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Dejadme encadenar dos citas: Nadie está obligado a lo imposible, pero amo a quien lo pretende.

«Nadie está obligado a lo imposible», es un principio general del derecho, que como tantas otras veces, nace en Roma. Y, «Amo a quien pretende lo imposible», forma parte del «Fausto» de Goethe. Juntas hacen un principio claro: no estamos obligados a lo imposible, pero no tender hacia ello es más que una pena, es una traición a lo que somos capaces.

Un amigo muy inspirado me iluminó hace unas horas remendando no sólo a Dios, sino también al subtítulo de este blog, con esta frase genial. “Los caminos de la noche son inescrutables”. Por ello sin duda merece la pena recorrerla hasta el fin.

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Lo dijo el replicante para sí, pero todos, cada uno de nosotros, del primero al último, tenemos tantas historias que se perderán como lágrimas en la lluvia, que es fácil venirse abajo. Sería lindo volcar la tierra justo antes de que la gota-lágrima caiga y toque el suelo, iniciando de nuevo su cabalgadura, viviéndola otra vez a la espera de rozar el cielo pero sin besarle, porque justo entonces sería éste el que retornara a su lugar inicial, y de nuevo, la lágrima-gota de nuestra historia volvería a rasgar la nada dejando una perceptible huella en su tercer trayecto. ¿Para qué decir que así continuaríamos ad infinitum? ¿Y para qué pretender que estos retornos infinitos vayan más allá del anhelo? Pero, ¿por qué al menos no pensar que sería bonito?
Nihil novum sub sole. Pero de vez en cuando hay que volverlo a decir, quizá alguien lo escuche por primera vez.

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Lo importante siempre es lo que queda por delante, lo andado puede ser bonito, nostálgico, meritorio, pero la apuesta debe ser al presente, a ese presente que mira al futuro y le dice con descaro, te voy a hacer mejor, porque puedo y porque quiero.

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De palabras y hechos:

Durante un tiempo he creído que la palabra es salvífica. Ahora ya no lo creo. Ahora mi intuición es más fuerte: la palabra es salvífica si empuja al acto. Si la palabra no lleva al acto, entonces es una promesa rota, o lo que es lo mismo, un fracaso puro. El acto necesita igualmente de la palabra, pues si no, es ciego, y la ceguera es arbitraria cuando hace, y lo arbitrario no tiende, salvo por casualidad, a ser salvífico.

Todo esto suena demasiado religioso y ambiguo. ¿Qué es aquí “palabra”, y “salvífico”? Además y por lo dicho parece exigirse una fe. Yo carezco de fe, por tanto no puedo aplicarme mi propio mensaje, o quizá pueda traducirlo de un modo conveniente. Veamos.

Las palabras, un discurso, un pensamiento, no sana por muy bueno que sea, si no conduce a la acción que promete. Un ejemplo, puedo encontrar palabras maravillosas para luchar contra la pereza, pero si sigo perezoso no pasan de mera curiosidad. Otro, puedo encontrar perfectos discursos para escapar de las garras de la depresión, pero si sigo sumido en ella las garras apretarán más fuerte.

Ser consciente de lo que digo es la clave. La palabra por sí sola no puede salvarnos, necesita de nuestra ayuda, de un primer paso, al que le seguirá un segundo, que generará un camino. Esto quizá se pueda llamar método sin demasiados problemas. Y es así como hemos llegado a una llave para abrir puertas que normalmente están cerradas: el método.

Reconozco que lo anterior no es ningún método, pero quizá sí una propedéutica del mismo. Es un primer paso, y dije que de eso se trata. El primer paso es común, el resto es una encrucijada a la que invito a enfrentarse.

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¿Sólo se vive una vez?

No estoy de acuerdo. Lo que creo más bien es que sólo se muere una vez y se viven muchas. De hecho, ésta es la gran ventaja de la vida frente a la muerte… si sabes aprovecharla.

El juego de la vida es largo, no provoques nunca tu último aliento, pues en tal caso en el último estertor de ese último aliento, sólo habrá arrepentimiento, y la marcha atrás ya no será posible.

Cuanto más conozcas las reglas del juego, más posibilidades de tener éxito. Aquí nadie garantiza nada, pues esto es una de sus reglas. Quieres otra, el camino es lento, sinuoso, y está lleno de múltiples veredas: detrás de un largo invierno puede aguardarnos una fugaz primavera que justifique la peor de las nieves.

Y abre los ojos porque aún se puede ir más allá, se puede gozar del frío ateriendo tus heridas, se puede degustar la sangre corriendo por tu alma, se puede ser feliz incluso bajo la rota fragilidad humana. Busca el modo, y búscalo por ti mismo, porque ciertamente puedes apoyarte en otros, pero recuerda que es tu vida, que serán tus reglas, y que será tu juego.

18.12.09