuesta sudarlo, y nunca será tuyo plenamente), pero es difícil que alcance algún día tamaña altura mediocre señalada. Eso sí, alcanzaré otras mediocridades, ¡qué duda cabe! Pero al menos no me veo en pedestales de ego, salvo que lo funde piedra a piedra sobre el desprecio a los ególatras de medio pelo que abarrotan nuestros días.

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Llevo una escala a todas luces preocupante: hace meses reté a Rilke -«¿Quién habla de victorias?» Yo, resistir no es suficiente. Y ayer reté a Dios (y no a uno cualquiera sino al judío-cristiano-musulmán), por mucho que me mastiques tendrás que escupirme.
Y lo peor de todo es que de momento les voy ganando: no sólo resisto pues a trompicones soy feliz, y estoy mordido pero fuera de la dentellada.
Es evidente que no se puede retar a Golliat sin ser David, así que me tocará hundirme antes o después, y sufriré las consecuencias de mi osadía en forma de nulidad en las letras, desdicha en la vida, e inanidad para la lucha. Pero la evidencia me la paso… pero la evidencia llegará más tarde que ahora, y cuando llegue, a sonreír y a buscar el gesto necesario para asumir la derrota.

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La vida comienza en cualquier parte y termina de cualquier manera. El destino no es sino lo que hay entre medias, no lo que se da antes ni lo que llega después, el destino no es sino la vida.

6:00 de la mañana del 10.05.10, tras terminar de ver «Ping pong mongol».