El monólogo del rey Pío

Un cubo de agua helada tirado sobre el rostro del Caballero de Valle Alto, fue lo que le hizo volver en sí. Ya no llevaba la armadura, no era lo único que había perdido, y pronto comenzó a recordar.

Horas antes entraba con cierta incertidumbre al salón del trono del Rey Pío. El sonido entre metálico y chirriante que provocaban los escarpes de la armadura contra el suelo de mármol rosado, le empezaban a provocar escalofríos que terminaban de surgir al preguntarse el motivo de la audiencia real. ¿Qué querrá de mí este rey tan santo y  mojigato? ¿Acaso no gané suficientes batallas para él en “la Guerra de los Justos”? ¿Es que no he aceptado para mis tierras todas sus disposiciones religiosas por extravagantes que fueran?

El rey, sentado en el milenario trono de roble dorado, recibió al caballero con alabanzas, pero el señor de Valle Alto pronto tuvo motivos para preocuparse.

                -Eres mi mejor guerrero –comenzó el rey en cuanto su súbdito hincó la rodilla- pero no mi mejor vasallo. Y te he ordenado venir para suplir ese defecto por la obra de la fe y la gracia de Dios.
               
                 Señor del Valle Alto, por tu condición ya sabes lo difícil que resulta gobernar unas tierras, por lo que quizá te hagas una idea de lo complicado que es regir todo el reino y tomar decisiones que no siempre agradan. El peso es insufrible sí, pero la devoción me enseñó hace años que esta carga, la de una conciencia que se va sobrecargando por el peso de la justicia, puede ser aliviada gracias a la confesión. La bondad divina a la que estoy ligado tan de cerca, me permite incluso cometer pecados, siempre y cuando mis posterior confesión sea sincera. Sin embargo, pronto aprendí que mi problema no sería el confesarme, sino el confesor.

                 Noble Caballero del Valle –continuo el rey sin prestar atención a la creciente incomodidad de su súbdito, que comenzaba a moverse más de lo debido, bien por la postura, bien por lo que escuchaba-. Mi primer confesor no supo sobrellevar mis faltas con el silencio que se le exigía, y tuve que tomar la resolución que me convirtió en el rey piadoso que soy ahora. Su cabeza rodó por justicia divina, pero antes de perderla, este confesor me suplicó que sólo le cortara la lengua. Su idea no le sirvió para continuar con vida, aunque sí que logró alcanzar mi perdón, pues gracias a ella me liberó de alimentar al verdugo con demasiada frecuencia, y me enseñó el camino para formar mi Séquito del Silencio, mi guardia personal.
                 
El Rey Pío hizo entonces una pequeña pausa, y con un gesto de mano ordenó que salieran a los dos guardias que flanqueaban la puerta principal del salón. El Caballero de Valle Alto sólo pudo oír sus pisadas, pues aunque comenzaba a estar realmente atemorizado por el cariz que estaba tomando el monólogo del rey, no se atrevía a desafiarle levantando la rodilla o la vista antes de que su majestad se lo ordenara. A estas alturas empezaba a aceptar los rumores preocupantes que a sus tierras habían llegado. El rey Pío también era conocido en las tabernas y burdeles de Valle Alto, pero también en algunas casas de alta alcurnia cuando el vino o la cerveza desataban la lengua, como el rey Cruel, el Inepto Iluminado, el rey Loco, o el Deslenguador. Hasta ahora se había negado a aceptar tales rumores y hasta los informes serios que sus informadores le pasaban. La fidelidad había sido siempre el sello familiar con aquella casa regia, y no pensaba cambiar por unas cuantas noticias de más o menos dudosa certeza.

                -Eres mi mejor guerrero –volvió a repetir el rey-, pero no mi mejor vasallo. Y es hora de corregir ese error. Tus tierras son fértiles, están en paz y pagan convenientemente sus tributos. Pero son impías. Tu valle está lleno de putas y borrachos, de blasfemos, de adoradores a otros dioses, y por lo que me dicen, albergas incluso ateos, demonios sin fe. Y no sólo hablo de tus pobres, sino también de comerciantes, y hasta de nobles embaucados por el Mal para atentar contra la divina fe y contra mí. Y de todo esto, sólo hay dos responsables, su señor y su rey, tú y yo.
El Señor y Caballero de Valle Alto, fiel vasallo que nunca había cuestionado a su dios ni a su rey, no pudo soportar por más tiempo aquella afrenta, y poniéndose en pie sin permiso de su majestad, comenzó a hablar. En sus medidas y locuaces palabras, expuso su lealtad histórica y presente, su honor, su fe, las leyes que adoptaría para evitar la deslealtad y la impiedad de sus súbditos. Pero cuando acabó, pudo comprobar que su esfuerzo no había servido de nada, que su suerte ya estaba echada una vez que le habían mandado llamar al palacio real, y que todo aquello era una pantomima. El rey Pío era un rey ciego de fe, y no había palabras mundanas que doblaran su voluntad divina.
                 -No sólo no asumes tu responsabilidad –fue la respuesta del rey a las palabras del Señor de Valle Alto-, sino que además te muestras insolente. Me alegra saber que no me he equivocado contigo.
En ese momento el rey Pío hizo otro ademán con su mano, y al instante dos hileras simétricas de soldados, de relucientes armaduras color índigo y espadas al cinto, entraron al salón del trono y se dispusieron ordenadamente tras el Señor del Valle.
              -Te presento a mi Séquito Silencioso –dijo el rey-. Mi guardia personal, mis confesores y guerreros más leales. Sobre sus hombros cargan mis decisiones más duras, mis actos más controvertidos, incluso mis crímenes, te dirán algunos impíos. Sobre ellos descargo el peso de mi regia conciencia. Y espero que pronto, tú seas su capitán. Ellos harán de ti al mejor de mis vasallos, aunque lamentablemente tendrás que dejar de ser el mejor de mis guerreros, puesto que no sólo perderás la lengua, sino también la mano de la espada y la pluma. Es el precio a pagar por el hecho de que sepas escribir, no me puedo arriesgar a que tu mano desvele lo que tu lengua no puede.

         Por último –añadió el rey ante la atónica mirada del caballero-,  debo advertirte, que si el ardor blasfemo e impío continúa en tus tierras dentro de un año, perderás a tu mujer y a tus tres hijas antes que a tu cabeza. ¿Ves ahora lo difícil que me resulta mantener arrodillado a este reino ante Dios? Dios nos gobierna a todos, y todos debemos clavarnos de hinojos ante su ley, aunque a veces nos resulte duro. Ahora, mi Séquito Silencioso hará su trabajo y comenzará a instruirte, espero que no tardes mucho en convertirte en mi mejor hombre. Entonces sólo sentirás agradecimiento ante Dios y ante tu rey. Podéis llevároslo –ordenó a su guardia-.
Y de nada sirvió al Caballero de Valle Alto su espada, su habilidad, su ira, sus maldiciones blasfemas. Cuando aquel ejército silencioso y deslenguado se cernió sobre él, sólo pudo dejar un cadáver y unos cuantos magullados, pero el rey ni se había tenido que mover del trono.
Ahora estaba despierto, sin lengua y con un muñón donde siempre tuviera su mano, pero el recuerdo, más que el dolor, le había hecho aflorar las lágrimas. Al menos todavía podía pensar, y se preguntó si sería lo suficientemente fuerte como para seguir odiando, como para urdir una venganza, o si bien, también cedería al rey Pío, como parecía que había hecho su Séquito Silencioso, esos nuevos hermanos que le estaban mirando, que le rodeaban, y que parecía iban a iniciar su instrucción. ¿Cómo se hace una instrucción silenciosa? Se preguntó el Caballero de Valle Alto mientras con mucho esfuerzo se ponía en pié. Y al ver aquello, se contestó que no quería saberlo.

Ritmos del tiempo

El tiempo es una puta broma cruel –pensaba Emilio una y otra vez cuando moría aquella noche, anclado en el accidente que ocurriera unas horas atrás-. No fue mi culpa, no pude hacer nada, no fue mi culpa –se repetía enfermizamente sin poder dormir-. Y no es ningún consuelo –terminaba susurrando revolviéndose una vez más en la cama.
Su cabeza le torturaba recreando la escena. Nada fuera de lo común, nada que no hubiera pasado antes… a otros. Salir del hospital tras un día duro en el que había perdido a una paciente en el quirófano, coger el coche con aquella niebla intensa y enfermiza, buscar su sintonía de jazz en la radio para aligerar el solitario trayecto a casa, cruzar la carretera un peatón con total imprudencia en el segundo equivocado… y llevarse al joven por delante.
A partir de entonces el tiempo enloqueció. Primero fue una bala que le impactó tres veces, como el cuerpo del joven golpeando contra el choche: capó, luna, techo. Luego se dilató hasta hacerse insoportable, ¿debía huir del lugar o auxiliar a la víctima? El tiempo parecía demorarse para escuchar bien los gritos de la lógica del miedo que le exigía desaparecer. Sin embargo venció la ética, o tal vez la idea de que, hiciera lo que hiciera, su vida se acababa de joder, y en ese caso, al menos joderla haciendo lo correcto. Tras la perpetuidad anterior, un instante es lo que tardó ahora en bajarse del coche para corroborar lo que ya sabía, que no había nada que hacer por la víctima, un joven de unos treinta años, con toda una vida por delante momentos antes, ya arrollada para siempre. No tardaría en descubrir que había atropellado a un brillante residente de medicina.
El absurdo, que no la sangre, casi le causó el vómito, resultaba que las leyes físicas del impacto habían destrozado al muchacho, pero no habían sido capaces de apagar el mp3 que el joven iba escuchando. Un casco todavía quedaba en su oído, por el otro, Emilio creyó reconocer a Dire Straits, tal vez su Brothers in arms, no estaba seguro. No pudo evitar que la mueca de una sonrisa cruzara su cara, le fascinaba esa canción.
La ambulancia, la policía, el interrogatorio, los familiares de ambos bandos, las lágrimas, todo fueron eternidades sucesivas, intervalos imperecederos. Sin embargo todo eso también acabó, y le dejó la sensación psíquica de una niebla, que al igual que la de horas atrás, era intensa y enfermiza. Sólo se alzaron sobre ella tres claros momentos de esa noche, su coche abollado, la boca inerte del joven que pareciera tararear, y la broma definitiva, el libro que la policía encontró a unos metros del accidente, La insoportable levedad del ser. El chico lo tenía subrayado a colores por todas partes, para Emilio, desde que lo leyera por primera vez hace ya muchos años, justo cuando también él ejercía de residente, significaba un libro esencial.
A qué jodida mierda se había estado jugando esa noche –cavilaba Emilio retorciéndose- ¿Qué Ser había dispuesto los dados con tal crueldad? ¿Acaso se había sentido nunca tan unido a alguien como a ese chico en estos momentos? La vida ni siquiera les había presentado, pero la muerte, la muerte esclavizaba el uno al otro.  
Incomprensiblemente había pedido a la familia del joven poder quedarse con aquel libro, incomprensiblemente la familia había accedido.
El tiempo es una puta broma cruel –seguía pensando Emilio, cuando por fin pudo quedarse dormido al amanecer, logrando diluir por unas horas, la insoportable sensación del tiempo.

Crónica desde una bala de mortero

Cuando la bala de mortero escuchó la orden, rezó para no ser ella la elegida. No es que rechazara su destino, sabía que debía volar, conocía su diseño mortífero, y no le importaba demasiado alcanzar un objetivo con el que fundirse en la explosión, pero, por el amor dios, pensaba, que no sea precisamente ahí donde debo acabar. Si hasta entonces su fe se mantenía a base de hechos, se había librado milagrosamente de sacudir a su amada Atenas, cuando sintió las manos del artillero sobre ella, esa misma fe estalló para siempre y sólo pudo maldecir a los dioses, al cristiano por el que luchaba, y al musulmán por el que explotaría.
Durante el trayecto al mortero, la bala no paró de gritar, pero quién iba a hacerle caso en mitad de aquel fragor: las guerras nunca escuchan. Tampoco lo hizo el imberbe y tembloroso veneciano que la transportaba, y cuando la bala, desesperada, se agitó en toda su redondez consiguiendo arrojarse al suelo, su efecto no fue el esperado. Nadie prestó atención a ese inepto que dejaba caer al suelo una munición cargada de pólvora, quizá porque los seguros que llevaba incrustada la hacían bastante segura, en cualquier caso porque no pudo explosionar allí mismo, ella lo hubiera preferido.
Mientras la introdujeron en el frío y negro cañón del mortero, la bala se preguntó por qué Fortuna le había deparado tal suerte; ¿por qué había tenido que nacer en el siglo XVII, por qué en medio de aquellas extrañas alianzas entre rusos, polacos, austriacos y venecianos contra el imperio otomano, por qué se le había dotado de conciencia, por qué amaba el arte, especialmente el griego y con pasión el Partenón al que en breve se dirigiría para destruirlo, por qué tenía que saber de Historia, y recordar ahora que en el siglo VI el Templo pasó a ser iglesia bizantina, y en el XIV mezquita, y aún alcanzó a preguntarse, que a qué idiota se le había ocurrido convertirlo también en un polvorín? Fue entonces cuando el percusor la golpeó con estrépito y no tuvo más opción que salir disparada. Era el 28 de octubre de 1686.
Lo primero que hizo por los aires fue consolarse pensando que tal vez el artillero había calculado mal el tiro, o que tal vez el mortero estaba defectuoso o mal calibrado. Pero su ilusión duró poco, ella era una bala demasiado consciente de su oficio, por lo que un cuarto de trayecto hundieron sus esperanzas: iba precisa. Se dedicó entonces a disfrutar dentro de lo posible de su vuelo parabólico por la Atenas amada… o lo que quedaba de ella, una ciudad sitiada y acribillada que mostraba ruinas sobre ruinas, y a la que en breve ella le causaría la mayor.
Atravesó el techo del Templo –de la iglesia, de la mezquita, del polvorín… y del refugio, pues también se había convertido en el supuesto protector de más de cincuenta niños y mujeres- sin contemplaciones, y alcanzó la pólvora sin esfuerzo. Todos y todo saltó por los aires. Nunca tanto reventó en tan poco.
Y en mitad del estruendo y mientras la conciencia de la bala de mortero se dividía en un millón de fragmentos para desaparecer por siempre, aún tuvo tiempo para contemplar, el tétrico baile descontrolado de la carne y la piedra.  El salto de las metopas con los centauros en su última lucha con los gigantes. Y tiempo para escuchar el atroz grito de la dormida Atenea. Y tiempo para sentir lástima del vuelo inerte de los inocentes. Y para, en su último instante, percibir que Júpiter, tal vez puesto de acuerdo por una vez con Dios y Alá, hacían llorar al cielo en forma de lluvia.
Por suerte, nunca supo que ella, la bala de mortero que no quiso aceptar su destino, ni siquiera sirvió para acabar con esa guerra, sólo para destruir a su amado Templo.

Sangre fresca

No por casualidad calé al instante al chico andrajoso, o era un ladronzuelo de mierda, o disimulaba muy mal no serlo. Comencé a seguirle nada más cruzarme con él en el metro, sus ojos buscaban carne fresca a la que birlar una cartera incauta, un móvil de esos de la hostia, o cualquier tesoro menor en forma de maleta, bolso, cámara… ya sabes, todas esas porquerías de las que luego apenas sacas provecho y sí mucho trabajo para deshacerte de ellas. El caso, y a lo que iba, que en mí desde luego no se iban a fijar esos ojos pequeños, feos y desconfiados, por lo que pude ser descarado hasta el insulto, y le seguí como una sombra sin preocuparme demasiado. Una sombra para una sombra, pensé divertido.

A escasos dos metros de mí, en las escaleras mecánicas de Callao, intentó meter mano a una viejecita que por supuesto saltó como un resorte, el muy idiota no sabía que las abuelas son para maestros, si acaso. Se armó bastante revuelo con los gritos de la vieja, pero los dos nos pudimos escaquear, si bien el mocoso con menos susto que yo, porque me pareció reconocer a un antiguo compañero incapaz de seguir el rastro a un elefante, pero no ciego, y pensé que me había visto. Por suerte el idiota fui yo, porque sí que me había mirado, pero no se trataba de aquél incapaz que pensé, por lo que seguí al ratero sin mayor contratiempo.

Su segundo intento fue en la línea 6, tan gris como él, en un vagón atestado de corderillos. Al principio pensé que esta vez iba a elegir bien, y casi le estropeo la suerte cuando algo dentro de mí me dijo que alzara la voz. Como te puedes imaginar, estuve a punto de descojonarme, pero al final me contuve y ni sonreí, ni lancé el alto. El muy idiota en cambio, se estropeó el sólo la faena al subirse su agujereada capucha roja con la que terminó de llamar la atención. La víctima era lela a más no poder, y siguió sin encendérsele el más mínimo sentido común, pero al parecer, su hija, o sobrina, o lo que coño fuera, echó mano al bolso cuando el chico encapuchado pasó por delante. Fue divertida la mirada que ella le clavó a la frustrada rata, como diciéndole, no con ella, cabrón. Pero más quisiera él llegar a cabrón, pensé mientras nos bajábamos en Cuatro Caminos.

Ahora le notaba sumamente nervioso, si es que alguna vez había estado tranquilo. Quizá le llegara la hora de rendir cuentas a su matón particular, y no tenía nada con lo que parar sus puños, por lo que la desesperación comenzaba a llamarle. O quizá fuese otra la razón, vete tú a saber, pero el caso es que mi intuición me dijo que el crío se la iba a jugar, aunque no lo tuviera claro, y yo siempre hago caso a mi instinto. Le adelanté en esas escaleras eternas permitiéndome el lujo de empujarle como quien no quiere la cosa al pasar a su lado. Me miró con cierto odio y estuve a punto de parar a escupirle, pero ya ajustaríamos cuentas en breve. Me di prisa y busqué la salida que debía, esperé, confiado.

El chico no tardó en aparecer, iba con la capucha atrás y sin poder disimular que deseaba echar a correr. Sus ojos cantaban victoria, y miedo, pobrecito. Pasó el torno con torpeza y salió a la calle. Le seguí. Ahora sí fui cuidadoso y encubrí mi vanidad, no quería fallar. El puto mocoso ladrón de mierda siguió la ruta clásica camino del callejón que ya conoces, el infeliz quería gozar a solas de su tesoro. Me desvié, yo quería cruzármelo de frente.

Contaba embobado los billetes cuando le rompí la cara, ni siquiera me vio llegar. Cayó al suelo sin protestar demasiado, todo un detalle por su parte. Apenas cien cochinos euros era todo el botín, sólo arreglar esos dientes ahora valía bastante más, pero ya sabes, uno no hace este tipo de cosas por el dinero, el placer, el deleite, el sentirse lleno de mal y aceptarlo gustosamente, es una recompensa inigualable.

Hubo un poquito más, debes saber que el muy idiota tuvo un ataque de coraje, y aunque la sangre le llenaba los ojos y la boca, se revolvió e intentó clavarme una navajilla. Sólo sirvió para que mi chaqueta se abriera con el forcejeo y el mocoso descubriera el terror cuando vio mi placa. Se paralizó de lleno y pensé en una medida drástica llevándome la mano a mi amiga no reglamentaria. Un segundo más tarde me acerqué realmente mucho a su cara deshecha, casi le dije algo sobre la carne fresca, casi le di un consejo, pero me limité a sonreír con mi mejor cara de malo. Sus ojos llenos de sangre gritaban que no hacía falta más.

La acacia

Cuentan y cantan con sabias palabras que los árboles mueren de pie. Si les dejan… me atrevería a añadir con amargura. Pero lo que tengo claro es que nadie ha contado ni cantado jamás la historia de mi acacia. En parte porque la planté ayer, una preciosa acacia raddiana, pero especialmente porque su vida sólo se ha desarrollado en mis sueños. Sueños, que por otra parte, tienen la mala costumbre de ser poco agradables, y lo que es peor, de convertirse en realidad.

Por suerte o por desgracia, la realidad de lo que acabo de soñar, la muerte de mi acacia, aún dista mucho de producirse. Llegará cuando sus raíces hayan desgarrado la tierra por dentro hasta profundidades inauditas. Llegará cuando su tronco haya sobrevivido a infructuosas talas, quebrando todos los dientes de sierra que quisieron morderla. Llegará cuando su dura corteza le haya salvaguardado de grandes incendios, masacrando a compañeros y dejándola en soledad. Llegará después de haber visto caer de sus ramas a los últimos pájaros libres. Llegará cuando el hombre haya desaparecido de la Tierra desde hace siglos, y no preguntéis cómo ni cuándo, pues no os gustará oírlo, y no lo podríais ni imaginar. Llegará cuando desde hace mucho tiempo sea el último ser vivo digno de apreciarse, que habite el planeta, aún hoy con vida, para entonces ya moribundo.

Llegará, llegará cuando la Tierra definitivamente se salga de su eje de traslación y se pierda en el frío espacio, pasando de ser un planeta a un simple asteroide errante. Será entonces, una vez que todo eso haya pasado, cuando por fin mi acacia decidirá morirse. Y lo hará tranquila, sin llantos, orgullosa, y por supuesto, de pie.

En memoria del Árbol del Teneré, que sólo la mayor plaga de la Tierra pudo derribar

Y sin embargo

Por supuesto que no he vuelto a ver a la tal Nina –le dijo Joseph a su amigo Lino, mientras observaba los posos de la cerveza negra-. Estaba loca, y llegó un momento de la cena en el que me habló llorando, mirando sin verme, perdida en su obsesión, y llena de rabia.

No le puedo perdonar que acabara con todos ¡Que sencillamente los matara sin más! ¡Va contra toda lógica, contra toda regla creativa, es ir contra el lector, joder!

Y pegó tal puñetazo a la mesa, -contaba Joseph a su amigo-, que hizo tambalear los platos y derribó un vaso.

Uno, bueno, dos, venga, tres, haciendo un esfuerzo, pero todos… ¿Qué pasa con la salud del lector, qué pasa conmigo que les he acompañado durante tantas páginas, durante tantas aventuras? ¿Y qué hay del futuro, qué de todas las historias maravillosas que cercena al matarlos?

¿Y tú callabas? –Le preguntó Lino a Joseph cuando el menudo camarero les sirvió otra ronda-. Mira que me extraña.

La verdad es que no sabía muy bien qué decirle, ni cómo tranquilizarla. Pero lo intenté, y le balbuceé de un modo un tanto estúpido que si no sería mejor pasar página, que siempre podía coger otro libro.

¿Y qué te contestó? -Insistió Lino.

Puedo, pero no quiero ¡No me da la maldita gana, no pienso pasar página! Y lo que he hecho en cambio ha sido encerrarme en esas mismas páginas, de modo que leo una y otra vez la misma historia, una, y otra vez.

Pero –contó Joseph a Lino que le había dicho a la tal Nina- son más de…

Da igual cuántas sean. Lo importante es cómo son, y sobre todo, que mientras leo y releo, los personajes están vivos, luchan, hablan, se rebelan ¡Y ni siquiera él los puede matar…! Hasta llegar al final, claro.

¿Y llegas siempre al final? –Recordó Joseph que le preguntó a Nina impactado por su pasión.

Llego. Y en cierta manera me voy convenciendo de que soy yo quien los mata. Pero no me queda otro remedio, prefiero matarlos a la traición de no acabar su historia…

Por supuesto que no he vuelto a ver a Nina –suspiró Joseph ante su amigo Lino, mirando otra jarra de cerveza vacía- y sin embargo, me apetecería tanto volver a hacerlo.

Dedicado a Sapkowski, al cual debería odiar después de

su carnicería con la Compañía del brujo, y sin embargo…

La puta cristiana

Seré franco con vosotros, Madrid me encanta porque puede llegar a ser un circo preñado de un gran encanto. Por eso, cuando hace ya algunos años, vinieron a citarse en la ciudad, el hartazgo de una buena parte de sus ciudadanos en el llamado 15M, o Movimiento de los Indignados, la visita papal veraniega en un agosto de los de aúpa y échate a una sombra si no quieres palmarla, y los miles, cientos, y hasta dos millones de fieles, en su mayoría jóvenes, arrastrados fervorosamente por el poder de convocatoria de aquel Benedicto XVI, yo no pude sino echarme a las calles en busca de beberme ese caldo de cultivo explosivo que el azar había preparado.

Hubo momentos en los que vi esperpentos de fe y ridiculeces laicas, insultos cruzados cual cruzadas, mares de policías, y hasta diversión sana con gente noble por los dos bandos. Pero en definitiva, nada nuevo bajo el sol que nos gobierna, si acaso, uno de esos asuntos eternos en un momento exacerbado. Por eso mismo, por lo repetitivo del tema, vosotros no estaríais escuchándome esta anécdota si no hubiera habido un tanto más, si no hubiera comprendido de una vez por todas algunas cosas, si no hubiera caído en esa lucha hacia un lado, si no hubiera visto en uno de aquellos días al mismísimo dios.

Ocurrió bajando Fuencarral camino de Montera, a eso de las 22:00, cuando el calor da un pequeño respiro y ofrece una esperanza, fracasada por el bochorno. Me ocurrió entre la algazara de cientos de peregrinos internacionales, entre docenas de laicos hartos de tanto boato, entre decenas de turistas cuyo palo desconocía, entre policías, y hasta me ocurrió entre madrileños indiferentes.

Y fue que, a unos metros por delante de mí, dos piernas se abrieron paso entre aquella turba, dos piernas preciosas, esbeltas, eternas… y tatuadas. Una cruz negra, cristiana sin dobleces ni equívocos, se estampaba en cada una de sus deliciosas pantorrillas de un blanco marcado, en las pantorrillas tatuadas de una mujer que con unos tacones imposibles, un vestido de leopardo ceñido, y unos andares provocativos, rezumaba a prostituta por cada uno de sus lindos poros. Fue entonces cuando, hipnotizado por aquellos tatuajes, por aquellas piernas, por aquella mujer a la que ni siquiera vi la cara, contemplé a Dios, comprendiendo que habitaba en aquellas dos cruces negras, y sólo allí. Y mejor que sea así, tengo claro desde entonces, mejor que no esté en más lugares, pues si lo estuviera, este circo dejaría de tener su gracia.

Gracias a Tolstoi


Confesaré que levanté la vista del periódico asqueado de tanta mala noticia, y que fue entonces cuando la encontré, frente a mí, en el otro andén. Y no me hizo falta nada más que un instante para presentir que quería suicidarse.  

A pesar de la distancia pude leer en sus ojos caídos. Leí el miedo y la desesperación, pero también el arrojo para saltar.  No tuve dudas de su decisión pero, cómo decirle, cómo gritar sin parecer un chiflado, que no debía tirarse a las vías del metro, que era un acto inútil. ¿Y si me equivocaba?

Los dos estábamos mucho más cerca del andén de lo debido, en la boca por donde entrarían los vagones. Sentí frío a pesar de la fecha y el calor agobiante. Decidí llamar su atención con gestos pero no hubo suerte. No parecía ver nada ni a nadie. Su metro resonó por el túnel, se escuchó un silbato. La chica dejó caer las manos, en la izquierda llevaba un libro. Logré ver el título.

Grité estúpida e instintivamente: “¡Ana, no lo hagas! ¡Piensa en tu hijo Sergio, en tu hijita…  en Vronski!”

El metro entró en la estación a toda velocidad llevándose algo por delante. Se escucharon algunas maldiciones. Mi corazón volvió a latir cuando todos los vagones pararon y se abrieron las puertas. Allí estaba ella, seguía en el otro andén. Muchos metros más adelante, Ana Karenina quedaba destrozada bajo los vagones.

Luego vino el jaleo, las explicaciones, que si ella en ningún momento iba a suicidarse, que si mi presentimiento era un asco, que si se le cayó el libro del susto con mis gritos, que si sentíamos mucho el espectáculo que habíamos montado, que si un café…

Y así es como conocí a mi esposa, gracias a Tolstoi.