Autor: Carlos Aymí
25 de noviembre, tras un mal latigazo
20 de noviembre
¡Por fin te vencí, obsesión!
¡Joder!, Después de años arrastrando una obsesión en forma de relato incapaz de narrar, he conseguido arrancármela de muy adentro y de la mejor manera posible: escribiéndolo. Estoy orgulloso y estoy feliz, ya sólo me faltan nimios retoque y un título.
Ahora espero, que como me decía a mi mismo cada vez que fracasaba, el lograrlo suponga un cambio cualitativo en mis necesidades creativas, de modo que saque tiempo y ganas de donde sea para escribir, escribir, y seguir escribiendo.
De momento, no lo voy a colgar en el blog, ni por extensión (25 folios con interlineado), ni por conveniencia, pero si me diera cualquier novedad, probablemente vuelva a aquí a hablar de ello.
Joder, me dan ganas de dar saltos de alegría, hacía tiempo que esa sensación no recorría mis venas. Espero que la misma no se diluya por el peso de sucesivos fracasos.
Cuando la verdad es un tabú
No creo que España sea diferente, puesto que todos los países me parecen igual de estúpidos, compuestos como están por ese animal tan idiota que es el hombre. Sin embargo, hay noticias patrias que parecen rayar la “particularidad hispánica”. Veamos una reciente: el circo de Rajoy con su desfile coñazo.
Como en otras ocasiones, nuestros políticos muestran lo que son y piensan verdaderamente, cuando no están ante las cámaras, pero sí, cogidos en descuido, ante aviesos micrófonos. Y cuando esto ocurre, unos, beneficiarios del desliz, afilan las uñas, y otros, auto-agraviados, se lamen heridas. Pero aquí parece que lo histriónico alcanza cotas pocas veces vista, pues en la supuesta falta de uñas podemos percibir la hipocresía vestida de seda.
Resulta que el señor Rajoy, cuando cree no tener la lengua atada a su discurso de galería, suelta, lo que a mi entender, es de lo más sabio que ha dicho este tipo en su vida, que el desfile de las fuerzas armadas es un coñazo. Y se monta un revuelo en el que nadie parece decirle, “muy bien dicho señor mío”. ¿Y por qué no? Porque nuestros políticos son los seres acartonados que representan una sociedad de la misma condición: Rajoy no puede pensar eso, puesto que no es su papel; ¡es de derechas, su corazón debe de hincharse de orgullo ante el más grande de los himnos y cuánto no ante el desfile de nuestras valerosas tropas, con cabra y aviones a la par, protagonistas!
Además, tenemos el papel de ese rojo cejudo que es la personificación del mal, que si pudiera, lanzaría la cabra (este año al parecer carnero) desde nuestros flamantes aviones destructores de ejes malignos, para hacerla estrellar contra los bienaventurados norteamericanos.
Pero resulta que tanto tópico con patas salta por los aires por un simple coño, o coñazo (aunque bien mirado así funciona a menudo la historia). Y lo mejor de todo es que nadie dice, porque no lo ha dicho el representante adecuado, que sus palabras, al margen de ser de barbas o de cejas, son o pueden resultar, ciertas. Porque veamos, ¿de qué estamos hablando? No es que precisamente lo haya seguido alguna vez con devoción y a lo mejor me equivoco, pero si digo que se trata de estar sentado dos o tres horas viendo desfilar a gente gris y verde, a pasos aburridos, con marchas militares que no suelen ser la alegría de la fiesta, con aviones descoyuntadores de cuellos, y con una cabra final, no hierro mucho. Y aunque lo haga, aunque se trate de una fiesta nacional en la que se rinde homenaje a los hombres y mujeres de España que están dispuestos a defender su país con su vida y con un armamento que es imprescindible para hacernos respetar en un mundo plagado de enemigos. Y aunque aún haya una tercera, cuarta o enésima vía de motivos de esa celebración, ¿no es razonable pensar que a muchos no nos guste tal espectáculo, al margen de su sentido, al margen de su supuesta emotividad, y al margen de las ideas que nos circundan?
Pero no, la máquina debe continuar, ¡que no pare la pantomima! Que muchos supuestos izquierdistas se rasguen las vestiduras por tal oprobio contra el país. ¡Pero por dios, cuántas veces no habéis querido decir lo mismo! Mientras, desde el gobierno la campaña de marqueting parece indicar: “lamamos también nosotros la herida, pues nada les escocerá más”, y así sale la ministra “chaconiana” ¿¡disculpándole!? Por su parte la derecha y en su papel, ora quita hierro al asunto, ora recuerda verdaderas vejaciones a tan sagrado día, como aquél en el que el infausto presidente decidió mancillar el honor de cada español al quedarse anclado en su butaca al pasar la nación norteamericana.
¡Idos todos al cuerno! El desfile es un coñazo para mí, para Rajoy –por mucho que maquille ahora-, y para millones de españoles. Y ojo, al que le guste, felicidades y a disfrutarlo, pero lo patético es que parezca pecado decir que no, que no me siento identificado como español en tan aburrido y anquilosado pasacalles. Y como a mí me gusta pecar, pues cargaré con esa conciencia, ¡uy que miedo! Y quien tenga que guardar las formas que lo haga, y una vez más darán muestras por uno y otro lado del síntoma: si son los “bipolitizados”, que su estrechez de miras raya lo esperpéntico en una profunda incapacidad para analizar la realidad en su complejidad. Y si son los “politizadores”, que su preocupación por conservar el sillón les lleva a atar sus lenguas al compás del guión prefigurado, y que cuando se suelta, dejan escapar aparentes anécdotas que sin embargo dejan patente (aunque esto lo hagan día tras día con chascarrillos o con cosas más serias que chascar) la mierda que sus bocas lastran.
Guadalajara a 13.10.08
Libertad como encrucijada II
[Escrito el 20.09.08]
La casualidad ha querido que mis cansados ojos se posen, dos meses y algo después, en el texto de título homónimo, pero des-numerado: no he podido sino hacer una segunda parte.
Hablaba en él de decisiones vitales para mi mundo, y lo curioso es que hace unas horas parece confirmarse que Colonia vuelve a ser el destino. Para aquellos que se pierdan, y perderse es algo normal debido a la escasa información que doy, contemos. Digamos que ante la duda de Köln sí, Köln no, me resolví (¿o me revolví, como fue aquello?) finalmente por un sí, “qué carajo, dios=azar, proveerá”. Pero tal lema se pulió después de tanto sudor gracias a una solución intermedia: Santander. Aquí se me presentó una oferta de trabajo que colmaba ambas prestaciones, a recordar, aventura a la par que seguridad. Sin embargo, parece que lo que durante un mes ha parecido en la mano se volatiliza ahora como ceniza. Y vuelta a empezar.
No, no hay vuelta atrás que valga, si no hay Santander, entonces, “qué carajo, dios=azar, proveerá”. Colonia ahora se presenta más feo que hace meses, más complicado, caro y con mayor incertidumbre, pero tiene algo que antes de mi acto libre carecía: mi firme decisión.
Donde digo firme podría escribir blanda, o acojonada por qué no. Pero algo es inamovible, “decisión”. Por tanto en este mar de dudas, o Colonia para principios de enero, o quizá Santander si las cenizas deciden retornar a mi mano.
3:00
[Escrito el 23.08.08]
La música recorre ahora las venas que en cualquier otro momento son pólvora cargada. Pero joder, vienes aquí y la mojas y me dibujas una sonrisa de tonto feliz que parece mentira que sea el mismo que piensa casi constantemente la cuerda desesperación.
Libertad como encrucijada
[escrito el 12.07.08]
Veintisiete años y un mes. Además y según cuentan, debe acercarse hasta la hora, las cinco y veinte de la mañana.
Pero a lo que veníamos.
Esta vez la duda, cargar de nuevo con la casa a cuestas -por otra parte una maleta, el portátil y yo mismo- hasta a Alemania, o perder una oportunidad y una odisea por ser complicada, incierta, sacrificada y vete tú a saber qué más. La vida es para valientes me digo para animarme, pero a un escéptico un caramelo así ni llega al paladar. Miro y remiro las opciones, las compartimos y las examinamos, pero puesto que la certidumbre brilla por su ausencia, el tiempo inexorable nos agobia. Hay que decidirse; tres meses de sacrificio y luego la incertidumbre interesante y quien sabe si destructora o catárquica o plena; o hacer un año y luego, juntos, buscar un destino más cómodo pero menos interesante.
El refranero viene a mí cada vez que no sirve de nada, es decir, cada vez que me da una solución y su contraria, y lo mismo hacen las razones. Es la libertad en estado puro: la decisión no prefigurada, el acto que constituye vivencias, la destrucción de la rutina. Y duele. Pero bendita sea, aunque sea para errar.
El párrafo anterior es filosofía, teóricamente es bonito, pero en la práctica no tanto, la realidad baja de esa nube y me vuelve a mirar a los ojos, me vence y me humillo, pero a Cronos le da igual vencedor y vencido, quiere una decisión; Köln sí o Köln no; volver hasta diciembre a perder la independencia o conservarla a costa de sacrificar tal oportunidad; separarme de lo mejor que tengo durante tres meses o quedármelo egoístamente; una mudanza más, o dos; asegurar un trabajo en un idioma que entiendo, o arriesgar mi dinero en una lengua del infierno; aventura mayor o aventura menor.
Quedan unas cuarenta y ocho horas, tic tac. Tiempo más que suficiente para cambiar de idea al menos un millón de veces.
Ahora
Ahora que la tenaza de la realidad se cerraba con más fuerza que nunca, repunta mi sueño. Ahora que la asunción de la derrota era palpable, resisto. Ahora que el calor congela toda acción, actúo. Ahora que veníamos a escribir: «Nunca seré escritor», tomo aliento hasta la próxima crisis y me pongo a escribir donde debo.