Tarde de domingo

Si ahora mismo estuviera enamorado, explotaría de felicidad. No estuvo mal el día, pero la tarde noche se convirtió en mágica, según el consejo, parece, que le da el «maestro» a Dorian Grey: curar los males del cuerpo con los placeres del alma… Pero en mi caso sin haber dolores por ningún lado. Primero la literatura con Geralt que me atrapó con su férreo abrazo. Más tarde fue el turno del cine, «Descubriendo Nunca Jamás». Por último, el humor de Buenafuente y una actuación de su programa donde versionaron a Pink Floyd y Dire Straits.
Joder, cómo no venirse arriba, y puesto que llevo meses sin pisar el cieno, casi me salgo. ¡Perra vida, qué jodidamente buena eres a veces!

Epitafio

Si mis cálculos son correctos, me quedan unos 55 años de vida, no está mal. Más si tenemos en cuenta que hoy pensé un epitafio que me caudró: Hice de mi vida una broma de buen gusto. No quiero aquí ni ahora analizarlo, pero sí diré que aún me queda mucho por andar para convertirlo en realidad.

Homenaje

Hoy realicé un pequeño homenaje que sólo yo he entendido, y que en ningún caso tenía previsto. Y me da la real gana de contarlo, así que allá que voy.
Iba camino de correos para recoger mi título de máster de literatura cuando en plena calle mayor ya estaba dispuesto el stand de la librería Cobos, y en él, apostado, su fundador, el venerable anciano Emilio Cobos. Se trata, lo he solventado rápido y sin esfuerzo, del tipo que mejor que me cae de Guadalajara al margen de amigos y familia, y en una de las personas que más respeto. Y apenas si le conozco. Al margen de lo que sigue, poco más: yo andaba por mi adolescencia preñado de pasión arcana y contemplaba en Cobos una enciclopedia esotérica, él se acercó y vino a recomendarme, si no recuerdo mal, la RAE, no compré ni una ni otra. Podría ofrecer múltiples interpretaciones, podría hablar de las veces que le he visto enfrascado entre libros y que tampoco han sido tantas, podría equivocarme y hasta acertar, pero simplemente quiero decir que le respeto, que él en cierta medida, está estampado en mis libros por cierta extraña conexión que por supuesto sólo veo yo.
El caso es que ahí estábamos, él en su casa y parapetado tras los libros de cara al público, y yo con mis pasos despreocupados, mi música, y la rápida decisión de quitarme los cascos y pararme a observar los libros que no tenía intención de comprar (hoy no era día para ello, sin más). Estaba a su lado, él no sé qué narices pensaría, yo buscaba algo para alargar el momento, los best seller no me convencían, pero Borges y su poesía completa me ha ofrecido una contraportada adecuada y un par de minutos de este extraño homenaje. No hubo ni siquiera «hola» o «adiós», y no hubo compra entre otras cosas porque Borges está en casa, como no, incluso en sus poemas. Me marché dejando el libro cuidadosamente en su lugar, arranqué a andar y me alejé de ese homenaje incomprensible salvo para mí. Pensé entonces en hacerle el honor de escribir la anécdota. Al final ha salido esto, no veo el honor por ningún lado, pero eso es enteramente mi culpa. De la suya por mi parte, sólo hay agradecimiento, porque creo que sin él mi pasión por los libros no sería la misma, y no sabría decir muy bien por qué, pero lo sé, así que, Emilio Cobos, gracias.

Cosa extraña

Cosa extraña resulta esto de la felicidad. Uno se pregunta qué es lo que convierte a una mañana más, tranquila y rutinaria, en un torrente de dicha incontrolable y que te hace ir por la calle sonriendo como el más idiota de los idiotas. Quizá haya sido el texto de Borges ,»Historia de los ecos de un nombre», que me ha llevado a mis años adolescentes más arcanos; quizá la canción de Reincidentes, «En blanco», que mientras mataba el gusanillo de echarme a la calle a correr, escuchaba y entendía mal al transformar «pido que no, pido que nunca me abandone la puta que sangra mi corazón», en, «pido que no, pido que nunca me abandone la tinta que sangra mi corazón»; quizá el haber vencido al reloj y a la pereza por segundo día; quizá por ser viernes. Pero qué más da, estas cosas pasan, y si adivinas el por qué, quizá dejen de ocurrir.
Lo único claro es que hay que descender de esa cima de dicha, para que no se convierta en algo trivial, y para que volver a ascender tenga sentido. Lo único claro en su contrapartida, es que ese ascenso y esa permanencia no sirve para escribir sino arrebatos, y ese no es el camino de mis textos, aunque sí la adrenalina de mis días.

De por qué Nietzsche

Si me preguntaran sobre mis pasiones, no tardaría en mencionar la literatura, y si inquirieran sobre nombres propios, el de Nietzsche no tardaría en aparecer. Y no, no lo mentaría entre los filósofos, sino entre aquellos que como Cortázar, Sartre, Dostoievski, te ponen la piel de gallina al margen del encasillamiento que de ellos hacemos. Y si quieren más razones haría lo que hice hoy, coger un libro suyo al azar, «La genealogía de la moral», abrirlo del mismo modo, y ponerme a leer. He aquí el resultado:
«Leída desde una lejana constelación, tal vez la escritura mayúscula de nuestra existencia terrena induciría a concluir que la tierra es el astro auténticamente ascético, un rincón lleno de criaturas descontentas, presuntuosas y repugnantes, totalmente incapaces de liberarse de un profundo hastío de sí mismas, de la tierra, de toda la vida, y que se causan todo el daño que pueden, por el placer de causar daño.»
Sobra continuar.

Orlando

Es verdad que sólo son las 23:30 de un sábado, y del mismo modo lo es que mañana tienes que levantarte a currar, pero tira a la cama no por el trabajo, sino porque después de la combinación perfecta y casual de cervezas, pipas y «Orlando», no hay nada mejor que puedas hacer en lo que queda de día, ni de noche. Arrea.

Tremenda Virginia Wolf, y tremenda película. El libro queda pendiente, lo estaba ya, pero si ésta es la adaptación, me imagino, y eso lo disfruto ya con ello, cuánto gozaré con el «original».
I´m coming.

33

¡Bah! Ya bajé un par de veces, llegué hasta la temida y literaria puerta, leí su eterno lema de abandono de la esperanza, entré como un corderito… y en el momento oportuno, le prendí fuego a todo eso y volví a subir con una sonrisa de oreja a oreja. El infierno no es para tanto, te deja un olor a nostalgia, un regusto amargo, un dolor en las entrañas, y una enseñanza para el futuro.

Enésimo apocalipsis

Calculo que para finales de diciembre, tengo trabajo acumulado como nunca, pariré un nuevo apocalipsis, y que si a alguien le diera por analizar mi obra, no encuentro serios motivos para ello, encontraría la obsesión por el fin del mundo con suma facilidad, pues me repito con frecuencia.
El caso es que dándole vueltas al asunto llego a la conclusión de que este vicio mío no es sino una vuelta de tuerca a un engranaje mayor, el de la eternidad, y es que concluyo que mis ganas por vivir el fin del mundo no es sino una retorcida forma de pensarme eterno, una eternidad coja pero desde luego interesante, y sobre todo «posible», pues ya que no vivo desde el origen y no viviré por siempre, al menos consuela -sí supongo que es algo patológico-, pensar que nacido en un momento determinado, vine a morir con el propio tiempo, al menos el de los humanos, y eso en cierto sentido es una pizca enrevesada de eternidad.

The Wire

Una de las mejores experiencias audiovisuales de mi vida acaba de concluir tras varios meses. The Wire (Bajo escucha), cae al fin tras cinco temporadas y más de sesenta horas. Sin duda alguna una de las mejores series que he visto en mi vida. Compleja, real, intensa, sorprendente, verosímil, divertida, tierna, y podría seguir hasta que se acabaran los adjetivos. La echaré de menos ahora que McNulty y Freemon y Omar y Bunt y Presbo y tantos otros desaparecerán de mi horizonte. Casi les toqué. Dejaré una última cita del último capítulo que habla sobre la necesidad o no de tragar mierda y ceder para medrar:
-«El árbol que no se dobla se rompe».
-«Sí, pero el árbol que se dobla demasiado ya está roto».
Empezó como una serie de drogas y policía muy alejado de las chorradas del CSI, luego se sumó el aspecto educativo, el político y en la última temporada, el periodístico. Y siempre mostrando la complejidad y la verosimilitud. A los guionistas, actores, director, fotografía… habría que darles por lo menos las gracias, y yo es lo que humildemente hago aquí y ahora. Así que y por última vez, GRACIAS.

Estoy más vivo que nunca, perdonen las molestias por ello

Sé que no es muy justo para todos mis fans, uno o dos, que desaparezca durante más de un un mes y que finalmente y tras la angustia por mi ausencia comparezca para escribir lo que seguirá. Pero al fin y al cabo, escribir todavía es algo que hago más por necesidad que por disciplina, y la necesidad me llega ahora para describir palpablemente lo que es la globalización. Pero no se preocupen, volveré pronto, y lo haré para relatar mis experiencias por El Salvador y de un modo semidisciplinado, sin embargo, antes de eso, aquí va mi paranoia de turno.
Hacía siglos que no escribía un sábado, recuerdo quizá el último, allá por Berlín, cuando empezaba mi feliz infierno, esa época en la que aprendí a sufrir, a conocerme, y a descubrir que las entrañas te las puede arrancar cualquier persona, hasta la que más te quiere. Puedo decirlo orgulloso: no hay conocimiento malo, ni siquiera ése.
Aquella época es hoy una nebulosa a la que recurro para reaprender, pero hoy acudo al blog porque mi vida ha dado tantas vueltas desde entonces, que me tiene hoy currando en fin de semana; tras Berlín, con Guada, tras Colonia, y tras la primera etapa en Aranjuez.
Así que tenía que reinventarme, y así lo he hecho. Pero claro, la reinvención es una repetición que se desconoce, y si no juzguen ustedes. Hoy sábado curré, como el viernes, y como haré mañana y el lunes, y no puedo decir, «salgo, me tomo unas copas y regreso», todo está demasiado lejos para un lujo semejante. Así que que coño, decido montármelo a mi manera friki.
Para ello convierto el sábado en muchas cosas, pero destacaré que le hago un ejercicio de globalización inconsciente. Así lo muestran los hechos con esa lectura de, «El corazón de las tinieblas», del polaco Joseph Conrad. Hace años no me gustó en exceso, quizá porque no había caído bajo el embrujo de su descripción, quizá por un millón de detalles más. Si hoy lo releo, y si lo regusto, es por Borges, un eslabón más del motivo de estas líneas. Y es que el gran e irrepetible Borges lo incluyó como uno de los mejores relatos de la historia, y leyendo su antología, no iba a saltarme tal joya.
Pero sigamos, tras la lectura unas buenas cervezas, alemanas y hefes faltaría más; las raíces pueden llegar con ochenta años, y a mí hace unos cuantos que me visitaron. Pero hay más, no merece una simple jarra cuando se puede beber en una taza Nahuatl; antigua cultura maya que pobló El Salvador, barro negro cocido y bien elaborado para que la cerveza y su taza se fundan en un abrazo inextricable de siglos y conciencia: el tiempo en un puño con sabor a cerveza: el paraíso.
Y faltaría más, una buena película, quiero decir, cine en mayúsculas para acompañar el oro líquido. Y la elegida fue «Mi nombre es Harvey Milk», con un Sean Pean bárbaro. Pero la globalización es implacable y aún debía enseñar sus dientes: a falta de 30 minutos dijo basta y punto. Y así quedo, sin saber cómo acaba más allá de la muerte del protagonista, porque la película, en un ejercicio de pura tecnología, decide irse al garete.
Desde luego un día bueno a pesar de faltar a mi cita con los bares, pero así cuando acuda a ellos será más intenso, quizá incluso más grato, y siempre en buena compañía. Es curioso escribir un sábado, es una realidad distinta, pero como todas las demás, es.
Ahora me toca ir a la cama, y soñar a poder ser con la palabra que hoy me impactó por su fuerza, por su belleza, por lo crudo y por lo existencialista que tiene. Ahí va otra vez: implacable.
Implacables son los sábados, que nunca vuelven, y la globalización que dice ,»adáptate o muere», y mi conciencia, capaz de cualquier cosa.