Una historia increíble

-Mamá, suena como una de esas historias increíbles que nos contabas, pero en lugar de aparecer hadas, dragones, y de ser divertida, resulta triste, y no entiendo lo que haces, ni por qué.
Así es como mi hijo pequeño se ha despedido de mí con lágrimas en los ojos, tras intentar explicarle como buenamente he podido, mi comportamiento de los últimos meses. Un éxito a tenor del portazo que me ha dado mi hija adolescente, a punto de reventarme la cara, si no retrocedo un paso ante la puerta de su habitación. Ellos, en fin, no han comprendido nada, y tampoco mi marido, que harto de llorar y de desconcertarse, no ha querido verme en la despedida.
Me pregunto si alguno de ustedes me entenderá, y aunque inmediatamente me digo que me importa un comino el que lo hagan o no, lo cierto es que si escribo esta historia, increíble o por el contrario más sencilla de lo que pareciera, será por cierta urgencia, no sé si de piedad. Juzguen ustedes.
¿Han oído decir eso, de que de todo se cansa uno? Yo no paraba de escuchárselo a mi bendita madre, que no ha vivido lo suficiente como para ver que su sentencia recayó como una maldición sobre su adorada hija. Porque cuando ella decía, “todo”, yo he comprobado que se refería efectivamente, a “todo”, incluyendo la felicidad.
Me llamo Sandra, tengo los cuarenta y muchos cumplidos, soy arquitecta, y formé una familia maravillosa, con dos niños sanos, preciosos y alegres, y un marido atractivo, dulce, e inteligente, del que aún sigo enamorada y al que nunca dejaré de querer… a pesar de mis actos.
¡Ay, los actos, qué difíciles son a veces de explicar! Fíjense, tras reflexionar mucho sobre todas las acciones que en los últimos dos meses me han conducido hasta aquí, aún no tengo explicación alguna para la primera, tal vez, la más sencilla e inocente de todas ellas: dejé de ir al trabajo en mi deportivo y empecé a coger el metro. Lo repito, no me pregunten por qué, pues sólo podría decir, que no fue por motivos económicos, ni por el medio ambiente, ni por ganar tiempo, ni para reducir estrés… sencillamente, no sé por qué diantres lo hice.
Tampoco encontraba que fuera un síntoma de aversión de nada en particular, pues lo volveré a repetir, era una persona feliz. Y aún iré más allá, mi vida resultaba perfecta.
No debía serlo tanto, pensarán ustedes, si me dediqué a destrozarla como verán en seguida. Y no sé qué decirles, o tan solo, que me resulta molesto esa tendencia de la gente a juzgar los actos ajenos de acuerdo a sus virtudes o sus vicios particulares, que lo mismo me da. Lo molesto es que me digan el por qué hice esto o dejé de hacerlo, cuando en el fondo, solo pueden decirme por qué lo habrían hecho ellos.
Así llegamos al hombre con el que engañé a mi esposo. Le conocí en el metro. Sin darme cuenta empecé a hablar con él sobre el libro que conseguía leer entre el traqueteo del vagón, y no me pregunten cómo, acabé por invitarle a un café primero, y a un hotel esa misma tarde.
No era guapo, ni divertido, ni especialmente inteligente. No me daba morbo, ni quería experimentar nada, ni tenía ningún motivo de venganza hacia mi marido. No me emborraché, ni me sedujo, y ni siquiera me dio pena. Sencillamente, la cosa fluyó sin pararme a pensar. Y cuando lo hice, estaba mal follando con él en aquella cama impersonal, de un hotel impersonal, en una tarde de otoño triste y lluvioso.
A pesar de la lluvia, entre nosotros no hubo una sola gota de pasión, y al acabar, él, tal vez tan extrañado como yo de lo que acababa de ocurrir, me dijo que no le había gustado. Mientras nos vestíamos con calma le devolví que opinaba lo mismo, y desde luego, no nos dijimos eso de, ya nos llamaremos.
Cualquier persona sensata imagino que habría parado su descarrilamiento inmediatamente, y que esa misma noche habría invitado a su pareja a una cena romántica en la que renovar promesas, para coger el coche a la mañana siguiente camino del trabajo. Pero ya dije que empecé a pensar cuando estaba acostándome con aquel hombre del metro, y está claro que al menos es evidente, que yo ya había dejado de ser una persona sensata. Esa noche hubo cena, sí, pero para decirle a mi marido lo que había ocurrido.
 Se lo dije con la certeza de que no volvería a ocurrir, pero al tiempo no hubo lágrimas ni arrepentimiento, y sí una cruel frialdad que le hizo todo el daño posible, con la que tal vez, yo ya buscaba lo irremediable.
A veces cuesta derrumbar un castillo, aunque sea humano, y por tanto, de naipes. Durante varias semanas apenas nos hablamos, pero quedaba claro que él estaba dispuesto a perdonarme. Lo que yo no tenía tan claro, es que quisiera su perdón, y supongo, que no atreviéndome a reconocerlo, di con otra muesca de mi nueva insensatez, esta vez en el trabajo.
Como arquitecta jefa de mi estudio, me puse a negociar los contratos que teníamos pendientes para los próximos meses. El resultado fue que vine a regalar nuestro trabajo con unas condiciones ridículas. Mis empleados, sin poder creerlo aún, no levantaron la voz por miedo. Finalmente, y tras unas cuantas decisiones irracionales más, mi mano derecha hasta entonces, se reunió conmigo para decirme que todos habían decidido marcharse, que lo sentía, pero que me abandonaban. No pude sino sorprenderme por el tiempo que habían tardado en tomar una decisión tan coherente, y les convencí, para que no se fueran, pues ya lo haría yo, quedando él como mi sustituto.
            Había destrozado mi carrera, me empeñaba en destrozar mi matrimonio a pesar de la resistencia de mi marido, y decidí atacar mi salud. Intento de suicidio.
            ¿Hay alguien aún a estas alturas que no piense que me había vuelto loca, que no era sino presa de una profunda depresión o de otro trastorno psíquico importante? Aparte de mi misma, supongo que cuesta defender mi cordura. Sé que tengo todas las pruebas en contra, pero no estaba deprimida, ni confusa, ni drogada.
Cuando me rajé las venas a lo romano metiéndome en la bañera de agua caliente, lo vi claro, lo que tenía era un hartazgo de mi vida perfecta. Desde pequeña había deseado con fuerza todo lo que había conseguido por mi propio esfuerzo y sin que nadie me regalara nada. Y sin embargo, ahí me encontraba, desangrándome, despidiéndome de la vida con una absurda sonrisa de satisfacción. Entre el vapor, y el agua enrojeciéndose tiñendo mi cuerpo desnudo de rojo, pude vislumbrar, que lo que me había fallado era el feliz sentido de mi vida, que había logrado todo lo que me había propuesto, y que me encontraba atada a ello.
Lo diré una vez más, no me había vuelto loca, y desde luego, no escribo esto para justificarme, o no solo. Lo que sí es cierto es que en estos últimos meses no he sido una buena madre ni esposa, y que si hubiera tenido al menos tacto, hoy yo estaría muerta.
Resultó que en lugar de buscar una bañera de hotel, me abrí las venas en mi casa. Con todo, debería haberme muerto igual, pues durante aquella tarde, no contaba ni con mi marido ni con mis hijos. Sin embargo, mi hija regresó destrozada antes de tiempo porque su novio acababa de dejarla. No teniendo bastante con eso, se encontró conmigo.
  Acabé aceptando ingresar en la mejor clínica del país, donde concluyeron que no estaba, al menos, clínicamente loca, y salí de allí hace dos días. Mi marido ha seguido empeñado en perdonarme hasta el final, ofreciéndome otra oportunidad por nuestro amor, por nuestros hijos. He tenido que contestarle, no, gracias.
Saben, creo en la casualidad, y no me gusta desaprovechar la oportunidad que salir de la bañera con vida me ofrece. Hace unas horas que ocurrió la escena del principio, con mi pequeño y mi salvadora, y ahora, escribo sentada a la espera de un tren que no sé muy bien dónde me llevará. Estoy contenta. Hacía mucho que no sentía el cosquilleo que me recorre el cuerpo, y que se llama incertidumbre, la de un camino por hacer, la posibilidad de volverme a equivocar, la de un horizonte difuso ante mí, y para mí sola.

Delicias

Al acabar las noticias, de nuevo me entraron ganas de vomitar. Apagué la televisión, cogí las llaves, y me marché al trabajo.

Tomé la línea tres de metro en Delicias dejando atrás por un rato, pensé, una tarde mustia y apagada de otoño. Todo resultaba como de costumbre; caras grises, olor a lluvia y sudor, vagones llenos en hora punta… y sin embargo, en Lavapiés una mujer guapa que se bajaba me sonrió, para Callao una sensación extraña se apoderó de mí, y en Plaza de España, donde debía bajarme, me quedé anclado al asiento.

En la siguiente estación logré levantarme pero no bajé, y perdido en uno de los fragmentos literarios que hay en los vagones, comencé a verlo claro: el metro era un mundo en sí, y mejor que el de arriba. Caí en la cuenta de la mezcla de culturas, del paréntesis hacia mi absurdo trabajo, de la posibilidad que cada mirada, cada gesto, cada risa, podían suponer si eran aprovechados. Sentí que acá abajo la miseria estaba ausente, así como el desempleo que azotaba en la calle, y la competitividad, y la mentira del exterior.

Me sentí tan cómodo, que me regalé el día de una línea a otra, sonriendo, y disfrutando de un traqueteo que disimuló el hambre, y me llenó de ideas gozosas. Me decidí a repetir experiencia a la mañana siguiente (ya me justificaría de algún modo en la oficina), aunque eso sí, llevaría algo de comida, y algún libro para llenar los vagones vacíos, porque los llenos, las horas punta, son un mar de posibilidades infinitas.

De eso hace ya cuatro meses, y hoy me decido a empezar a escribir mi experiencia, por supuesto desde aquí abajo, arrobado en esta felicidad extraña de mi nuevo mundo subterráneo, en el que saboreo infinidad de horas, en el que la vida se da una tregua antes de volver a la vorágine del ahí afuera, en el que las personas se hermanan en este extraño útero de transición, en el que he descubierto, una nueva casa, a la que puedo llamar hogar. 

Amanecer

El ocaso del día anterior ya me había tocado, pero fue el amanecer quien me hundió… para renacer con una fuerza inesperada. Fue con aquel Sol creciente sobre el río, llenándolo todo de belleza, fue con aquella soledad rodeado de verde, azul y rojo, fue con mis miedos, mis dudas, mis esperanzas, fue cuando la mirada clavada en el horizonte no se apercibió de la figura que tras de mí se puso, y con un suave pero audible rumor, me habló.
              -Tenéis el mejor de los mundos posibles, y aunque tal vez ya no esté en el mejor de sus momentos, tendrás que decidir si puedes hacer algo para que lo primero continúe siendo así, o renuncias al reto.
Al darme la vuelta no había nadie, no había nada más que mi soledad y aquel esplendoroso paisaje que se me grabó en el corazón, y en la sangre.
Y ahora sigamos la lucha –dije  frente a quienes querían quitarme de en medio.

La moneda

LA MONEDA
Me llamo Federico y he rematado a Dios… o eso pensaba hasta hace un momento.

¿Saben de esa sensación de querer jugártelo todo a una única carta, de estar tan harto que estás dispuesto a dejarte arrastrar por la caprichosa fortuna? Y cuando digo todo no me refiero al dinero, o a la familia, o a tu ideología, sino a la vida misma. Pues eso me pasó a mí en un momento dado de lo que vino a convertirse en mi patética existencia, ejemplo máximo de ese saber popular que nos enseña, que la vida no es sino un jodido valle de lágrimas.

Bueno, a lo que iba. En apenas unos meses mi vida se embaló hacia el precipicio, yéndose al traste las tres cosas que la canción aconseja para ser feliz. Perdí la salud al  romperme la pierna en un accidente de tráfico. Dije adiós al dinero cuando me echaron del trabajo sin indemnización alguna por convertirme en un comercial inútil. Y me despedí del amor cuando mi novia se largó, incapaz de soportar mi nuevo genio, algo que por otra parte comprendí teniendo en cuenta que ni yo mismo me aguanto, si bien ya saben, que uno no puede huir de sí mismo.

Es en el estado anterior, como llegamos al puente que cruza la autovía, a la botella de güisqui, y a la puñeterita moneda que menciono en el título de este deshago, que para poco servirá.
Sobre el puente y sobre todo lo demás, era una noche otoñal cerrada, si bien había suficientes farolas para mostrar que, los coches ahí abajo, vienen rápidos de narices. Hacía frío, pero la borrachera y la escayola me calentaban, y daba tumbos peculiares, pero aún era capaz de tener ideas geniales. Como la de jugarme la existencia a cara o cruz.

Ahora bien, el alcohol siempre da un toque especial a los asuntos y no se trataba simplemente de, cara me tiro, cruz, me largo a dormir la mona que ya va siendo hora. Sino que la cosa se sofisticó en plan: cara, es que ahí arriba no hay Nadie que merezca la pena, y abajo Nadie que me esté esperando, por lo que nada vale nada, mi vida ni un pimiento, y me tiro por el puente más feliz que un regaliz. Y cruz, que hay un dios hijo puta que me está haciendo la vida imposible cuando con que tuviera un poquito de indiferencia hacia mí, me daría por satisfecho… pero no, porque  la cruz demostrará que me está jodiendo a base de bien y así las cosas no estoy dispuesto a darle la satisfacción de matarme, para que el muy cabrón pueda mirarme por encima del hombro a la hora del juicio, y las balanzas, y esas cosas.

A ese Dios no estaba dispuesto a tolerarle si salía cruz, y ahí tendría un buen motivo para agarrarme a la vida. Efectos del güisqui, supongo.

Lancé la moneda que era de un euro… y salió cara, la cara del rey. No salió el mapita de una Europa unida y feliz que hubiera supuesto la existencia de un Dios cruel al que no darle el regocijo de mi rendición. No, salió la cara de mi rey… siendo yo republicano. Debía por tanto arrojarme desde el puente porque si no, tampoco me quedaría la palabra. Un esfuerzo con las muletas para encaramarme, y todo estaría listo. La prueba era irrefutable, dios no existía porque lo había dicho la moneda, y ya no me quedaba nada, ni siquiera la posibilidad de rebelarme contra un dios cabrón.

Como es evidente no salté, sino que decidí concienzudo que lo mejor sería lanzar la moneda al mejor de cinco. Las tres primeras apuestas salieron cara, monarca mamón, dios inexistente, y no necesité de las otras dos para perder. No podía creérmelo. Me lancé entonces, pero al suelo, junto a la dichosa monedita y a pesar de la dificultad por mi escayola. Lloré desconsolado. Después de unos minutos recobré el valor y mi destino, con poca credibilidad a esas alturas, se jugó entonces al mejor de siete… ¡Saliendo cara las cuatro primeras! Miré bien la moneda una y otra vez y no tenía nada de especial. Tampoco yo iba tan borracho como para mentirme de esa manera. Todo me gritaba, de la irracional estadística a la congelada mirada de mi rey, que debía suicidarme ahí mismo, y punto.

Sentí frío por primera vez en toda la noche desde que me encontrara en el puente. Entonces, unas terribles ganas de acabar con aquel bochornoso espectáculo me inundaron. Agarré las muletas y me puse en pie, intenté encaramarme sobre el pretil del puente y fracasé también en eso. Dios no existía, pero yo no dejaba de ser un inútil.

Finalmente, en lugar de arrojarme yo, quien voló fue la maldita moneda que cayó al asfalto con un tintineo que alcancé a oír, ningún coche se la había tragado. Me marché a casa tratando de huir del hechizo de aquel diabólico metal, pero como verán, fallé de nuevo estrepitosamente.
Pasé unas horas obsesionado en las que apenas dormí. Lanzar aquel euro a la autovía en lugar de tirarme yo, se me planteaba como la cosa más cobarde de mi vida, y miren que he hecho cosas cobardes.
Esa noche, entre vuelta y vuelta en el colchón, hubo otras muchas monedas lanzadas al aire, pero sus resultados fueron normales: unas veces Dios existía, y otras no ¡Qué mierda de prueba era esa! Hacía muchas semanas que la pierna rota no me dolía tanto y que mis muebles no pagaban a muletazos mi malhumor.

Terminé por decidirlo casi al amanecer, en cuanto oscureciera volvería a por la moneda, saltaría como buenamente pudiera la valla que daba acceso a la autovía, y cuando no pasara ningún coche, recuperaría mi metal, mi prueba irrefutable de la inexistencia de Dios. Al menos ella poseía la certeza que a mí me faltaba. Con esa idea en la cabeza pude dormirme tranquilamente hasta bien entrada la tarde.

La cena fue frugal e insípida, todos mis pensamientos estaban puestos en regresar al escenario de la noche anterior, pero en lugar de volver al puente, tenía que llegar hasta la mitad de la autovía, con mis muletas, con una linterna que agarraría con la boca, y con toda mi estupidez. Esa moneda sabia y firme debía regresar junto a mí ¡Maldita sea, era la prueba irrefutable de la inexistencia de dios!

Tan absorto estaba en mi peculiar misión de recuperación, que no concebí posibilidades como la de no encontrar el euro, o la de que los coches la hubieran arrojado por alguna extraña ley física al arcén, o que en la caída rebotara alejándose de mí para siempre…, o peor aún, que me la encontrara caída en cruz. Al menos sí que hice bien no valorando todas esas posibilidades, puesto que la vi rápido, y por supuesto caída de cara.

Lo difícil fue saltar la valla, más por mí y por mi estado, que por la altura de la misma, lo peligroso fue que no faltaron invitados a la fiesta y aunque recé hipócritamente para que no hubiera constantemente tráfico, la cara del, dios no existe, se hizo patente y mi plegaria cayó al vacío con unos coches que no dejaban de venir a una pasmosa velocidad, por lo que me vi obligado a arriesgar con mi linterna en la boca, las muletas temblando y el sudor a chorros. Suicidarse desde un puente podía valer, pero hacerlo de aquella manera era tan ridículo.

Recogí la moneda al tiempo que un coche se salía del asfalto por mi culpa… o más bien por esa manía de tocar el claxon, que si ese maníaco no hubiera perdido el tiempo en avisarme de lo que ya veía, tal vez habría podido enderezar su coche. Ya sabía yo que estaba en mitad de una autovía, que los coches no paraban de venir y que mi acto rayaba la locura, ¿acaso creía el tipo ese que porque tocara el pito iba a regresar yo a mi cama? Pues no, o al menos no sin mi moneda. Que se dedicara él a controlar su coche una vez que había dado el bandazo, que a mí no había nada de lo que avisarme. Total, que mientras él se estampaba a un lado de la carretera, yo me agachaba como buenamente pude, y salí con la escayolada pata en cuanto recuperé mi tesoro.

Lo tremendo fue la huida ¿Saben de eso de que la policía siempre tarda en llegar más de lo necesario? Pues no en mi caso. No había terminado de saltar de nuevo la valla cuando comencé a escuchar las sirenas. Y en parte gracias, porque el tipejo del claxon no se quedó contento tras estampar su coche, y quiso desfogar su mala hostia con el loco que le había echado al arcén. Es decir, conmigo. Así que tras mis malos pasos y en un momento, tenía a un toro desbocado y de bigotes extraños, y tras él, a los raudos policías que hacían su trabajo. En mi estado, se pueden imaginar, me alcanzó hasta el apuntador.

Hubo un momento en que mi brazo chascó, o más bien, el conductor sin escrúpulos lo hizo chascar. Luego hubo otro en el que la policía me lo quitó de encima para ponerme las esposas. Y lo que ni uno ni otros supieron, es que yo reía porque mi moneda estaba a salvo. La prueba irrefutable de que por no tener, no tenemos ni a un dios cabrón que nos haga pasar por las situaciones más inverosímiles –ya nos apañamos nosotros solitos-, estaba felizmente guardada en mi pantalón.

La prueba irrefutable superó el dolor del brazo, y nada impidió una risa desquiciada que me daba un aspecto de chalado y que me poseyó mientras me atendía el médico del samur, razón probable por la que acabé durante unos días en una celda acolchadita de un hospital cercano, donde apenas, el rematador de Dios por obra y gracia de mi moneda, dijo mu. Aunque al parecer sí que hice lo suficiente como para que me pusieran de patitas en la calle a la espera de un juicio contra la seguridad vial y otros cargos más o menos ciertos.
Sin embargo hay algo peor que la suma de las desgracias que me han acompañado, ya saben, perder el trabajo, la pasta, la salud, la novia, y según los expertos que supuestamente saben ya mucho más de mí que yo mismo, la cordura. Y es lo que me lleva a escribir esto.

Después de recuperar la moneda, nada dije del asunto, y durante semanas me las he apañado muy bien para ocultarla al mundo. La prueba de que Dios no existe la quería en exclusiva para mí, pues no sólo abandoné la idea de suicidarme, sino que encontré consuelo en la certeza de haber desvelado tamaño misterio. Así, al menos un centenar de veces al día lanzaba alegre mi moneda, cayendo siempre de cara para mi regocijo. Siempre, hasta hace un rato en que empecé a escribir esto.

Tengo aún frente a mí la moneda de dios, caída en el suelo y como mirándome mientras termino de escribir estas líneas. No salió cara, no, pero tampoco cruz, que si dios es cabrón y existe, parece que sabe disimularlo muy bien y hasta el final. Y ahora díganme, ¿qué debo pensar con la moneda caída de canto?

Rabia

En memoria de «Carne Cruda»

Tan descompuesto se mostró ante las cámaras que parecía no llegarle la camisa al cuerpo, que la corbata hacía de soga, y que precisamente el estrado del Congreso, era el último lugar donde al nuevo presidente le gustaría estar. Paradojas, pues precisamente allí es donde se había soñado siempre, con un gran discurso por delante, con el pueblo atentísimo a cada una de sus palabras, a sus gestos, a su elegancia… pero llegado el momento, y salvo la atención que con seguridad iba a obtener, nada más allá que no fuera, la precariedad de su puesto, y el pánico.

Quién iba a reprochárselo después de lo ocurrido, tras su predecesor, tras el escándalo que había sacudido al país para recorrer posteriormente el mundo en forma de plaga, en forma de rabia sumamente infecciosa e inexplicable. Y es que por qué no iba a ser él, el siguiente en padecerla. Así que resultaba lógica su descompostura, sus dudas, el sudor perlándole la frente, en definitiva, su canguelo.

Pero retrocedamos un mes por si algún extraterrestre nos visitara hoy, por si algún comatoso despertara ahora, por si algún robinson escapara de su isla perdida, y recordemos el discurso y los hechos que lo han cambiado todo, empezando por el ex Presidente,  repudiado y maldecido en las filas de su propio partido hasta terminar ingresado en la planta de psiquiatría del Hospital H. Si bien para muchos de nosotros, su cordura fue su única enfermedad.
           
–Que nos perdonen nuestras madres… –fue el abrupto e inesperado inicio del Discurso sobre el Estado de la Nación. Cinco palabras y un silencio que despertaron de la somnolencia a millones de televidentes por el mero hecho de que un político parecía entonar algo parecido a, pedir disculpas. El resto de la intervención no tuvo parangón alguno.
Asombro y bocas a punto de desencajarse desde las bancadas de su partido, asombro y expectación en el resto de parlamentarios. De esto puede sacarse una gran tajada, debió de ser el pensamiento generalizado. El problema posterior fue que el filo del cuchillo también les cortó a ellos.
El Presidente arrojó entonces al suelo no sin cierta clase su discurso, pareció no necesitarlo hasta el punto de que por primera vez en su vida, se mostró seguro, confiado, con la mirada centrada y clara. Y siguió hablando, vaya que si lo hizo. Y no le tembló el pulso, y su calva pareció menor, y su barba menos canosa.

            –Así es mis Señorías, ¿acaso no somos nosotros los mayores responsables de la dramática situación actual, acaso no somos nosotros los que nos llenamos la boca con la palabra democracia cuando somos conscientes de que quien gobierna realmente son los Mercados? Pero acaso esa realidad… ¿nos libera de responsabilidad, o nos la inculca, Señorías? Porque, ¿acaso no somos nosotros responsables de dejarnos manejar por esos Mercados en pro de la comodidad, de la pura connivencia, de la tajada? Pero aún seré más claro, mis distinguidos colegas, los Mercados no son como el volátil, inaprensible y falaz éter de hace unos siglos, sino que está compuesto de carne, de huesos y de apellidos, que todos nosotros conocemos y a los que servimos en lugar de hacerlo para el pueblo. Y lo que todavía es peor, ¿acaso no seguimos adoptando medidas que nos abocan al abismo, conscientes de que son infructuosas por los vecinos que antes de nosotros lo hicieron, por los análisis de los expertos, y hasta por el propio sentido común?
A estas alturas del inaudito discurso, al Presidente se le seguía oyendo hablar porque por más que se desgañitaran los diputados más exaltados de uno u otro bando, sus micrófonos habían sido desconectados, aunque no se supiera por quién, al revés que el del Presidente, que atronaba para los ciudadanos como nunca antes lo había hecho.

            –Porque nosotros, la clase política dirigente, hace efectivamente lo que todo el mundo sabe; mirar por la salud económica de unos pocos que invariablemente son los más beneficiados por las medidas adoptadas… y en estos momentos, ya son los únicos beneficiados; colocar a los amigos al margen del mérito; purgar a los enemigos en la medida de nuestras posibilidades, hasta el punto de que si no son demasiadas, las aumentamos legalmente; y sentar las bases de un Estado de pandereta y circo  que resulte lo más manso posible. Así somos y así hemos sido, y yo les pregunto Señorías, ¿así seremos?
Entonces el Presidente se sacó del forro de su chaqueta unos papeles y comenzó a leer datos y a dar nombres y apellidos. Sin embargo no pudo llegar muy lejos, porque al dar el segundo nombre de multimillonario que presentó como evasor de impuestos a través de una SICAV, tres ministros y dos diputados del principal partido de la oposición, aliándose por primera vez en mucho tiempo, redujeron al Presidente y lo sacaron del estrado. Cuando el esperpento llegó al clímax de que el Presidente, rabioso, mordía a su hombre de mayor confianza hasta la fecha, la televisión pública decidió dar paso a la publicidad. 

Y lo hizo por los 15 minutos siguientes, valorando al parecer que lo que en el Congreso sucedía, no resultaba de interés general.

No debieron de pensar igual el resto de medios audiovisuales que movieron sus piezas con la mayor celeridad posible para intentar cubrir tan histórico suceso. Para qué negarlo: sinceridad, política, esperpento y morbo se daban la mano como quizá no había ocurrido en Europa desde la Revolución Francesa; y se recuerda que en aquel entonces no había cámaras para retransmitir la guillotina. Huelga decirlo, ahora sobraban.

Pero a pesar del esfuerzo de casi todos los medios, al Presidente no se le volvió a ver, y aún seguimos bajo un ejercicio de ostracismo político digno de la mejor dictadura. Para la mayoría de los ciudadanos, diga lo que diga la casta política, el Presidente fue un héroe por un día, un político que enfermó y que tal vez enloqueciera, pero que alcanzó de ese modo la lucidez más bizarra.

Desde entonces de él tan sólo se sabe que al parecer firmó dos días más tarde un breve comunicado donde anunciaba dos cosas. Que había sufrido un ataque de locura transitoria de la que aún debía recuperarse. Y, que el documento que comenzara a leer era absolutamente mentira, falaz de principio a fin. Millonarios y políticos vinieron por unas horas a respirar felices. Craso error en cambio, porque no habían hecho lo suficiente, de nuevo una fuerza o una mano desconocida, ¿la verdad?, nos preguntamos muchos, vino a liarla de nuevo.

No habían transcurrido tres días de la declaración sin rostro del Presidente Loco, cuando en internet se difundió el documento que supuestamente resultaba ser pura patraña. Lo que resultó es que a pesar de los ingentes esfuerzos realizados por unos pocos, la gran mayoría pudo comprobar lo que era evidente, que el país se desangraba por claros culpables, y por inútiles cargados de responsabilidad. La información y los datos, incluidos vídeos de autoría desconocida, hicieron imposible negar la mayor por causa de nombres y pruebas de todos los colores. El escándalo y la conmoción se instalaron en el país. Pocas cosas pudieron continuar igual después de aquello, y pocas cosas lo están haciendo.

Hasta ahora los nombres señalados están siendo barridos aunque a la espera definitiva de su juicio, hasta ahora los jueces no dan abasto en un ejercicio de valentía e imputaciones sin temblores de pulso, hasta ahora la sociedad busca con ahínco un mínimo común para lograr otra sociedad posible. Las elecciones más que anticipadas  se acercan y todo apunta a que esta vez no habrá un cambio de meras caras, sino que los cimientos más podridos se están arrancando para sentar las nuevas bases de una sociedad más justa, meritoria y participativa.

Sin embargo, dos incógnitas que no tienen por qué ser malas, sacuden no sólo al país sino al mundo entero. La primera se plantea así: ¿quién está detrás de ese ataque de locura, y de ese documento esclarecedor? ¡Porque no hay autores, porque nadie reclama la autoría de una obra que ha dinamitado las bases de esta enquistada situación! Y cómo no preguntarse, ¿desde cuándo existen los héroes que no reivindican su nombre, que no exigen reconocimiento?

La segunda incógnita que recorre los corazones de los ciudadanos y corroe la de los grandes corruptos, es la de cuándo parará la plaga, cuándo cesará el milagro. Pues después de que la denominada Rabia Presidencial se infectara en un segundo presidente europeo, y luego en un tercero, y luego en uno americano, y en un dictador africano, y a las horas en un rey árabe, la situación adquirió tintes, no ya historiquísimos, sino sobrenaturales.

Por lo que resulta normal volviendo a nuestro actual Presidente, con sus horas contadas eso sí –salvo sorpresa de tiempos remotos que pertenecen a una sociedad lejana a pesar de haber transcurrido nada más que unos meses– que esté nervioso en el estrado del Congreso, y que parezca tener antes de empezar su discurso, una soga al cuello y una lengua de trapo. Porque pareciera que la erótica del poder se ha transformado sin saber muy bien cómo, en el terror al mal poder.       

            –Que nos perdonen… –empezó a decir el Presidente. 

Amor a la madre

No tenía intención de sembrar más dudas de las necesarias, por lo que antes de cerrar la puerta, volvió a cerciorarse de que todo estaba en orden; la cama hecha, los platos lavados, el suelo barrido, la ropa bien doblada… Su madre al menos no podría decir que era un abanto. Cerró la puerta y echó la llave. No se pudo quitar la incertidumbre de si regresaría alguna vez.

La Encrucijada

Al llegar a la puerta de La Encrucijada, Darío pensó como pensaba siempre que su mano aferraba aquel pomo negro, que su amigo no pudo tener más acierto con el nombre del bar, anclado como estaba en la esquina de la calle que separaba el barrio más rico de la ciudad, de uno de los más pobres. En ningún otro lugar Darío podía sentirse más a gusto que allí, nadando entre aguas, bebiéndolas todas, vomitándolas.
Un jazz de los setenta, la ausencia del humo a la que Darío no terminaba de acostumbrarse, y la característica luz suave cercana a la penumbra, le dieron la bienvenida. Era jueves, y como casi todos los jueves en aquella primera hora de la noche, el bar estaba casi vacío; tan sólo una pareja joven y guapa que no acertaba a sincronizar sus besos; tan sólo dos hombres al parecer de negocios por sus trajes y maletines; tan sólo una mujer sentada al fondo del local en los confortables sillones. Y por supuesto Ángel, tras la barra, con un libro cerca, con sus gafas de intelectual, con un cuaderno sobre el barril de cerveza… a esas horas siempre andaba jugando a ser escritor.
Darío ocupó una banqueta apostándose en la barra.
–Un vodka Angelito, bien cargado y con poco sprite. Tengo mucho que olvidar y poco tiempo.
–¿Otro día duro en la sucursal Darío? –Preguntó Ángel quitándose las gafas y rejuveneciendo una década, 32 años clavados.
–Así es amigo, otro día más sacándole a la gente las costillas y sus cuartos por un puñado de mentiras que se vendrán abajo antes o después.
–Tú no tienes la culpa de eso Darío, tú tal vez vendas mentiras, pero no las creas y además las compramos conscientemente. Es como si yo me echara la culpa de que vengas cada noche a consumirte en mi bar…
 –¡Cómo que no tienes la culpa Angelito! Podría emborracharme en cualquier otro, pero el tuyo me gusta más, y en eso tienes toda la responsabilidad –Y tras un largo trago al cubata añadió– La música, la luz, los conciertos, o tus cócteles, son con diferencia la mejor tela de araña de esta zona. Después de todo, eres tan buen vendedor como yo, si acaso algo menos cínico, y con seguridad menos cabrón, pero por lo demás, no hay mucha diferencia.
Ángel le contestó con una sonrisa.
            –Bueno Darío, qué quieres que te diga, yo ya estoy calvo y tú no tienes ni una jodida entrada, yo ya luzco una panza importante y tú aún te conservas envidiablemente a pesar de tu dieta de vodkas, y eso que yo gasto casi dos décadas menos que tú. Alguna diferencia sí que hay, y la buena suerte no es que te dé la espalda.
            –El diablo se lleve mi suerte y mi dieta Angelito. El diablo se las lleve.
Ambos sonrieron esta vez con no sin cierta aflicción, y brindaron por ello. Ángel no pudo resistir la tentación de acompañar a su amigo con una cerveza. Estaba de servicio sí, pero nunca se había exigido la castidad de la abstinencia.
Darío terminaba su segundo cubata y su primera retahíla de admoniciones contra sí mismo, cuando preguntó a Ángel por la mujer solitaria, cuya copa no bajaba, cuya posición no había cambiado, cuya vista se perdía en la lejana penumbra del fondo.
            –Unos cuarenta –comenzó a describir Ángel al oído de Darío–, rubia, ojos tristes, buenas tetas, culo aceptable, bonita en su conjunto o… follable si lo prefieres así.
            –Vaya por donde nos sale el camarerito zafio.
Hubo unos segundos de silencio, luego el chico que seguía sin acertar con los besos hizo un gesto desde el extremo de la barra a Ángel, que antes de atender contestó a Darío muy serio.
            –Asumo mi culpa y mi condena señoría, pero como atenuante quisiera presentar al maestro banquero del que aprendí, y ése, ya lo sabe bien, es usted mismo.
Ángel regresó tras poner una guinnes, y el escritor que  llevaba dentro no pudo dejar de asociar amargura, cerveza negra, y la incompetencia que aquellos dos jóvenes mostraban a la hora de besarse. No debía dejar de apuntarlo en sus notas. Cuando regresó donde Darío, éste le dijo como enfadado y mirándole fijamente.
            –No quiero Angelito que me vuelvas a decir ninguna de las cosas que me dijiste.
            –¿Qué? –Ángel hizo memoria. No lo consiguió.
Darío le ayudó mascando cada sílaba.
            –Ban–que–ro, ma–es–tro, za–fio.
Ángel iba a defenderse pero Darío se le adelantó.
            –Estoy harto de esa mierda y quiero liberarme de ello… o revolcarme aún más, que nunca lo tengo claro.
Darío se bajó de la banqueta y agarró el cubata. Para Ángel no hubo sorpresa alguna cuando su amigo se encaminó al fondo del local. Siempre había admirado el arrojo y la falta de vergüenza del banquero a la hora de intentar llevarse a una mujer a la cama, y más que nada, envidiaba su tasa de éxito. La clave está, solía repetir Darío cuando Ángel le preguntaba admirado a la noche siguiente de una conquista, en encontrar el consuelo que necesitan, y ofrecérselo.
Darío se llegó hasta la mujer y se la quedó mirando con fijeza. Verdad que es bonita, pensó.
La mujer durante los primeros segundos optó por ignorarle con oficio, luego se mostró incómoda pero sin abandonar la baza del silencio. El tiempo se le estiró hasta casi romperse. Al final se rindió bajo el temor de haberse dejado vencer, al fin y al cabo, se dijo, el tipo es atractivo y yo no estoy aquí precisamente llena de inocencia. Se limitó a decir un simple monosílabo.
            –¿Sí?
Darío la siguió mirando, ahora reconcentrado, temió exagerar y por fin habló.
            –Mi amigo el camarero me dijo que usted tenía los ojos tristes, y he querido venir a comprobarlo.
La mujer estuvo a punto de mandarle a paseo, sin embargo terminó por esbozar una sonrisa y luego fue algo más allá del monosílabo.
            –¿Y bien?
            –Y bien, ¿qué?
            –¡Cómo que, y qué! ¿Que cuál será la respuesta que le lleve a su amigo?
            –Pues verá, si se la llevo ahora le tendré que dar la razón… pero si me permite acompañarla un rato, quizá le lleve otra respuesta.
            –Vaya, a usted no le falta cara… pero a mí me sobra mesa. Con todo, nadie le asegura que mis ojos tristes vayan a cambiar, o peor aún, que vayan a hacerlo a mejor.
Quien esbozó ahora una sonrisa fue Darío, que tomó asiento frente a la mujer. Se llamaba María y pronto arrinconaron el usted.
Se cayeron bien casi inmediatamente pues ninguno de los dos trató de ocultar sus monólogos ni sus mentiras. El alcohol por su parte ayudó a limar las perfecciones de cada uno y para la segunda copa en común ya habían llegado a un acuerdo de mínimos: ambos se consideraban fracasados de éxito. Brindaron por el hallazgo.
Tuvieron que hacer el brindis forzando la voz, pues La Encrucijada poco se parecía ya a la de la primera copa. Una morena explosiva y de grandes pechos servía ahora en las mesas abarrotadas, era su primer día de trabajo, mientras que Ángel detrás de la barra, no paraba entre atender a la gente, pinchar a Bruce Springsteen, a Dire Straits, a los Rolling, a Bob Dylan…, y no quitaba ojo de su amigo cada vez que tenía tiempo para echárselo.
            –Estoy felizmente casada –había dicho María en una de sus primeras frases de presentación–, y luego se empeñó en pronunciar largos discursos que boicoteaban tal seguridad.
            –He conseguido lo que la mayoría envidia –fue el mantra respuesta de Darío–, y su monólogo posterior se encaminó en mostrar que el problema estribaba en que él, no era la mayoría.
Llegó un punto, allá por la tercera copa que les trajo la morena, en que no pudieron ocultar la inquietante realidad de que se sentían atraídos por el relato del otro: había comunicación. Se asustaron tanto que sobrevino el silencio hasta que una confesión lúbrica de Darío lo salvó.
            –Por supuesto que pretendo llevarte a mi cama, pero créeme cuando te digo que quiero seguir escuchándote.
María le miró con unos ojos que ya no denotaban tristeza, y tampoco enojo por lo que acababa de oír. Retomó el hilo por donde lo dejara.
            –Mis dos hijos son lo que más quiero en esta vida y nunca seré capaz de perdonarme las dudas que me agobian al respecto. Las broncas que les caen cuando se pelean por tonterías, o por trastadas que cometen, cuando en realidad mis palabras son provocadas por mi frustración, cuando en realidad de lo que se trata es de auto reprocharme mi abnegación incondicional por ellos, mis sacrificios, mi abandonar mi carrera, mi ser una esposa fiel, mi responsabilidad…
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            –Para, para –interrumpió Darío–. No hay nada que envidiar. El asunto es claro, la mayor parte de los días no me soporto ni a mí mismo como para soportar a un retoño de por vida, o a una mujer por más de unos meses. No, no te recomiendo mis pasos.
Janis Joplin sonó de fondo y pareció llevar la conversación de los hijos, a los hombres. Darío no tardó en confesarse culpable de su sexo, y picado por la curiosidad y sus intereses, sorprendentemente confusos a esas alturas de alcohol, quiso saber de la probidad de su competidor, quiso saber del macho de María, y para ello, utilizó la treta de ensalzarle sin conocerle. Ella se dio cuenta de la jugada pero embistió igualmente.
            –Él es terriblemente honrado, desde luego no es un hijo de puta como tú. Siempre me ha sido fiel, con total seguridad te lo afirmo, y no sólo de acto, sino también de palabra. Me respeta, me honra, me cuida, es un padre amoroso y atento y no hay duda que le atenace.
María se sumió en el silencio, necesitaba el impulso que Darío estaba dispuesto a darla.
            –Pero…
            –Pero, pero, pero –repitió con una risa sardónica– ¿Por qué siempre debe aparecer un pero antes del punto y final? ¿Por qué incluso en el mejor de los casos, el asunto debe ser coronado con un pero?¿Por qué no puede haber felicidad plena ni en mi propio cuento de hadas?
La morena explosiva volvió a plantarse muy sonriente en la mesa de aquellos afortunados infelices. Darío aumentó su confusión pues se dio cuenta de que no quería beber más. Miró a María interrogativamente cediéndole la responsabilidad y ésta contestó muy tajante, indiferente de ser oída por la camarera, de ser oída por sí misma, de ser oída por nadie.
            –Si me tomo otra donde me vas a tener que llevar será al hospital, y no a tu cama.
A la morena sin embargo no le resultó una respuesta clara y necesitó aún que Darío mascara las palabras.
            –No gracias, la cuenta cuando puedas.
María parecía haberse vaciado por dentro pero eso no significaba que hubiera encontrado alivio, ni mucho menos que quisiera regresar a la senda de la buena esposa, madre, mujer. Darío era consciente de ese no retorno y ella sabía que él lo sabía. El juego debía completarse y aquel silencio rodeado de algarabía y coronado por la música, resultaba propicio. La edad y las mujeres por lo menos me han enseñado a besar bien, pensó Darío recordando la incompetencia de la ya lejana pareja del inicio de la noche. Se incorporó lo necesario del sillón y María siguió sus pasos… Darío se sorprendió a sí mismo cuando selló el asunto con un ignominioso beso en la frente de ella.
            –Ya que no hay felicidad ni cuento de hadas posible –dijo a una atónita María–, al menos no aumentes tu infelicidad conmigo. No me merezco eso, de ti, no.
En un primer momento, María encajó el golpe con rabia, y si no le cruzó la cara a ese hombre que se había sentado allí con la intención de conquistar lo que ahora ella le ofrecía y él rechazaba, fue porque Darío no bromeaba ni andaba jugando, fue porque realmente estaba triste. Era como si se hubieran cambiado la mirada.
Pagaron a la morena y salieron de la mano, Ángel les vio marcharse y su sonrisa no pudo estar más equivocada, error comprensible por otra parte, pues Darío no se le acercó y el dueño de La Encrucijada no le pudo preguntar hasta días más tarde cuánto había habido de banquero, cuánto de maestro, cuánto de zafio.
Un taxi vino a separar definitivamente a la extraña pareja, si bien todo quedaba dicho tras el beso inesperado. Ahora llegaron dos en las mejillas.
Ya en el asiento y con la ventanilla bajada, María quiso terminar de malgastarse y preguntó a Darío, que la miraba de pie, fuera del coche, no sin cierta cara de estúpido.
            –¿Seguro de lo que haces?
            –Por supuesto que no María –y añadió destilando amargura–. Creo que habría podido plantar margaritas en tu ombligo.
            –Pero… –Dijo María esbozando la sonrisa que lo equilibraba todo.
            –Pero todas se habrían echado a perder.
El taxi por fin arrancó. Darío pensó en regresar a La Encrucijada, pero no lo hizo, ya tendría noches por delante en las que torturarse.
Unas horas más tarde una noticia sobresaltaría a Ángel en el sofá de su casa. Fue la siguiente:
Director de una sucursal bancaria la emprende a pedradas contra su propio banco. La policía confirma que el autor de los incidentes, D.D., de 48 años de edad, se encontraba sobrio y en perfecto estado mental cuando ocurrieron los hechos. Al ser preguntado por los agentes por los motivos de su acto, no contestó absolutamente nada.
Sin terminar de creerse lo que oía, Ángel se levantó a por sus gafas y a por su cuaderno.

Catarsis


I

El loquero no paraba de insinuar que se trataba de una obsesión, de un trastorno obsesivo compulsivo, lo llamaba. Y yo que no, que aquello era real, y él que no podía ser así y que si así fuese, por qué entonces acudía a él y no a un dermatólogo. Que en mi visita a su consulta había reconocimiento implícito y que eso era un claro criterio de mi enfermedad y que no era el único. Y yo contestaba que no sabía por qué acudía a su puta consulta y que se metiera sus criterios por donde le cogiesen y que no quería galimatías por respuesta y que quizá tan sólo quería desahogarme y que puesto que era un psiquiatra debía escucharme. Y él que para eso mejor un psicólogo, y yo que qué más daba si todos eran matasanos de la cabeza y que su clínica prometía resultados… Y al final volvimos al principio y le conté de nuevo mi caso y más sosegado, con más aire, y con mayor lógica le conté así.

II

La primera vez que me ocurrió fue tras una llamada al móvil, yo estaba entonces follando con una puta y tras la llamada no pude concentrarme y fui a mear y a quitarme el condón. Y al mirarme en el espejo vi hincharse de golpe un trozo de mi brazo derecho, luego sentí un sofoco extraño en esa zona y al fijar la atención observé cómo se me cerraba una roncha amplia de esas cosas que llaman poros. Se me cayeron los pelos de la zona y el brazo pesó terriblemente.

Aparté la vista del espejo y no quise saber nada de mi brazo, pero me cegué de furia y saqué a la puta medio desnuda y a patadas a la calle, y yo todavía con el condón puesto, qué escena. Esa noche la pasé entre cervezas e insomnio.

Al día siguiente, en la mierda de mi trabajo, con la resaca, y con el sueño devorándome, apenas si me preocupé del brazo en un principio, pero según pasaban las horas no pude alejar ni el dolor ni los ojos. Dios santo, cómo pesaba. Además seguía hinchado y parecía correr pus por dentro. Aquello cada vez era más grande y más negro… y yo más pequeño. El pelo se me caía a ronchones y no creo que hubiera un puñado de poros abiertos. Dios santo, qué frío me empezó a entrar, y apenas si podía moverlo.

Mi encargada, al verme en ese estado avisó a su encargada, que llamó a su jefe, que habló con otro, y tras una puta eternidad me mandaron a casa por fiebre y sin mirarme el maldito brazo, como si no se me notara a la legua que aquello no andaba nada bien.
Esa noche, mi brazo recostado sobre el sillón estuvo a punto de explotar, ya no quedaba nada sano por salvar, la pinta era monstruosa; gordo, negruzco, sin pelo, totalmente liso, sin poros por ningún lado, y como lleno de bilis por dentro. A punto de reventarme el brazo como estaba decidí ir a la cocina a por un cuchillo, cuando comencé a sentirme mejor. La cabeza me temblaba pero la clavé en el brazo y poco a poco comenzó a respirar de nuevo, enseguida el maldito empezó a sudar y a expulsar algo purulento. Fue asquerosamente bueno, un alivio repugnante, un orgasmo desde el brazo.

El sofá se puso perdido pero ni entonces ni después me moví. Dormí lo que quedaba de noche con una sonrisa en los labios y entre un reguero de pus con olor a angustia muerta.
Así le conté al loquero, pero él me miraba incrédulo, yo quizá también lo hubiera hecho en su situación pues cuando me presenté, mi brazo había vuelto a la normalidad sin ningún signo extraño. Con todo pareció interesarse por mi caso, quizá por la novedad, quizá por aburrimiento, quizá porque tal vez fuera en realidad un muerto de hambre, y yo le pagaba bien.

III

Durante un mes más o menos acudí a su consulta, no paraba entonces de preguntarme que si no había vuelto a sufrir episodio alguno. Y yo le decía que no, pero que notaba que volvería, de algún modo mi cuerpo lo presentía. Sin embargo todo lo enfocó mal, buscaba traumas, enfermedades de la cabeza, y nunca causas reales. Además no paró de hacerme preguntas personales. Y yo, que busqué información por mi cuenta no encontré nada, ningún caso parecido, y tan sólo aprendí que los poros sirven para que la piel respire y expulse toxinas y sudor.

Un día empezó a mostrarse muy reacio para tratarme, como si apestara o como si le diera miedo. Así que llegamos a la última sesión donde me dijo que a lo mejor tenía suerte y no volvía a repetirse, pero que en cualquier caso cancelaba la terapia. Le dije de todo menos profesional y guapo, y me marché furioso de su consulta con la intención no regresar jamás. Al cerrar la puerta del despacho con violencia observé la cara de la secretaria, comprensiva y buena conmigo. 

Bien sabía yo que aquello regresaría antes o después, y fue más bien antes. Cómo no recordarlo dios santo, si fue tras leer aquella carta. Yo no podía parar de darle vueltas al asunto mientras manejaba la vieja carretilla elevadora del trabajo, entonces fue cuando el dolor volvió pero esta vez fue directo a la pierna derecha, que se encasquilló y se negó a obedecer por lo que no pude frenar ni evitar chocar de frente contra la pared del almacén.
Me sacaron de un amasijo de escombros y metal y el médico me mandó a casa por leves contusiones. Cerdo, yo con mi pierna de aquella manera y el tipo me decía que había tenido mucha suerte y que en unos días podría volver… si no me echaban. Para terminar de rematarlo todo me pusieron una absurda venda en la pierna que le impedía todavía aún más poder respirar. Fue llegar a casa y me faltó tiempo rajar la venda.

A partir de ahí traté de aliviar mi pierna pero poco a poco se me fue despeluchando, se me hinchó desmesuradamente. Al tocarla además algún líquido inmundo se removía por dentro, no podía parar de imaginar ríos de pus recorriendo mi pierna.

A base de pastillas y más pastillas conseguí pasar la tarde y dormir algo por la noche, pero el despertar fue una auténtica pesadilla. El dolor se extendió a la otra pierna, y al poco lo hizo al brazo que lo empezó todo. La hinchazón estaba descontrolada. Mi cabeza me imaginaba como un globo asqueroso purulento y llagoso. El pelo de mis extremidades me había abandonado casi por completo. Me sentía terriblemente pesado. Apenas si cabía en el sofá.
Es entonces cuando pensé en rebozarle mi estado al medicucho ladrón. Al parecer cogí algunas cosas que metí en un bolso y conseguí sin saber muy bien cómo arrastrarme hasta su consulta. Nada más verme se arrepentiría y me pediría perdón, no podía pensar en otra cosa.

III

Cuando llegué el loquero acababa de abrir y parecía un chulo de barrio agobiando a su secretaria fuera del despacho. No le hizo ninguna gracia atenderme pero no le quedó más remedio, y al sentarnos trató de aparentar tranquilidad… pero yo no le iba a dar ningún respiro. Cuando me miraba se movía nervioso mientras yo jugaba con mi único brazo sano dentro del bolso.

Los dos estábamos sofocados ¿Por qué no me pedía perdón, acaso no  me veía, acaso no le impresionaba la piel muerta, las inflamaciones, mi deformidad? Entonces empezó a decirme no se qué de vínculos negativos, que me prohibía volver a su consulta, que yo estaba ahí por otros motivos al margen de mi enfermedad. Y todas estas desfachateces las decía mientras intentaba guardar en un cajón fotos y otros objetos.

El ahogo y la agonía me hicieron sacar entonces el cuchillo del bolso que al parecer me había guardado de modo inconsciente, y es que desesperado había decidido clavármelo delante de él. Dios santo no encontré otro modo de alivio, debía abrir mis piernas y mi brazo derecho, tenía que respirar como fuese. El muy cretino sin embargo debió pensar en él, respingó al ver el arma, y dejó caer una foto al suelo, la suerte quiso que los dos quedaran de frente a mis ojos, apenas lo único que me quedaba sano.

Comprendí de golpe la llamada de ella, su carta, y el miedo de él cuando descubrió quién era yo. La furia se apoderó en ese momento de mí y me abalancé sobre el loquero. Descargué dios santo toda mi ira sobre su cuerpo, y según entraba el cuchillo en su piel, sentía liberarse la mía. Volví a respirar. Según me salpicaba su sangre y sus gritos se ahogaban, yo me liberé de la mortal pesadez que poco a poco me abandonó con cada puñalada.

La secretaria entró entonces por el escándalo del medicucho ladrón, y al ver la escena se marchó despavorida. Yo continué acuchillando más allá de los gritos, más allá del alivio, más allá de lo estrictamente necesario, hasta que la policía entró y me redujo con violencia.
Al caer al suelo volví a ver cómo se abrazaban felices, y me pregunté cómo habría reaccionado si no se me hubieran cerrado los malditos poros, si no me hubiera visto obligado a acuchillarle a él para poder respirar yo, si tan sólo hubieran sido unos tristes celos.

Alas de maíz

Treinta años más tarde aún puedo recordar cada segundo del encuentro, porque desde entonces no ha habido una sola noche en la que no haya soñado con ello. Ni una sola… salvo hoy. Por eso, deshecho el lazo de los sueños, sé que ha llegado la hora de atar su recuerdo escribiendo lo que me pasó en aquel atardecer, en aquel maizal, cuando yo apenas contaba con 12 años y me crucé por pura casualidad con su figura alta, tenebrosa, y envuelta en una nube caótica de pájaros y murciélagos.

Ahora bien, como con todo lo que escribo, tengo claro que estas líneas son para mí y para mi recuerdo, y que si él, ella o ello ha fallado hoy a mis sueños, es porque sospecho que ha muerto, aunque nunca haya podido saber más de tal figura por mucho que lo haya intentado. Ahora bien, repito, lo escrito es para mí y sólo para mí significa algo. E incluso sólo para mí trascenderá no ya lo certeza, sino lo verosimilitud. Así que si alguien que no sea yo se encuentra leyendo estas líneas, aún sin saber cuál pueda ser el motivo para ello, le conmino a no continuar. De lo contrario, no me responsabilizo de su… decepción. Y es que yo no auguro males de ojos ni maldiciones, sino pura incomprensión e incredulidad. Y es que yo no vengo a hablar de algo misterioso por más que lo sea, sino que tan sólo quiero seguir recordando lo que acaso, ya parece que no puedo soñar.

El encuentro tuvo lugar como ya dejé caer, en un ocaso del verano de 1982, cuando mi padre me mandó cruzar el inmenso maizal en busca de los surcos rotos que provocaban un mal regadío en una zona considerable del sembrado. Yo odiaba por entonces esas tardes veraniegas de calor insufrible en las que mis pies se cocían bajo las botas de regar, en las que mis manos se llagaban con la pesada azada, en las que los mosquitos me comían estando fuera del cultivo, y me devoraban una vez que me adentraba. Mas a mi padre todo eso le daba igual, él se encontraba enseñándome la lección de que a los 12 ya se puede trabajar como un desgraciado, y que si yo no quería ser un desgraciado como él, más me valía espabilar. Hoy debo agradecerle la lección que sin embargo no aprendí como él hubiera querido, pero eso es otra historia.

Lo que no puedo sin embargo recordar con exactitud, es donde tuvo lugar el encuentro, si bien parece evidente que lo fue a la altura de mi arrebato, fuera éste donde fuese dentro del inmenso sembrado. Harto ya como estaba de tanto bicho, de tanta hoja pegajosa y afilada azotando mis mejillas, de la asfixia que provocaba la densidad de cada planta, ya más altas que yo a esa altura de la siembra, grité con todas mis fuerzas arrojando la azada lo más lejos que pude, que ridículamente fueron un par de metros, y cayendo de rodillas, me embarré hasta la cara. Sé que entonces lloré, sé que cerré los ojos, y sé que los volví a abrir cuando sentí una sombra refrescar mi rostro. No se trataba del rescate de mi padre diciéndome, basta por hoy hijo mío, estás agotado y debes descansar. Ni tampoco era él gritándome, ¡Pero qué estás haciendo vago redomado, es que no te puedo dejar sin supervisar ni por un sólo un instante! No, esa sombra no era la de mi padre en ninguno de sus registros habituales.

Lo que sombreó el atardecer ante mis ojos, era una figura inmensa para mí, que miraba clavado de hinojos, era un azote para el maíz que a su alrededor se había humillado besando sus mazorcas el suelo, era un oscuro batir de miles de alas donde murciélagos y pájaros de distinto tipo y color, revoloteaban a su alrededor en un sorprendente e imposible huracán silencioso, que apenas me dejó vislumbrar nada de la figura, tan sólo unos ojos negros y unos pies descalzos. Mas la mayor de mis sorpresas llegaba de mí, y es que no sentía temor sino paz, y es que no quise huir sino fundirme con aquel ser, con aquella bruma frenética de incontables alas. Mas no lo conseguí, y ni siquiera puedo decir que lograra acercarme lo más mínimo, pues tan solo alcancé a farfullar

            -¿Qué, qué eres?

A lo que aquello contestó

            -Soy lo que tú puedes ser en unos años, soy como cualquier otro pudo ser y no se atrevió, soy mi virtud llevada al extremo, convertida en vicio. Soy en definitiva lo que quise, quiero y querré ser, un ser que no tiene que soportar el hambre ni la sed ni el calor ni a los insectos.

            -Y eso, qué significa –pregunté cándido sin entender nada.

Entonces pude apreciar por entre el millar de alas la transformación de una comisura de gruesos labios en una amplia sonrisa, que a su vez dejó paso a una voz gutural y paciente.

            -Cada uno de nosotros debemos aprender a desperdiciar nuestros talentos y nuestros dones como creamos oportuno. Hay quienes lo hacen dictando guerras, hay quienes sacrificándose por el prójimo, los hay que sólo saben malgastarse dando amor, y otros que lo hacen día a día con el odio, hay quienes mueren esperando un sentido, y hay quienes matan por imponer sus absurdos. Yo nací con mi talento al igual que todos tienen el suyo, y al igual que los demás lo desperdicio… a mi manera. Yo puedo manejar a mi deseo a las aves y a los quirópteros, y lo hago para que se coman los insectos molestos, para que me allanen los caminos, para que musiten su música de alas, para que me lleven por los ríos, campos y montañas que todavía otros no han destruido con sus talentos. Yo soy en definitiva un sinsentido como todos, pero de los de la especie alada, y en alas me gasto hasta que muera.

La figura calló entonces sin decir nada más y sin que yo hubiera entendido lo más mínimo, y no se tomó más molestia en mí una vez que extendió su mano revoloteada para ayudarme a poner de pie, sin que un solo pájaro ni murciélago, me llegara a rozar. Simplemente continuó su camino por entre el maizal tumbando los tallos a su paso, mas sin quebrarlos, pues una vez que avanzaba, éstos se volvían a erguir perezosos.

Finalmente desapareció de mi vista, como volatilizándose, para no volver nunca más a mi vigilia. Aunque por fortuna se alojó en mis sueños por estos treinta años, hasta hoy en que me temo su muerte. Cierta o no esta muerte, vuelva su figura a mi noche o ya esté desterrada para siempre, yo seguiré hasta mi turno cumpliendo su lección, y acudiré como acudo cada día a este terreno, desde entonces a veces maizal, a veces trigo, a veces girasol, a veces simple barbecho, en el que escribo compulsivamente historias que luego dejo marchar por entre los surcos, dejando que mis palabras sean devoradas por el regadío si es la época, o por el sol, o por el viento, o por la lluvia, o incluso por mosquitos, grillos, arañas y otros insectos, a los que he visto preferir mi tinta a mi carne, más jugosa sin duda.

EL DECIDIDOR CONFUSO

Soy un Decididor.
Mi nombre propio es impronunciable en cualquiera de vuestras lenguas.
Me dedico a viajar de galaxia en galaxia visitando los planetas habitados por formas de vida inteligente, decidiendo si deben seguir existiendo, o por el contrario debo aniquilarlas.
Si el asunto por el que escribo fuera debatir con un Cuestionador, éste me exigiría saber, cuál es nuestro derecho para ir ejecutando o condonando a otras razas.
Yo entonces contestaría que lo hacemos porque podemos.
Nos enfrascaríamos entonces en profundas cuestiones ético-universales.
Pero no escribo por ese motivo.
Escribo porque los humanos me tienen confuso.
Escribo porque en cierta manera me tienen preso, a Mi, a un Decididor.
Escribo para justificar que aún no haya tomado La Decisión, que aún no haya abandonado el planeta y continuado con mi trabajo.
Llegué al planeta aquí llamado Tierra hace diez años humanos.
Desde el primer día entré en la confusión tan impropia de los Decididores.
Aún no he salido de ella.
Si no hubiera elegido salir a pasear con sus formas esto no me habría ocurrido.
Estaba a punto de ejecutar La Decisión para marcharme a otro planeta; estupidez, robo, traición, maltrato, asesinato, guerra, maldad…
La lista era interminable en un solo día.
Sin embargo elegí pasear con forma humana por la ciudad donde había sido destinado.
Entre la mediocridad observé a un padre que llevaba sobre sus hombros a su hijo. El padre entretanto cantaba al niño.
El niño entretanto dibujaba en una libreta apoyándose sobre la cabeza del padre.
Ambos eran felices. Uno era inocente. 
Cambié de opinión y no ejecuté a la raza humana, tampoco la condoné.
Desde entonces cada día despierto de mi descanso seguro de que al fin tomaré una decisión, cada día lo acabo confuso.
Tal vez, empiezo a pensar, ese padre y ese niño fueran un Cuestionador disfrazado.
Tal vez lo sean todos los motivos que han salvado a la especie humana hasta ahora.
O tal vez sólo quiera quedarme por siempre en este planeta, o al menos hasta que los humanos hayan decidido qué hacer con ellos mismos.
Me ahorrarían el trabajo más difícil de mi decididora existencia.