Candileja


La estela invisible del coche se perdía delante de Max en aquella carretera perdida, sin que el viejo asfalto, el ruido a motor sucio, o los insultos gratuitos hacia él y su montura, le alteraran de sus ejercicios memorísticos.

Al pasar el cartel de 1km, Pegasa, su yegua blanca, miró a Max como anunciándole que ya estaban muy cerca, pero él siguió imbuido en la representación mental de su espectáculo.

Al llegar a la cuadra, lo primero que hizo aquella especie de volatinero de la palabra fue poner el cuerno sobre la yegua, no fuese que los niños vieran al unicornio sin su atributo. Quedaban tres horas para el espectáculo y dos para anochecer.

Los niños quedaban en primera fila flanqueados por los mayores atrás, las hogueras laterales, las estrellas arriba y el escenario delante. No eran muchos, pero estaban casi todos los que quedaban por aquella desolada región.

Max Juglar pisó el escenario tañendo su bandurria artesanal y sonando los cascabeles de su sombrero multicolor y de tres picos. Pronto presentó y subió con él entre versos al mítico unicornio blanco, con el que el héroe, ahí quedaba ya tan sólo su espada, había vencido al dragón malvado, de cuyo rastro tan sólo resistía ese diente como de enorme dinosaurio, esos animales majestuosos que hoyaron la tierra por doquier, y estas estepas castellanas en concreto, hace tanto tiempo que ni siquiera la larga memoria de los abuelos puede recordar, por mucho que digan que el hombre malo hizo con los duros pellejos de esos reptiles los oscuros sacos con los que raptaba a los niños, pequeñajos que lograrían escapar y convertirse en leyenda al conquistar tierras desconocidas, y derrotar a peores reyes, cuyos reinos atestaban de princesas y príncipes azules necesitados de sangre roja para poder sanarse.

Y cuando Max Juglar así lo quiso, hizo que aquella platea entregada compuesta de niños padres y abuelos, empezara a contar sus propias historias y aventuras, participando todos de una noche mágica en la que el fuego, las estrellas y la palabra, sacudieron la memoria y arrasaron la rutina.


Aranjuez 11-11-09, en algunas de las horas más duras de mi vida

Contrapunto

Acostumbro a tirar de magín cuando necesito escribir porque todavía me siento incapaz de extraer de la rutina y del día a día aquello que busco; belleza, extremos y contradicción. Sin embargo, y espero que sirviendo de precedente, en lo que sigue, ni para una coma he tenido que recurrir a la imaginación.
El azar y las cervezas nos condujeron a aquel bar universitario de Bonn de ambiente bohemio y nombre intelectual, “Café Camus”. Los cuadros surrealistas, el proyector con películas de Harold Lloyd, y la carta con citas de Simone de Beauvoir y Albert Camus, confirmaron lo anterior. Por si fuera poco, en breve comenzaría un concierto de jazz.
Llegamos pronto y apenas éramos cuatro gatos, de modo que pudimos elegir mesa, y elegimos bien, pues sencillamente nos sentamos en el mejor lugar para disfrutar del concierto. En seguida aparecieron los candidatos a músicos, que las guitarras confirmaron. Pero las estrellas de aquella inolvidable noche aparecieron al poco. Se trataba de una pareja (que fueran matrimonio hermanos o amigos, no lo supimos) que rondaban o rebasaban los 60. Ella era la típica alemana a su edad, con su pelo corto y canoso, y su constitución fuerte. Él, con un claro deterioro físico y mental, estaba atravesado por el párkinson, por el Huntington, o por cualquier otra de esas enfermedades degenerativas –que médico no soy- que nos recuerdan la terrible fragilidad humana. Se sentaron a nuestro lado y durante dos horas disfrutaron, como todos, de aquel fabuloso dúo de jazz. Él, incapaz de tener quietas sus manos, y por momentos hasta su cabeza, conseguía seguir el ritmo de la música, ella, desprendiendo cariño, ternura y amor, disfrutaba a todas luces de aquel concierto que le tallaba aún más si cabe una profunda sonrisa. Porque su rostro estuvo alegre desde el principio hasta el fin, porque ellos convirtieron un buen concierto en algo memorable, porque ellos fueron, a su edad y con su comportamiento en la vorágine de su tragedia, toda una lección.
Al salir estábamos de acuerdo: la vida es un asco, la vida es genial, y esa pareja, son dignos representantes de tales extremos. Para no olvidarles, para recordar aquella noche, queda escrito este humilde homenaje.

Y que le vamos a hacer, si…

Lo que más me gusta hacer –comenzó mi desatada y desacostumbrada lengua en aquella fatídica reunión- es un quizá, un por qué, y un placer.

Quizá no sea políticamente correcto, quizá no convenga a la sociedad ni a uno, quizá incluso sea contraproducente, quizá, quien sabe, sea simple y llanamente un craso error, pero a mí, lo que más me gusta, es dormir, y no sólo dormir, sino dormir mucho, abusar de ello.

Me encanta dormir porque en sus brazos olvido el día gris y hasta la noche. Olvido mis fantasmas, las contradicciones y las lágrimas de tantos. Y me encanta dormir porque sueño, y en sus brazos recupero esplendorosos días y sus noches. Juego con los fantasmas, disfruto de mis contradicciones, y hasta seco las lágrimas de propios o extraños. O las produzco, que para eso duermo también, que para eso sueño, para volar, para entregarme a la libido, para someter, para vencer, y por supuesto, para perder. Y es que cuando sueño soy el dios que ya se escribió, o un diablillo, o hasta el cristo que se levanta tras una ardua noche de alcohol y parranda. Pero todo ello sin hacer daño a nadie, e importante también, sin moverme de la cama. Y es que faltaría más, duermo para dormir, para retozar entre las sábanas ahogado en pereza, perdiendo, a partes iguales con gusto y frustración, cada batalla por madrugar, cada intento por reconectarme a esos días oscuros alejados de mis sueños. Y así debe ser ciertamente –empezó ahora tímida a callarse poco a poco mi lengua- porque siempre dicen que, o estoy durmiendo, o estoy en las nubes.

Mi lengua y yo miramos en ese momento en derredor y contemplamos estupefactos que nos habíamos quedado solos, que en aquella reunión de vigilia anónima todos se habían ido a dormir, y que nosotros, aún quedábamos, como casi siempre, insomnes. Entonces desperté, se acabó el placer y me adentré en el día.

28.03.09

Tres versiones del apocalipsis

El apocalipsis según Monterroso: Simplemente no amaneció.

El apocalipsis según el Ateo:
Buenos, malos, y la inmensidad restante, recibimos la misma Gracia –polvo.

El apocalipsis según Hume:
Tuve razón respecto del principio de causalidad; que hasta ayer hubiera salido el Sol no significaba demasiado, al menos no lo suficiente como para que hoy, por fuerza, por necesidad, lo hiciera.

Ratos de muela y pan

No es asco, pero se acerca. Nada hay que me moleste más que los tiempos muertos en las distintas eternas salas de espera; da igual que sea la consulta del oftalmólogo, la carnicería, o hasta el tanatorio. Todas tienden a tener un rasgo en común: la necesidad de rasgar el silencio.
El silencio debería ser sagrado, y debería serlo porque la palabra lo es. Romper lo primero con un mal uso de la segunda es mancillar a ambos. Si no tienes nada que decir (traigamos a un tal Wittgenstein al terreno mundano) lo mejor es que cierres la bocaza.
Que el tiempo está revuelto, ocurre en todos los otoños. Que los precios andan por las nubes, se lo huelen hasta ellas mismas. Y que fulano era un gran tipo, lo sabemos todos el día de su muerte.
Se trate del super-yo freudiano, de simple decoro y cortesía, o del, «qué dirán si no abro el pico», el caso es que hablar por hablar cuando no hay nada que decir ante gente de la que nada quieres saber, es el castigo más pesado de los muchos con los que cargo.
Por todo ello, nada me agradó más en mi última visita al dentista que lo que sigue. Estaba anclado al dolor y a la silla de espera junto a otras dos personas por culpa de una mala muela, cuando oí el trillado y aburrido, -«pues parece que va a llover». Sin duda que me sorprendió amargamente, pero más lo hizo aquella señora cuando contestó: -«disculpe pero estoy leyendo y no me apetece conversar». No pude sino enrojecer, bajar los ojos humillados no sin antes comprender la sonrisa del chaval, y desear acostarme con aquel martillo de mujer.
El deseo cesó pronto ante la muela, pero la gratitud por recordarme lo bocazas que puedo llegar a ser queda aquí recogido.

De la textura de las piedras

Ahora debería ser de noche pero todavía no sé forzar a la Luna.

De regreso a las lindes de mi ciudad, contemplo como tras un año las fauces del hierro continúan imparables. Y los recuerdos de barra en la tarde de ayer nos llevaron al grupo a lo que ya son recónditos lugares: monte y campos a las afueras de Guadalajara –lo que otrora era tal, hoy son casas y carreteras. Tan sólo diez años de memoria y desnudo de hierro buena parte de la actual ciudad.
Me resulta ya muy difícil coger el macuto las ganas los pies y salirme a las afueras de este feo ambiente de ciudad mediocre. Antaño podíamos por mi sur bajar hasta el río donde ahora levantan otro puente. Qué días aquellos de caña y terreras, los quince borraban el peligro y la conciencia y sólo así podíamos disfrutar a pleno pulmón de una mala pesca pero de una tarde intensa ascendiendo por pendientes de dudosa firmeza pero certera caída. Creo que fui el único que nunca pescó nada –salvo la merluza de mi vida a base de vodka vino cerveza y todo lo que pude echarme al coleto al cruzárseme por delante, pero también el único que subió todas las terreras catalogadas en fáciles muy difíciles y realmente peligrosas. Nunca me atreví a saltar la imposible: mis huesos deben estarme agradecido.
Si nos daba por dirigirnos a occidente tan sólo era cruzar la carretera nacional y un mundo distinto se abría paso: primero cultivos, luego monte y más allá lo desconocido. Hoy quedan por esas ruinas hoteles y Cortes Ingleses y eternas obras. Si subimos hasta nos han puesto una nueva ciudad de bello nombre pero fea factura. Y si bajamos el Toro, mítico, ya no da para los primeros botellones –si acaso para contemplar crecidas de coches y edificios.
Vayamos al norte clama mi olvido, pero dura lo que dura la frase pues recuerdo al instante que por allí no una, sino hasta dos ciudades nuevas podríamos decir que se han levantado. Aguas Vivas no se si tendrá mucho agua, pero ladrillos hay para aburrir.
Mi nostalgia cerebral añade factores que siempre colaboran en la empresa de la acción, o más bien de la in-acción: el miedo y la decencia. El miedo crece con la edad, eso dicen o eso digo, y no es descabellado. Lo que hace unos años era pura emoción cuando advertíamos a un tío haciéndose el crucificado en un olivo dejado de la mano de dios en un páramo del diablo, hoy se divisa con el signo de “cuidado”. Y por lo que respecta a la segunda, hoy cuesta más (y no sólo hay que irse mucho más lejos para caminar con la Luna en un campo cultivado), salir a pegar gritos a la noche descabellados de inconformismo e incertidumbre. Ni que decir tiene de mis solitarias búsquedas de ovnis o rarezas varias que se saldaron sin mayor usufructo que el estirar las piernas: ¿cómo la decencia del que enfila ya más los treinta que los veinte se permitiría tal cosa?

No quedan dudas, esta Guadalajara mía cada vez tiene garras más largas, y nosotros las alas más cortas. O quizá el problema no sea la sombra del cemento de los pisos sino el entumecimiento de mis huesos.

No, eso va a ser que no porque si así fuese no habría venido hasta esta vieja terrera a desempolvar estos recuerdos. ¡Que crezca la ciudad cuanto quiera que mis piernas siempre serán más largas!

Te escribo desde una dulce y oscura celda tras doce horas de sueño. Verás, está visto que no me puedes dejar sólo, qué le vamos a hacer. El caso es que estaba viendo las noticias de España, como tú acostumbras cada mañana, y me topé con uno de esos absurdos típicos de quemas de fotos reales y sus consecuencias, y como soy republicano ardiente decidí secundarlo en las calles de Berlín.
No buscaba publicidad gratuita, tan solo deslastrar algo de grasa que llevaba acumulada, por lo que no necesitando de Puertas o Reichstags, de Columnas o de Pérgamos, de esto ni de aquello, decidí que bajar a la acera de enfrente bastaba. Tomé una de las cientos de fotografías de nuestros queridos reyes que guardo, y empecé la chasca. Ardió y me gustó, tanto que subí a por toda la colección.
Contemplaba embelesado mi obra mientras alemanes y turcos ocasionales se apartaban con descaro, cuando recordé que las llamas se debían a un acto de protesta, y me determiné a protestar como se debe: a lo grande. Así que, comencé a recordar todo lo que era, todo lo que no, y todo lo que debía, y una y otra vez alimenté la hoguera.
Harto de quemar monarquías me decidí por banderas, y empezando por la española continué –adivina, con la catalana la vasca y la gallega. Que si países vecinos, que si la misma Alemania, que si otros continentes, aquello era un jolgorio espectacular de luz, protestas y crepitaciones.
Como sois tantos los españoles que rondáis por aquí, me topé con una moralina entendible (a los alemanes excitados no hay dios que les entienda) que me recriminaba muy sabio con algo parecido a que los nacionalismos imperialistas sí merecían la peor de las suertes pero que la lucha por la determinación, etcétera: a la hoguera que fue también. Después le tocó el turno al primer alemán que indignado con mi actuación se adelantó seguro de su pastor, pero el perro me miraba tierno y quien ladraba era él así que entre aplausos del perro lancé a las llamas a su dueño –y eso que le quería mucho y le era muy fiel.
Era un no parar y es que estaba imbuido por el viejo principio de que todo es digno de perecer, y de arder más que nada, así que continué con mi obra. Cómo explicarte todo lo que allí se consumía; patrias ejércitos oenegés ordenadores religiones ropas relojes valores historias ciencias diccionarios sabios locos tontos rematadamente tontos o políticos escritores públicos vagos traidores héroes y todo lo imaginable y hasta lo que no, sin distinción alguna. Me enamoré tanto, que no pude sino arrojarme a mí mismo.
Pero todo orgasmo tiene su fin y llegaron unos buenos señores y me recogieron de la hoguera y arreglaron todo el estropicio y me enfundaron en una preciosa camisa y me metieron una sirena por los oídos y todo resurgió de sus cenizas y el mundo volvió a ser estúpido y aburrido plagado de la indecencia del ser humano y en un espejo me contemplé y confirmé el fracaso de mi frenesí.
Y ahora aquí encerrado y con un papel muy serio de extradición. Así que haz las maletas que para el 6 de octubre nos vamos.
Ya no hay más –ven a por mi y no te metas en líos que no soy quien para sacarte de ellos.

FDO: Lázaro

No daba crédito a mis ojos pero lo insólito temblaba. La escena sucedió rápida, en el Café de siempre por la mañana, mi zumo con galletas, y mi cigarro con periódico, cada día uno y cada día peor –la sección de clasificados me parece lo único salvable de cualquiera, y ahí andaba yo buscando el sabor a naranja cuando mis ojos se toparon con lo que sigue:
Varón, joven y atractivo, se ofrece para cumplir los sueños de los demás. Satisfacción garantizada y buen precio. Discreción y limpieza. Llamar al número bla bla bla.
Tuve que hacerlo pues me sentí atrapado por la curiosidad, ¿cómo funcionaría este tipo, qué clases de servicios ofrecía? ¿Cobraba por horas –sonreí?
Cogí el móvil, marqué como indicaba y al segundo prácticamente lo tiré aturdido sobre la mesa. Mi móvil sonaba y danzaba pues me había llamado a mí mismo.

El mejor narrador del mundo

Partamos de que hay amigos que son unos verdaderos cabrones, aunque Alberto García, reconozcámoslo sin esfuerzo, es uno delicioso. Llevaba algo así como veinte años sin verle, compañero de facultad primero, y camarada de problemas más tarde, durante los últimos tiempos del por fin deseterno Paquito. Nos habíamos perdido la pista cuando inicié un periplo europeo que no viene al caso. Sí que viene el reencuentro, aquí, en esta pequeña ciudad en la que a nadie se le habría ocurrido situarnos cuando nuestros sueños se iban a comer el mundo.
La borrachera fue salvaje, si bien no tanto como la resaca. Cualquier tipo de mi edad sentenciaría cual hojarasca seca que ya somos viejos para estas cosas; yo también. Mas centrémonos pues aquí escribo no para contar mis penas sino para relatar una grande. Estábamos torcidos, somnolientos, sentados a la entrada del hotel M., y consideré que había llegado la hora de clausurar nuestras batallas pasadas para interesarnos por nuestros días más o menos recientes, así que le aburrí con mi vida desde que él saliera de ella. Escuchó atento pero apático y tras un güisqui de los peores (según él mano de santo contra la jeta de madera de la noche anterior), me contó tras un, tú lo has querido, el hecho-razón de estas líneas.
No estoy casado, no he tenido hijos que yo sepa, no caí en las falsas estabilidades del supuesto Bienestar. Poco tengo en definitiva, quizá sólo amigos, buenos y dolorosos amigos como tú, y hace poco que perdí a uno; el más extraño, el más genial. Su nombre me está vetado por él, condiciones, pues es o su historia o su nombre, y te concedo la primera. Te la presentaré de cuajo: él es el mejor narrador del mundo.
Tú y yo sabemos –continuó- cuanto nos apasiona la literatura, y ambos tenemos criterio para juzgarla; yo estoy vivo por ella, y tú has sacrificado casi todo por la misma. Simplemente te quiero decir que sé de lo que hablo, y que por una vez en mi maldita vida no exagero, sólo sufro.
La boca se me hizo agua amarga, esperaba ya entre mis yemas la obra del genial amigo pero algo no cuadraba. Su rostro parecía ahora dos resacas. ¿Dónde está el problema? –inquirí.
Él es el mejor narrador del mundo y sólo yo lo sé. También lo supo su tierna mujer Esperanza, y se suicidó precisamente porque sólo lo sabíamos ella y yo. Él es el mejor narrador del mundo, pero nunca escribió nada. Tratamos de convencerle para que lo hiciera pero no hubo manera. Incluso una vez le grabé sin su consentimiento (nunca me lo dio) en uno de sus accesos extáticos, pero Esperanza fue débil, o fiel, y confesó. Necesitó entonces siete el creador siete días de psiquiátrico hasta que destruí en su presencia la grabación, retornó ahí a su cordura, escasa, pero mágica.
Te lo puedes creer, -añadió con una mirada turbia- trabajaba de funcionario, sin apenas estudios, un hombre sencillo honrado humilde, sin pretensiones que se podía haber permitido, no como la mayoría, no como nosotros.
Si hubiera querido –interrumpí.
Tú lo has dicho. Tenías que haberle escuchado, era el arte mismo.
Haz que lo haga –supliqué- ¡Nárrame algo suyo!
No puede ser.
¿Por qué?
Por dos razones. Porque le traicionaría y porque me traicionaría; traicionaría sus palabras y traicionaría la mía, mi calvario ha sido asumirlo. Él es irrepetible, quizá, lo reconozco, habría perdido algo como escritor y se habría quedado a la altura de un clásico, pero en cualquier caso, y al margen de que le prometí el silencio sobre sus divinas palabras, no estoy dispuesto a manchar su gloria. Su recuerdo intacto es el paraíso más doloroso que quepa imaginar, pero un paraíso a fin de cuentas, y ya no me quedan muchos.
Al menos –insistí estúpidamente- dime de que hablaban sus historias.
De qué van a hablar, de la vida el amor la muerte el juego el viaje la pérdida, de todo aquello que habla la gran literatura, de cualquier cosa, bien sabes que el tema no importa, sino cómo lo haces.
Calló y callé. Tras unos minutos y una lágrima que nunca habría imaginado en el Alberto García que yo conocí, pregunté, ¿por qué me lo has contado?
Porque necesito compartir el dolor de la inútil sublimidad de mi amigo, su genio está perdido inexorablemente y me siento culpable por ello. Esto me está devorando por dentro y me has abierto la puerta para dejar de padecer yo solo.
Lo has conseguido, te compadezco, mas sabes que solamente en parte, yo tendré pesadillas por la pérdida de unas páginas magistrales que nunca conocí, pero tú, tú serás un sísifo, serás un tántalo ante esas páginas siempre cercanas, siempre visibles, pero nunca logradas, te compadezco y te doy las gracias.
Un silencio como réquiem, y salimos de ese ya para siempre triste hotel susurrando, él es el mejor narrador del mundo.

Vísperas del desaliento

Las paredes me piden que consigne la fecha de mi arribo: 1981. Con el año basta. Por lo que respecta al lugar, es indiferente, pues si la fecha nos sirve de orientación a las víctimas para saber cuántos y cuándo hemos podido caer a lo largo de los siglos, el lugar, de bien poco sirve; estas líneas son el último consuelo, nunca nadie ha salido de aquí, ni vivo ni muerto, y yo no seré el primero.
Tras largas horas de arrastrarme por la angosta gruta de acceso pude enderezar mi cuerpo a unos cuantos metros de esta estancia, antes anhelada, ya maldita, ahora mi tumba. Entre este hecho y mi anterior sonrisa triunfal, se extiende un pasillo a cuyos lados hay horadadas una serie horizontal de cavidades de unos 40X10 centímetros, guardando distancia entre ellas de un palmo escaso. Los primeros huecos, tanto a un lado como a otro, estaban vacíos, pero llegado aproximadamente a la mitad encontré la razón de los mismos: ser depositarios de hachas. Luego de coger y despojar una de su abundante capa de polvo, pude observar su magistral decoración a base de extrañas filigranas. Así las cosas, -pensé- con una exigua luz de procedencia desconocida, mi linterna y ahora este hacha, se me garantizaba suficiente defensa contra la factible oscuridad futura.
Se acabó el pasillo y detrás del umbral de la gloria que supuse, percibí majestuosos dorados, pero fue poner un pie en la estancia y una enorme losa cayó tras de mí sellando herméticamente la sala y cegando el brillo de las paredes. El siguiente quizá nos llame locos, pero tanto yo como aquellos que lo escribieron y he sabido traducir, juramos que a la piedra le acompañaron estentóreas carcajadas.
Aterrado, esclavo, irritado con mi propia estupidez, sin apenas víveres más que para unos pocos días, y con la escasa luz de mis trebejos, la desesperación comenzó a adueñarse de mí. Ésta, por si no bastara, se acrecentaba cada vez que alumbraba uno de los muchos cadáveres, esqueletos más bien, que ocupaban el escaso espacio. Lo que de ellos me sigue dando miedo no son sus podridos harapos o sus visibles expresiones de horror en las que calculé víctimas más recientes, lo que en verdad me infunde terror es su solo presencia -la prueba irrefutable de que acabaré como ellos.
Las primeras horas las pasé penando con el rostro en las rodillas y el cuerpo inmóvil, no así el corazón que latía desenfrenado, como mi aorta, como mis párpados, como mi sien. Con el tiempo una relativa calma regresó, y aunque histérica, redescubrí la risa. Y tras aceptar tan crueles hados, decidí conocer mi tumba.
Se trata de un cuadrado perfecto en su base, de unos veinte metros cuadrados. En cuanto a la altura, es un abismo insoportable -prefería aquella lejana gruta de sabor a tierra. El suelo es perfectamente liso y negro como debe, quizá basalto. Y qué decir de las paredes, éstas son magníficas y a la luz del hacha ciertamente resplandecen doradas, o más bien lo hacen los textos que ellas contienen. Hasta siete son las lenguas que adornan los muros. Tres que conozca; griego, latín y arameo. Tres que intuyo; persa, escritura jeroglífica y chino mandarín. Y Una que desconozco absolutamente, es la única que aparece siempre la más arriba de todas, ya que el resto turnan su orden a cada lado. Cualquier filólogo mataría por verla aunque yo tengo la sensación de que moriré por ella, pues me quedan pocas dudas al respecto de que quienes construyeron este infierno hablaban esta lengua. Y si cuando muera, mi fantasma permanece eternamente encerrado en estas paredes, como así me anuncian, estoy seguro de que mis compañeros convendrán conmigo en que es la escritura de los Dioses.
Digo que tres son las lenguas que conozco, si bien con una me hubiera bastado, pues todas dicen lo mismo. Lo cual me hace suponer que en aquellas cuya procedencia vislumbro, ocurre igual. En cuanto a la que me condena, fantaseo con la posibilidad de que si la conociera, si pronunciara correctamente tan sólo uno de sus signos, esta trampa, estos muros, este horror, se harían ceniza. Nunca ocurrirá.
Apenas he manuscrito un par de páginas de mi libreta (lejos del desvencijado cuasi tratado en francés de uno de mis compañeros, miserere terriblemente insoportable, más aún que el mío) pero dos han sido los días que me ha costado, y no aguantaré mucho más, por lo que apremia traducir lo que los muros cuentan, no vaya a ser que el próximo arqueólogo, buscador de fortuna, o infeliz cualquiera, desconozca siete de siete, o aún las muchas lenguas que todos los que hemos caído hemos usado. Y es que otra cosa quizá no haya, pero solidaridad en esta jaula no falta: cada uno de nosotros nos hemos afanado a través de nuestras notas en transmitir la esencia de este lugar: la pérdida de toda esperanza.
Por lo tanto, antes de que el tiempo me rompa definitivamente, traduzcamos lo mejor que sepa. No estoy arrojando dudas sobre mi capacidad para ello, sino reflejando un hecho; el de la gran dificultad de encontrar paralelismos para lo que aquí se dice entre mi lengua y las que aparecen, e incluso, entre ellas mismas. Mi traducción en cualquier caso tendrá por base la griega, viéndose ayudada en momentos realmente penosos por el latín y el arameo. Como penúltima advertencia, digámoslo, no seré literal sino narrativo; el sentido se conserva pero la fidelidad no.
Tres serán las partes claramente distinguibles. La primera es un panegírico autocomplaciente sobre el logrado mecanismo de la trampa (razón por la cual me inclino a pensar que esta obra está del lado divino más que del demoníaco, pues mientras Dios siempre fanfarronea de sus frutos, el Diablo se limita a hacerlos -claro es asimismo que uso terminología anacrónica ya que en los tiempos de esta creación dudo que existiera la distinción tardo occidental entre númenes moralmente buenos y malos). Lo más destacable de ésta no son los kilométricos y minúsculos conductos a través de los cuales llega, este aire extrañamente puro en un lugar por poco herméticamente cerrado, y esta luz trémula que ciega toda promesa. Ni tampoco lo serán sus relativamente numerosas formas de acceso, ya que el pasillo por el que vine, según está escrito, no es el único. ¿Qué entonces? Si tuviera que destacar un elemento de esta obra de arte me quedaría con su funcionalidad: hecha para matar, mata. Y tal éxito se debe al supremo ingenio que he comprobado intacto después de tantos siglos, según el cual el acceso estuvo libre en los albores de su inmaculada concepción a la espera de su primer holocausto. Al entrar éste en la sala, la losa caería por primera vez y entonces un complejo dispositivo situado afuera de la estancia contará un mes lunar, pasado éste, otro dispositivo conjuntado con el anterior abrirá de nuevo la trampa en paciente espera, en acecho perfecto. Hay que reconocerlo, los gráficos explicativos que acompañan a este panegírico muestran un genio superior al de la antigüedad conocida, y por tanto, es muy superior al nuestro.
La segunda estructura textual es una descripción profética, tanto de los afortunados que contemplarán estos dorados trazos (al menos así ocurre en mi caso y en el del mítico y desaparecido -ya sé donde- arqueólogo alemán del siglo XIX que yace en una esquina; apenas queda de él una momia huesuda pero esto es más que suficiente ya que permanece aferrado, a la altura de la caja torácica, a cuatro tibias -huelga decir que ninguna de ellas suya-, donde se puede leer tallado obsesivamente su nombre, debió pensar que el olvido era el cobro definitivo de nuestra maldición, nada que objetarle, quizá en todo caso, un gusto tan truculento), como del relato de nuestro destino. Aquí se anuncia que aquellos megalómanos afanados en la búsqueda del Gran Tesoro, «la Vida y Gloria eterna en la Tierra», encontrarán numerosas señales por las que hollar el camino correcto que les conduzca hasta aquí, donde su sueño se cumplirá, condenados a vagar eternamente, primero los cuerpos luego los espíritus, por los confines gloriosos que marcan los límites de esta habitación. Cuando la celda se abre, -continúa el texto- las infelices almas nos arrojaremos prestas a escapar, pero seremos impedidas por la inexorable sabiduría arcana constructora de este sempiterno imperio. Finalmente, cansados de intentarlo, terminaremos por esperar la llegada de nuevos vanidosos que serán saludados por la risa de los vivos desesperados.
La tercera y última parte del tríptico comienza exhortándonos a dejar constancia de la fecha de nuestra llegada. Supongo que su vanidad es casi tan grande como la nuestra, o quizá sea realmente por lo que ellos dicen: para que sepamos aún vivos cuantos hermanos conviviremos juntos en esta inmortal tumba. Continua con un breve compendio de la sabiduría de esta cultura desconocida, mas hacedora de nuestra prisión. Si bien, qué nos importa ya a nosotros saber cuál sea la esencia y el verdadero color del tiempo, la justa llave de la felicidad, la forma de potenciar al máximo la sexualidad de los cuerpos, o la faz de Dios. Si todavía albergara esperanzas de sobrevivir afuera quizá… pero basta. El texto concluye del modo siguiente: «Aquel que venza al tiempo, aquel que no perezca por hambre, sed o miedo, aquel que sobreviva y vuelva al Sol y a la Luna, será igualmente maldito si no advierte a cada hombre de cada estrella sobre este lugar, pues hemos fracasado, y merecemos la maldición que sobre vosotros hemos conjurado».
Tengo la impresión de que los que aquí estamos somos todos y cada uno de los que hasta ahora hemos caído a lo largo de los tiempos. Los artífices pueden respirar tranquilos, y yo ya dejar de hacerlo. Aún queda el último aliento, aún falta mi nombre sobre estas líneas apenas inteligibles… pero no, aceptar mi terrible destino es tener la suma certeza de que aquí donde voy a estar de nada sirve un nombre.